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No dejemos morir la esperanza y la confianza

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Argentina lleva muchos años viviendo bajo la promesa de que "ahora sí viene el cambio". Pasaron gobiernos, modelos económicos y grandes discursos. Cada etapa produjo una nueva expectativa, pero lo cambios no llegaron.

El problema aparece cuando una sociedad escucha demasiadas veces la promesa del futuro y el futuro nunca termina de llegar para la mayoría. La inflación, el salario, el empleo, la vivienda y las deudas se convierten en experiencias cotidianas.

¿Esperanza?

Es cierto que la situación económica presenta mejoras importantes y que la inflación se redujo sustancialmente, pero una mejora estadística no necesariamente produce esperanza inmediatamente.

Si estudiar no garantiza movilidad social, trabajar no garantiza independencia, ahorrar no garantiza una vivienda y formar una familia parece económicamente inalcanzable, nos comenzamos a preguntar. ¿Para qué esforzarme si el esfuerzo ya no garantiza progreso?

Eso compromete la cultura del trabajo, del estudio, del ahorro y del sacrificio, sumado a una pérdida de confianza, ya no solo en un gobierno, sino en el sistema también.

Problemas

Una parte importante de la sociedad siente que las instituciones, los dirigentes y el jet set de la política han hablado durante demasiado tiempo sin resolver problemas fundamentales.

Y cuando la gente deja de creer que las instituciones pueden modificar su realidad, puede comenzar a creer que nada vale la pena, lo que es mucho más profundo que el simple descontento político.

Cuando una sociedad deposita una enorme expectativa en un cambio radical, también puede producirse una enorme frustración si la transformación no se traduce rápidamente en bienestar corriente.

Y los datos actuales muestran justamente una sociedad dividida: hay indicadores económicos que mejoraron, pero el empleo formal privado continúa débil y casi sin aparecer y la percepción de la situación económica sigue siendo mayoritariamente negativa.

Crisis

Cuando alguien vive en una crisis permanente, puede acostumbrarse a sobrevivir, pero cuando cree que finalmente llegó el momento del cambio y descubre que la recuperación todavía no llegó a su vida, la frustración puede ser incluso mayor.

Cuando se pierde la esperanza individual, la persona puede deprimirse o resignarse, pero cuando la pierde una sociedad entera, es otro fenómeno.

Porque cuando una sociedad llega a creer que nada va a cambiar, deja de intentar transformar su realidad.

Argentina no está necesariamente ante la desaparición de la esperanza, está ante una transformación de la esperanza, hecho que significa que la esperanza no desapareció.

Lo que está desapareciendo es una determinada forma de esperanza, la que está basada en creer en una promesa política.

Y puede estar naciendo otra, que consiste en volver a creer que el esfuerzo, la comunidad, las instituciones y un proyecto colectivo pueden producir resultados concretos.

Ese cambio es fundamental.

Porque una sociedad puede sobrevivir a una crisis económica, porque lo más difícil es sobrevivir a la convicción de que el futuro ya no vale la pena.

Y creo que ahí está el verdadero problema argentino de fondo, no solamente cómo recuperar el crecimiento, sino cómo recuperar la capacidad de los argentinos de volver a imaginar y creer en un futuro que valga la pena ser construido.

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