inicia sesión o regístrate.
La posibilidad de que Donald Trump rompa vínculos con Gran Bretaña es remota. Y de que lo haga para quedar bien con nuestro país, un sueño.
La amenaza de revisar la soberanía de las Islas Malvinas es propia del perfil del empresario - presidente de los Estados Unidos: alguien que abusa de las amenazas hasta el límite, un mercader en el rol de estadista. Pero la negociación diplomática entre potencias no es lo mismo que una disputa inmobiliaria, por portentosa que sea.
Trump se aferra a la grandilocuencia. Prometió destruir "una civilización (la persa) en una noche", pero Irán sigue en pie, y fortalecido en su posición. Sus estrategias internacionales son confusas improvisadas y destructivas, y ya acumula muchos retrocesos y fracasos.
Para los argentinos, la soberanía de las Islas Malvinas es una causa nacional vivida desde el corazón y plasmada en la diplomacia desde hace muchas décadas. Y a nadie le escapa el anacronismo de la presencia inglesa. Pero los intereses británicos están puestos en el control del Atlántico sur y la Antártida. Y ese ya no es un anacronismo.
La posición de Donald Trump no debería ilusionarnos. La detención del dictador Nicolás Maduro no produjo ningún avance hacia la democracia y la libertad de los venezolanos. No es extraño. La nueva corriente conservadora y autoritaria que recorre la política de América y Europa no es democrática, y para el "neorepublicanismo" estadounidense, el objetivo central consiste en controlar las dos Américas desde el Ártico hasta la Antártida. Es muy difícil imaginar que nuestra soberanía sobre las Malvinas le vaya a ofrecer más certezas que la presencia británica.
Nada le importa a Trump más que su propio proyecto. Su relación con la Unión Europea está atravesada desde que llegó al poder en 2016 por la pretensión de que la Alianza Atlántica se someta a sus designios. Y eso parece inviable.
Exigir compulsivamente un incremento del presupuesto bélico es una torpeza, simplemente, porque por ese camino debilitará a la alianza y a todo Occidente. Y, mucho más torpe aún, reclamar que las potencias europeas se sumen a su ciclotímica guerra contra Irán y abandonen a su suerte a Ucrania.
Este es el contexto de la insinuación "revisionista" dirigida al primer ministro inglés, el laborista Andy Burnham, en un tema sumamente sensible.
La diplomacia egocéntrica no construye alianzas. El posicionamiento de China en Oriente y el sueño imperial de Vladimir Putin, sumados a la guerra del extremismo islamista contra Occidente son un grave peligro para Europa EEUU, pero el magnate no lo registra. Su apoderamiento de parte del petróleo venezolano y su advertencia a Javier Milei (su admirador) para que las inversiones estratégicas chinas no se instalen en la Argentina son una señal inequívoca de lo que le interesa de América del Sur.
No nos distraigamos. La recuperación de nuestra soberanía efectiva en el Atlántico sur no vendrá de las sobreactuaciones de un presidente norteamericano; solo la logrará una Argentina con peso económico y tecnológico en el mundo, y con un potencial militar del que hoy carecemos.