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Desde el origen de la materia hasta la aparición de la Inteligencia Artificial, la historia de la Evolución parece conducirnos hacia un nuevo umbral. Pero esta vez la pregunta no es sólo hasta dónde puede llegar el hombre, sino si será capaz de gobernar aquello que ha creado.
Abordar el tema de la evolución no es nada sencillo. Nos obliga a recorrer un camino inmenso, desde el surgimiento de la materia y de la vida, pasando por la aparición del hombre, el desarrollo de la civilización y la transformación progresiva de la naturaleza, hasta llegar al vertiginoso avance científico y tecnológico de nuestro tiempo. En ese recorrido aparecen interrogantes que la ciencia intenta responder y otros que permanecen abiertos. Y, al llegar a la Inteligencia Artificial, surge inevitablemente una pregunta aún más inquietante: ¿hacia dónde conduce esta nueva etapa de la evolución humana?
En ese largo recorrido, lo primero que observamos es que, en la Historia de la Ciencia, la evolución es un tema relativamente reciente. Surgido con fuerza a fines del siglo XIX, nos encontramos con dos figuras señeras: por un lado, Charles Darwin (1809–1882), con su obra El origen de las especies; y por otro, Gregor Mendel (1822–1884), quien formuló las leyes de la herencia, pasando a ser considerado el creador de la genética. Tengo entendido que no se conocieron, que Darwin tampoco conoció esas leyes y que Mendel no conoció el ADN. Pero estos conocimientos fueron luego confrontados y combinados en el siglo siguiente, el XX, generando un salto impresionante en la ciencia que no se ha detenido, al que se fueron agregando desarrollos técnicos formidables.
Para comprender la magnitud de ese proceso, debemos contemplar también el desarrollo temporal del fenómeno evolutivo. Me siento tentado a señalar algunas fases. Primero, el surgimiento de la materia y la ulterior explosión cósmica, desde diminutas partículas/ondas hasta la transformación dinámica en el cuasi infinito universo actual -hay quienes mencionan "multiversos"-, cuyo origen se estima en unos 13.800 millones de años. Nuestro planeta habría surgido hace unos 4.500 millones de años y la vida, hace 4.000 millones.
Y aquí aparece un gran interrogante: cómo de la materia inorgánica pudieron surgir seres capaces de captar información, incorporarla, almacenarla y luego replicarse, generando variaciones sobre las cuales operara la conocida selección natural, dando lugar al desarrollo de estructuras complejas.
Otro tanto ocurre con el desarrollo del cerebro humano. Sobre estos fenómenos existen teorías explicativas, creo no necesariamente todas aceptadas. Pero el cerebro humano constituye un hito fundamental en la Evolución: el Hombre desarrolla un conocimiento que le permite indagar en las leyes y secretos de la naturaleza y concebir conceptos abstractos y otros derivados de ellos. La Ciencia inicia su marcha... Surgido el ser humano desde sus raíces materiales y biológicas, aparece ahora otra dimensión: su evolución social y cultural. Desde los primeros homínidos hasta el Homo Sapiens Sapiens se suceden profundas transformaciones, desde los recolectores hasta el Neolítico, hace unos 8.000 a 10.000 años, cuando el semi sedentarismo y el sedentarismo dieron lugar a aldeas que, con el crecimiento demográfico, terminarían convirtiéndose en ciudades. Y aquí aparece otro Rubicón (*). Hasta entonces el hombre elaboraba cultura y se organizaba en sociedades variadas, pero permanecía sujeto a los ritmos de la naturaleza, en un proceso de adaptación al ambiente. Con las aldeas agrícolas y, sobre todo, con las ciudades, inicia una intervención transformadora y voluntaria del ambiente. La ciudad es ya un ecosistema creado por el hombre.
No es casual que "civilización" provenga del latín "civitas" —ciudad—, como tampoco que "política" derive del griego "polis". A partir de allí, el desarrollo civilizatorio produce una sorprendente aceleración: las sucesivas intervenciones humanas sobre el ambiente hacen que la evolución cobre un nuevo impulso, el derivado de la acción humana. Pero aún falta otro paso. Desde etapas muy tempranas, el hombre utilizó herramientas para adaptarse al ambiente y, posteriormente, herramientas para fabricar herramientas, iniciando un desarrollo tecnológico cada vez más complejo. Sin embargo, durante mucho tiempo permanecieron relativamente separadas dos potencialidades: el conocer del Homo Sapiens y el hacer del Homo Faber. Su encuentro, aproximadamente entre los siglos XVIII y XIX en Europa Occidental, será explosivamente revolucionario. Y es precisamente a partir de esa conjunción entre el conocer y el hacer cuando el hombre comienza a intervenir cada vez más profundamente en la evolución. Pero cabe preguntarnos: el hombre interviene en la evolución, ¿la controla?
