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Aunque sabíamos que este momento iba a llegar, cuesta digerirlo. Hay tristeza, pero sobre todo una enorme gratitud por la suerte de haber sido contemporáneos de uno de los deportistas más extraordinarios de todos los tiempos y haber vivido con él algunas de las felicidades colectivas más grandes que recordamos los argentinos.
Como deportista, todavía me resulta difícil comprender cómo hace algunas cosas. Esa combinación de velocidad mental, visión de la cancha, intuición y coordinación entre su cabeza y sus piernas, esa manera de sacarse rivales de encima como si fueran moscas, parece de otro planeta: entiende la jugada antes de que ocurra y la ejecuta antes de que nosotros terminemos de verla. Pero con los años empecé a admirar en Messi algo que trasciende incluso su fútbol: qué hizo con semejante talento y qué clase de persona eligió ser teniendo el mundo a sus pies.
Hay una imagen sencilla que para mí lo pinta entero. Hizo cientos de goles, ganó todo, ya no tiene nada que demostrar y, sin embargo, festeja cada gol con la Selección como si fuera el primero. Se fue de la Argentina a los 13 años, hizo prácticamente toda su vida afuera, soportó críticas durísimas, comparaciones injustas, perdió finales, se fue, volvió y volvió a intentarlo. Nunca se conformó y, sobre todo, nunca dejó de sentir la camiseta de la selección como casi nadie la sintió.
Durante más de veinte años, el argentino más admirado del mundo nos mostró algo que quizás no alcanzamos a dimensionar: se puede ser el mejor sin creerse mejor que los demás. En un país que tantas veces sintió fascinación por el transgresor, por el vivo, por el rebelde o por el líder carismático que grita, provoca y se impone, Messi nos propuso otra forma de liderazgo. No habló demasiado de valores; simplemente los vivió: trabajo, humildad, educación, respeto, compañerismo, amor por su familia y sus amigos, lealtad a sus afectos y una enorme capacidad para levantarse después de perder.
Y acá aparece una paradoja extraordinaria: Messi es inimitable y, al mismo tiempo, profundamente imitable. Ningún chico puede proponerse tener su zurda, su velocidad mental o su manera extraterrestre de jugar, pero cualquiera puede imitar su esfuerzo, respetar al rival, ser buen compañero, querer a su familia, levantarse después de una derrota y tratar de ser el mejor sin sentirse superior a nadie. Quizás por eso no es solamente uno de los deportistas más admirados del mundo, sino también uno de los más queridos: detrás de ese futbolista casi sobrehumano siempre vimos a un tipo sorprendentemente normal, cercano, un padre, un amigo, un compañero. Lo extraordinario es inalcanzable; lo humano, en cambio, podemos imitarlo.
Y ahí está, para mí, su aporte más difícil de medir. Una sociedad no se construye solamente con leyes, gobiernos e instituciones; también se construye con ejemplos, con las conductas que admiramos y con las personas que nuestros hijos quieren imitar. Durante veinte años, millones de chicos argentinos miraron a Messi: quizás no sepan definir la perseverancia, pero lo vieron perder y volver; quizás no sepan explicar la humildad, pero vieron al mejor del mundo comportarse como uno más; quizás nunca hayan pensado qué significa liderar, pero vieron a alguien conducir sin atropellar a nadie.
Los ejemplos educan mucho más que los discursos, y cuando el ejemplo lo da durante veinte años la persona más admirada de un país, su influencia sobre una sociedad es imposible de medir.
Por eso creo que vamos a extrañar al extraterrestre, sus goles, sus gambetas y esa manera absurda de sacarse tres tipos de encima con la pelota pegada al pie, pero quizás con los años descubramos que nos dejó algo todavía más importante. En una Argentina tantas veces vapuleada, engañada, defraudada por lideres de barro, tentada por el atajo, la viveza, la confrontación o el éxito a cualquier precio, Messi nos mostró otra forma de llegar hasta arriba y, en un país que tantas veces se mira al espejo, nos mostró una versión de nosotros mismos que sí nos gusta.
Las Copas quedarán en las vitrinas y los goles para siempre en nuestra memoria, pero hay otro gol de Messi cuyo resultado todavía no conocemos. No entró en una final, no lo gritamos abrazados, ni en el Obelisco, ni figura en ninguna estadística: es el que fue haciendo, casi en silencio, en la cabeza y en el corazón de millones de chicos -y no tan chicos- que crecieron mirándolo. Si algo de su humildad, de su esfuerzo, de su respeto y de su manera de vivir queda en ellos, su aporte a la Argentina habrá sido mucho más grande de lo que hoy podemos imaginar. Por eso, aunque hayamos visto cientos de goles de Messi, el más importante aún no lo dimensionamos.