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El Este alemán que Merz no supo escuchar

La ultraderecha que se impuso en las elecciones de Sajonia - Anhalt cosechó la frustración de los habitantes de la antigua Alemania Oriental, para quienes ningún gobierno, tras la caída del Muro, hizo nada para equiparar su calidad de vida con la de los alemanes occidentales.

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Treinta y cinco años después de la reunificación, un habitante de Sajonia - Anhalt sigue ganando bastante menos que uno de Baviera o Hesse. El domingo, el 44,5% de los votantes de ese estado premió a la Alternativa para Alemania (AfD) con más del doble de lo que había obtenido en 2021, mientras la Unión Demócrata Cristiana (CDU) de Friedrich Merz se derrumbaba a un tercio de su resultado anterior. Conectar ambos datos no exige demasiada sofisticación analítica. Cuando una región lleva tres décadas escuchando que la convergencia está a la vuelta de la esquina, y comprueba que sus salarios siguen siendo un 16% más bajos que los del Oeste, que el patrimonio familiar medio apenas roza los 36.000 euros frente a los 143.000 del otro lado del país, y que sus jóvenes con título universitario se marchan y no vuelven, el resentimiento deja de ser anecdótico. Se convierte en programa político.

La AfD no inventó ese resentimiento; lo encontró ya formado, esperando un vehículo. Ulrich Siegmund, cabeza de lista del partido en el land, dijo que habían hecho historia, y en sentido literal tiene razón: nunca antes la extrema derecha había estado tan cerca de gobernar sola un estado federado alemán. Lo incómodo es asumir que ese resultado no describe una anomalía sajona, sino un patrón que lleva años consolidándose en toda la antigua RDA, con matices locales pero una misma estructura de fondo. Una región que fue anexada más que reunificada. Unas élites profesionales, judiciales y empresariales que terminaron concentradas en el oeste. Una experiencia cotidiana de la unidad alemana que, para muchos, ha sido la de vivir en la periferia de un país que se sigue gobernando, diseñando y explicando desde Múnich, Stuttgart o Frankfurt.

El dato del PIB per cápita cuenta parte de la historia: pasó de un 34,5% del nivel occidental en 1991 a un 78% una década atrás, y ronda hoy el 85%. Es una convergencia real, no cosmética. Pero treinta y cinco años bastan para que esa mejora relativa deje de compensar la comparación directa, sobre todo cuando se mide contra la propia experiencia vivida: los abuelos que perdieron su empleo estatal de un día para otro en los noventa, los padres que vieron cerrar fábricas que Occidente consideraba ineficientes, los hijos que hoy emigran al Oeste porque ahí está el trabajo bien pagado. Un informe reciente sobre competitividad regional advierte que el propio proceso de convergencia corre riesgo de estancarse, justo cuando Polonia, al otro lado de la frontera, crece con más fuerza que las regiones que alguna vez la miraron con condescendencia.

Un contraste doloroso

Ese contraste con Polonia no es un detalle menor. Para buena parte del electorado de Sajonia-Anhalt, la promesa de 1990 no era solo democracia, sino prosperidad equivalente, y treinta y cinco años después esa promesa sigue pendiente mientras vecinos que partieron de una posición peor, ahora los superan. Ahí está el combustible de la AfD, y no en una supuesta nostalgia por el comunismo, que las propias encuestas generacionales desmienten: apenas un tercio de los mayores de sesenta años dice sentirse integrado en la Alemania unida, pero entre los jóvenes esa cifra sube a más de la mitad. El problema no es que el Este añore la RDA. El problema es que una parte sustancial de sus habitantes, jóvenes incluidos, siente que la unidad alemana nunca terminó de incorporarlos como socios plenos, sino como un territorio que se administra desde otro lado.

Justificativos vacíos

El primer ministro Merz repite, cada vez que puede, que jamás cooperará con la AfD, que hacerlo sería vender el alma de la CDU. Es una posición defendible en términos de principios democráticos, pero como estrategia ha demostrado ser insuficiente frente a un electorado que ya no pide permiso para votar distinto. El cordón sanitario funciona mientras los partidos que lo sostienen ofrecen algo a cambio; cuando ese algo no llega, se convierte en la prueba de que las élites de Berlín prefieren la pureza discursiva a resolver el problema de fondo. Y ese fondo tiene menos que ver con inmigración —aunque la AfD la use como bandera— que con territorio, empleo y dignidad regional.

Tampoco la izquierda alemana puede lavarse las manos. El partido Socialdemócrata (SPD), que gobernó buena parte de este siglo, dejó que la reconstrucción del Este quedara en manos del mercado y de fondos de cohesión que llegaron con lentitud burocrática, mientras sus dirigentes se volvían cada vez más un partido de ciudades universitarias occidentales. Los Verdes, con una agenda climática diseñada en Berlín y Hamburgo, se convirtieron para buena parte del Este en el símbolo de una modernidad que llega con costos —el cierre de minas, el fin de ciertos subsidios industriales— y sin beneficios visibles a corto plazo. Ninguno de los partidos tradicionales, de derecha o de izquierda, logró convertir la convergencia macroeconómica en una sensación real de pertenencia.

Lo que ocurra el 20 de septiembre en Mecklemburgo-Pomerania Occidental y Berlín dirá si Sajonia-Anhalt fue un caso extremo o el anticipo de algo mayor. Pero incluso si la AfD no logra formar gobierno esta vez, el mensaje ya quedó instalado: una parte creciente del Este alemán ha decidido que prefiere votar contra el sistema antes que seguir esperando que el sistema la incluya. Alemania puede seguir llamando a eso extremismo importado. O puede empezar a preguntarse qué significa, treinta y cinco años después, que la unificación siga produciendo dos países dentro de uno solo.

* Paulo Hidalgo es un académico chileno, Licenciado en Ciencias Políticas y Sociología por la Universidad de York, Inglaterra. Realizó estudios de postgrado en la Universidad de Essex, obtuvo el Magíster en Estado y Sociedad en FLACSO sede México y es Doctor en Sociología por la Universidad Complutense de Madrid.

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