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Camino al default generacional...¡con los pibes no!.

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Hasta en el más absoluto caos impera el orden. Leyes implacables moldean ese resultado –aparentemente– impredecible. También detrás de la eterna hipérbole presidencial, de la violencia que baja desde la tarima de un colegio secundario; de los diálogos con los perros; de la tarotista devenida en la persona más poderosa del país sin haber sido votada ni elegida; de las medidas contradictorias, los discursos irascibles, los insultos y los arranques de rabia; hay un modelo de país que asoma.

El orden de ese caos lo impone un lumpen surrealista de indigentes intelectuales; terraplanistas políticos –y reales–; voluntaristas del odio sin vocación política; ministros temerosos de la furia presidencial, ergo ineptos para ser servidores públicos; troles llenos de odio y carentes de ideas; aplaudidores seriales del destrato y la mediocridad. Y, mientras este tropel desesperanzador se tropieza con sus propios cordones, el país sufre y se desgarra.

Este desastre no nace de la nada. Esta catástrofe no empezó con Javier Milei: hubo gobiernos, supuestas élites, sistemas educativos, fallas económicas y fracasos acumulados que nos condujeron hasta este punto. Pero que la hipoteca venga de antes explica la deuda; no autoriza a seguir cargándola sobre quienes nunca la contrajeron. El problema ni siquiera es el grotesco; son los pibes. Mientras esta corte –y las anteriores– sigue con sus payasadas dentro de su propio circo, afuera, en la vida real, se sigue hipotecando a generaciones enteras.

El último informe del Observatorio de la Deuda Social Argentina de la UCA duele. No incomoda: duele. Hace llorar. Hiere. El 39,6% de los jóvenes de entre 18 y 25 años no terminó la escuela secundaria. Apenas el 14,2% accede a un empleo formal. Uno de cada cinco no estudia ni trabaja. Pero los promedios –como siempre– esconden un espanto peor: en el estrato muy bajo, el 64,7% no completó la escolaridad obligatoria y el 34,2% está fuera del estudio y del trabajo. Menos del 10% inició o completó estudios superiores, cuando en el estrato medio-alto lo hizo el 69%. El malestar psicológico alcanza al 28,5% de los jóvenes del estrato muy bajo, casi el doble que en el medio-alto; el 35% siente que su vida depende de factores externos y el 27,1% muestra dificultades para afrontar la adversidad. Hasta la violencia sigue la misma lógica: entre las jóvenes del estrato muy bajo, casi una de cada cinco declara haber sufrido violencia de género; en el estrato medio-alto, una de cada dieciséis. No sólo hipotecamos la educación y el trabajo; también les hipotecamos la autoestima, la autonomía, el cuerpo y la capacidad de imaginar un futuro mejor que este presente horrible.

Y después hablamos de mérito. ¿Mérito de qué? ¿De haber nacido en el hogar correcto? ¿De disponer de una habitación donde poder estudiar, una cama donde poder dormir, una computadora, una escuela que funcione, padres con empleo estable, una contención familiar indispensable?

Una sociedad en la que el origen socioeconómico predice con tanta precisión quién podrá estudiar, quién conseguirá trabajo y quién quedará afuera no premia el mérito, sólo reproduce privilegios y transmite exclusión. La pobreza no sólo restringe oportunidades; también multiplica vulnerabilidades.

Recursos

Podemos celebrar Vaca Muerta, el litio, la minería, las exportaciones y los dólares que generan. Pero un país que quema sus recursos del subsuelo y no logra que sus chicos terminen el secundario y encuentren un primer trabajo digno debería preguntarse qué demonios entiende por desarrollo. Podemos hablar de seguridad nacional, infraestructura estratégica, defensa y proyección geopolítica. Supongo que todo eso importa. Pero convendría también cuidar mejor el enorme país que ya tenemos y, sobre todo, a quienes lo habitan porque el territorio es instrumental; pero el fin son las personas: ninguna nación está segura si quienes deberán sostenerla mañana llegan a la adultez sin educación, trabajo, autonomía, autoestima ni futuro. Si la seguridad nacional consiste en garantizar la supervivencia de la Nación en el tiempo, entonces los pibes son parte de esa seguridad nacional tan declamada y no defendida. Porque la economía podrá bajar la inflación, recuperar reservas, reducir el riesgo país y reabrir el crédito a los más privilegiados, pero no puede refinanciar generaciones: no existe "rollover" para la juventud perdida.

Edades

Nos dicen que la prosperidad llegará primero a unos y después a otros. Podrá ser. El problema es que una generación no puede ponerse en pausa mientras espera su turno. Un chico de 19 años que abandona el secundario no recupera esos años cuando el PBI crezca; cuando sea que crezca. Uno de 22 que nunca consigue su primer empleo hoy, no puede almacenar experiencia para utilizarla cuando Vaca Muerta "vuele". Uno que llega a los 25 años sin estudiar, sin trabajar y convencido de que su vida depende de fuerzas que no maneja ni controla no figura en el pasivo de ningún balance. Pero es deuda. Deuda educativa. Deuda sanitaria. Deuda laboral. Deuda psicológica. Deuda generacional. Deuda social. Una deuda que jamás se licúa y que, por el contrario, crece con cada empresa que se cierra. Con cada primer empleo que deja de existir. Con cada científico que decide irse del país. Con cada familia que se endeuda para cubrir sus gastos corrientes. Con cada chico que se saltea una o más comidas.

Ningún país se construye sobre un default generacional. Cuando hipotecamos a los chicos no estamos ajustando el presente; estamos eliminando toda –toda– posibilidad de futuro.

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