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El (ex) Colegio Nacional de Salta no se merece este destrato

Un proyecto oficial en marcha tiene por objetivo destinar parte del emblemático edificio al funcionamiento de playas de estacionamientos, reduciendo de ese modo el espacio destinado a la actividad educativa.

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Ingresé hace 70 años al Colegio Nacional de Salta Dr. Manuel Antonio Castro. Desde entonces soy un agradecido a este centro de estudios, a sus profesores y a su clima de convivencia. Una institución que me formó; unos profesores cuyas enseñanzas han influido y, de una u otra manera, continúan influyendo en mis convicciones, mis dudas y mis ilusiones.

Pero esta rutina de pensar y sentir se interrumpió bruscamente la semana pasada cuando me enteré de que el ministerio de Educación de la Provincia y la Municipalidad de la ciudad de Salta se han puesto de acuerdo para romper el viejo equilibrio que alberga al edificio del ex Colegio y sus (algo descuidados) jardines. Intentan, de tal forma, consumar un grave atentado a nuestro patrimonio cultural y simbólico. Aunque parezca mentira, los funcionarios que mandan en ambas áreas han decidido arrinconar las aulas, gabinetes y laboratorios; cerrar espacios de crecimiento físico. Todo tras el vulgar propósito de hacer sitio a una playa de estacionamiento de vehículos. Tal medida -ajena a cualquier visión del interés general- contrasta con los valores y objetivos que en 1856 llevaron al presidente Urquiza a impulsar una Ley creando colegios nacionales en cuatro provincias (Salta, Tucumán, Catamarca y Mendoza). Se trataba de cubrir vacíos y dotar a estos territorios de centros educativos de alta calidad y exigencia. El proceso fue lento. Se inició en tiempos del gobernador Cleto Aguirre (el mismo que ordenó moderar las campanadas de las iglesias) y su ilustrado ministro Francisco J. Ortiz. Dijo en la oportunidad (1865) el gobernador Aguirre: "Una nueva generación se os entrega y ella está llamada a producir un cambio radical en nuestras costumbres y a dar un impulso vivificador a los resortes mohosos de nuestra sociedad basada únicamente en el egoísmo tradicional".

Aquel lento proceso culminó con el acto inaugural presidido por el adelantado Arturo S. Fassio (1945) ya en tiempos pre peronistas. Los salteños debieron esperar 90 años para que el Colegio Nacional contara con sede propia a la altura de los elevados objetivos enunciados por sus fundadores. Pasaron más de una docena de presidentes de la Nación y varios gobernadores salteños que, en su inmensa mayoría apuntalaron al Colegio y a sus objetivos educadores centrándome en algunos aspectos materiales, diré que - en su primera época - el Colegio funcionó en el Convento que supo ser de los Mercedarios, trasladándose luego a la Escuela Zorrilla. El actual y bello edificio -hoy amenazado- se habilitó en 1947, según cuenta el Ingeniero Rafael P. Sosa.

El equipo fundador estuvo integrado por el Rector (Juan Francisco Castro) y tres profesores de reconocido prestigio (Federico Ibarguren, Andrés de Ugarriza y Benjamín Dávalos). Las reglas de su creación imponían la concesión de becas y ayudas a un porcentaje de estudiantes sin recursos suficientes, y obligaba a matricular a jóvenes provenientes de las ciudades vecinas.

Salta y los salteños debemos mucho al Colegio Nacional y a la obra de sus profesores. De allí la amargura que provoca la iniciativa de adosar una playa de estacionamiento a este recinto de la cultura y, porque no decirlo, de la libertad de pensamiento y la tolerancia.

El Colegio Nacional, hasta hace tiempos recientes, el generador de una élite abierta y pluralista que integró a estudiantes sin distinción de procedencia social, étnica o cultural. Salieron de sus aulas presidentes de la República (Uriburu), vicepresidentes, gobernadores (Joaquin Castellanos, Manuel Fesco (*), Avelino Figueroa y Miguel Ragone), legisladores, ministros (Indalecio Gómez, Francisco J. Ortiz), latinistas (Robustiano Patrón), jueces federales (Virginio Tedín, Federico Ibarguren), embajadores (Sergio García Uriburu), médicos y científicos (Luis Güemes, Pedro J. Frías), altos funcionarios, obispos, ingenieros (Miguel Tedín, Alfonso Peralta).

La década transcurrida entre la mitad de los años de 1940 y 1950 el Colegio educó a un grupo de mentes abiertas que muy pronto dejarían sus huellas en la vida política, científica y cultural provincial y nacional. Citaré sólo a algunos: Ernesto Samán, Martín Adolfo Diez, Roberto Frías, Ricardo Reimundín (cuatro jueces probos y valientes), Vicente Solá, Sergio Serrano Espelta, Milton Morey, Farat S. Salim, Ricardo Martorell Vidal, Ramón Catalano, Ricardo Falú y Bernardo Solá.

Hoy el Colegio cambió de jurisdicción y de nombre (se llama ahora Colegio 5080). Asisten a sus clases más de 2.000 alumnos en tres turnos. Cuenta con un cuerpo de profesores experimentados y con muchas vocaciones docentes. Dispone, afortunadamente, de una dirección comprometida con el progreso, la calidad y los nuevos desafíos.

Su edificio es un monumento protegido. Y su entrada al mundo del comercio y de las transacciones inmobiliarias se halla restringido por normas de rango superior. La playa de estacionamiento, según sus primeros bocetos, estrechará las aulas, privará a los estudiantes de espacios al aire libre, y afearán el entorno.

El ministerio no puede disponer a su arbitrio del patrimonio del Colegio. Pero menos puede aún trocar el uso educativo por un uso comercial privado como es el que tiene inexorablemente una playa de estacionamientos.

Mucha gente que ama al Colegio (alumnos, exalumnos, profesores y exprofesores y sus descendientes) juntos con la Comunidad Educativa estamos movilizándonos para defender al Colegio, su historia, su legado y su edificio. Nos movilizamos para defender su historia, su legado intelectual y cultural, su edificio.

Estamos recogiendo firmas pidiendo a las autoridades, en especial al señor Gobernador don Gustavo Saénz que frenen este atentado.

* Manuel Fresco era salteño y fue gobernador de Buenos Aires.

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