Nos adentramos así en un momento crucial, justamente aquel en que vivimos. El salto y la velocidad de la revolución científico-técnica son simplemente ¡espeluznantes!
De una subordinación indispensable a la naturaleza, el hombre pasa a acompañar el desarrollo tecnológico con una intervención creciente sobre ella, hasta generar cambios que pueden resultar riesgosos. El calentamiento global, sus efectos sobre el clima, los hielos polares y el nivel de los océanos son algunas de las consecuencias ya advertidas y debatidas. Es decir, el hombre demuestra con sus acciones que actúa sobre la evolución. Pero se trata muchas veces de un actuar anárquico, no ordenado, que amenaza los ecosistemas que durante milenios le dieron sustento. Y para comprender por qué ocurre esto no podemos ignorar el contexto económico y social generado por la propia civilización: un sistema en el cual los intereses privados pueden entrar en colisión con los generales de la sociedad, mientras determinados sectores acumulan riqueza y poder y grandes masas permanecen en los límites de la supervivencia. El desarrollo tecnológico queda así inserto en un ciclo que se realimenta a sí mismo. Es en este contexto donde el encuentro científico-técnico de conocimientos en crecimiento, particularmente en los campos de la genética y la informática, comienza a esbozar un nuevo Rubicón: la creación y desarrollo de la inteligencia artificial (IA). Esbozada a mediados del siglo XX, da un salto formidable en el XXI gracias al desarrollo de equipos computacionales cada vez más avanzados, capaces de obtener y procesar enormes cantidades de datos, construir redes y realizar tareas de creciente complejidad. Su incidencia en el rediseño de la sociedad humana es ya indiscutible. La IA ofrece nuevas y poderosas herramientas para las actividades del hombre, pero genera también desafíos y riesgos en campos tan diversos como la guerra, las comunicaciones, la educación, el trabajo y las profesiones. Por ello importa sobremanera considerar el contexto socioeconómico en que se desarrolla y, también, el político y geopolítico. Porque estas tecnologías no avanzan en el vacío, lo hacen mientras se mueven verdaderas placas tectónicas del poder mundial, con países y bloques en formación, transformación y confrontación.
Y a todo esto... de la Ética, ¿quién se acuerda? Hemos recorrido la evolución natural, prebiológica y biológica, y luego la evolución social, desde la dependencia de la naturaleza hasta el impacto creciente del conocimiento y la tecnología. Pero en ese recorrido no podemos dejar de lado la Ética, fenómeno exclusivamente humano que acompañó la vida social del Hombre desde sus orígenes.
Desde la Antropología Social y Cultural, distintos autores han buscado precisamente allí una de las claves de la humanización. Lévi-Strauss lo planteó a partir del "tabú del incesto", una primera prohibición que regula las relaciones dentro del grupo. Marshall Sahlins, por su parte, vinculó el proceso de hominización con la aparición cultural de la norma: un mandato que establece obligaciones o prohibiciones. Porque donde existe una norma aparecen también la sanción y, detrás de ambas, valores que permiten calificar determinadas acciones como buenas o malas. Es decir, el hombre no solamente conoce y hace, también valora.
Y este problema adquiere hoy una dimensión inquietante. En el actual contexto geopolítico, la IA se desarrolla y es controlada por potencias, Estados y sectores poderosos con intereses propios. Utilizada en una confrontación por el poder o la hegemonía, puede convertirse también en instrumento de enormes daños. Una guerra llevada a sus extremos podría resultar catastrófica para el ser humano y, con ello, poner incluso un punto final a su propia Evolución. Pero queda todavía otro interrogante. Si tenemos en cuenta la dinámica que ha adquirido la IA, ¿puede descartarse que algún día avance hasta dejar de estar enteramente bajo control humano? ¿Que deje de ser pensada y pase a pensar por sí misma, alcanzando alguna forma de autocontrol o conciencia propia? Parece ficción, pero la velocidad de los acontecimientos obliga al menos a formular la pregunta.
¿Estamos acercándonos entonces a un nuevo Rubicón, esta vez cibernético, el de la autoconciencia? Y si así fuera, surge quizá el interrogante mayor: ¿aparecerá una nueva Ética? ¿Y cuál será, finalmente, el destino de esta humanidad surgida del "polvo de las estrellas"?
(*) Rubicón es un pequeño río del norte de Italia cuyo nombre se utiliza como metáfora para indicar un punto de no retorno. Refiere a la decisión de Julio César que en el año 49 AC decidió cruzarlo y avanzar hacia la Galia Cisalpina, desobedeciendo al Senado y desencadenando una guerra civil.