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La mala educación como método

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La inauguración de los servicios del Tren 25 de Mayo, en Campo Quijano, hace unos días derivó en un episodio menor en apariencia, pero que revela algunas implicancias que pueden resultar interesantes. El senador provincial de La Libertad Avanza, Roque Cornejo, evitó saludar al gobernador Gustavo Sáenz mientras se apuraba por presentar a concejales y diputados de su espacio ante la ministra de Capital Humano, Sandra Pettovello. Fue la propia ministra quien corrigió a Cornejo en público: "trátenmelo bien al gobernador", advirtió, y remató: "el que maltrate al gobernador se las va a tener que ver conmigo".

A primera vista, la escena tiene la textura de una anécdota más de la política vernácula: un dirigente provincial sobreactuando lealtad hacia la dirigencia nacional y que termina en offside. Pero el evento puede tener otra lectura. Este episodio puede verse como una muestra de un patrón que se repite, con matices, en la conducción nacional del espacio libertario, empezando por el propio presidente, cuya relación con periodistas y con buena parte de la dirigencia política ha sido hostil y descalificadora de manera sostenida. Cornejo se siente habilitado porque los malos modos de Milei son bien recibidos por ciertos sectores.

Cuando la agresividad y el desprecio hacia las instituciones y quienes las representan dejan de ser un exceso ocasional y se vuelven un patrón sostenido en el tiempo y replicado en distintos niveles de la estructura partidaria, la conducta deja de explicarse por el (mal) carácter de un dirigente en particular y empieza a aparecer como un método y como estrategia.

También, del episodio puede leerse, además, que la descalificación sistemática no responde a una línea única desde la conducción nacional, sino que también opera como una lógica que se derrama y que, en ciertos casos, hasta puede incomodar a la propia estructura cuando pone en riesgo acuerdos de gestión con las provincias.

Por tanto, la mala educación libertaria no es enteramente estrategia calculada ni enteramente política de Estado; es ambas cosas a la vez, y esa ambigüedad es, quizás, lo interesante del fenómeno. Es estrategia en la medida en que sintoniza deliberadamente con el enojo social hacia la "casta" y la dirigencia tradicional -ese recurso que el politólogo Giuliano da Empoli describe en "Los ingenieros del caos" como la combinación de rabia social y manipulación algorítmica que caracteriza al populismo contemporáneo- Y es, al mismo tiempo, política de Estado en un sentido más amplio: un estilo de vínculo con la institucionalidad que se ha vuelto costumbre de gestión y que atraviesa la manera en que el propio presidente se relaciona con la prensa y con buena parte del arco político.

El periodista estadounidense Adam Serwer acuñó hace unos años una fórmula para describir el liderazgo de Donald Trump: "la crueldad es el objetivo". Su argumento es que el maltrato hacia adversarios, periodistas y minorías lejos de ser un exceso vergonzante es un mecanismo que genera pertenencia entre sus seguidores. Algo así como que el sector político republicano se aglutina regodeándose, en conjunto, en el sufrimiento o la humillación del que queda del otro lado. Si Da Empoli explica el engranaje algorítmico-emocional que convierte la rabia social en insumo político, Serwer explica por qué cohesiona ese maltrato. Cada exabrupto es una señal tribal, una forma de decir "somos de los mismos" hacia adentro del propio electorado. El episodio de Campo Quijano expone la torpeza de un senador provincial pero también nos deja mirar la fisura interna de un modelo: la rabia y la crueldad como insumo político funcionan hacia afuera -contra la "casta", contra el periodismo, contra el adversario- y cumplen ahí una función de cohesión con la propia base. Pero generan fricciones hacia adentro cuando la necesidad de gestión -en este caso, la relación con un gobernador- exige gestos de cortesía institucional que el estilo libertario no siempre está dispuesto, o entrenado, para dar.

De cara a 2027, cabe plantearse si el espacio libertario podrá sostener simultáneamente dos lógicas: la de la crueldad como bandera de cohesión hacia la propia tribu, y la de los acuerdos institucionales que toda gestión, tarde o temprano, termina necesitando.

Tal vez los militantes libertarios están convencidos de que tolerancia, diálogo y respeto institucional son modales antiguos. Los demócratas sabemos, desde siempre, que son el marco mínimo que permite procesar las diferencias sin destruirlo todo. Están a tiempo de advertir que la provocación y la mala educación no abren ningún futuro diferente, sino que desgastan los lazos sociales indispensables para sostener cualquier proyecto común. Las identidades que se construyen a partir del desprecio al otro suelen ser eficaces para fidelizar tribus en el corto plazo, pero resultan impotentes a la hora de gobernar la complejidad.

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