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Alemania, un laboratorio para Europa

En un país fundamental de la Unión Europea, el triunfo de la AfD y la derrota clara de la Unión Social Cristiana abren las puertas para que, por primera vez desde 1945, una coalición ultraderechista (y cercana a Putin) llegue al gobierno de un Estado

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Pocas veces el resultado de una elección local generó el impacto mundial alcanzado por el triunfo de la formación ultraderechista Alternativa para Alemania (AfD) en el estado de Sajonia-Anhalt, donde triunfó con el 44% de los votos y duplicó a su principal contrincante, la oficialista Unión Social Cristiana (CDU), que arañó el 18%, mientras que la socialdemocracia tuvo el 9,2% y los ecologistas el 8,9%.

Como consecuencia, la estabilidad del gobierno encabezado por el primer ministro democristiano Friedrich Merz pende de un delgado hilo que parece al borde de romperse sin que pueda divisarse en el horizonte una alternativa de reemplazo.

Más allá de su significado específico en la administración de una región de la ex Alemania Oriental el avance de la ultraderecha desencadenó una crisis en la coalición gubernamental que la democracia cristiana comparte con la socialdemocracia y disparó un timbre de alarma sobre el porvenir inmediato del país más relevante de la Unión Europea, amenazada por la probable victoria de Marine Le Pen en las elecciones francesas del año próximo.

Lo ocurrido en Sajonia-Anhalt reabrió un debate en la democracia cristiana germana, dividida entre dos grandes corrientes: un sector que insiste en mantener el "cordón sanitario" creado para aislar a la AfD y evitar su participación en una coalición de gobierno confronta con un ala que postula la necesidad de avanzar hacia un frente único conservador que evite el drenaje de votos que migran desde su partido hacia una ultraderecha en ascenso.

Todo indica el agotamiento de la búsqueda de consensos y la integración de diferentes coaliciones que caracterizó durante décadas a la política alemana, con la participación alternada de dos fuerzas predominantes, democristianos y socialdemócratas, y de otras dos formaciones menores, liberales y ecologistas, y el comienzo de una fase de confrontación, similar a lo que sucede en Estados Unidos y otros lugares del mundo.

La ultraderecha alemana es mucho más extremista que sus homólogas europeas, hasta el punto de que muchos de sus dirigentes estuvieron a punto de resultar procesados penalmente por ciertas expresiones y actitudes que lindaron la infracción a las severas leyes aprobadas en el período de postguerra para extirpar los vestigios del nazismo.

Alice Elizabeth Weidel, líder de AfD, tiene una trayectoria atípica para una dirigente de ultraderecha. Con 47 años, habla inglés y mandarín, es licenciada en economía, trabajó en la consultora estadounidense Goldman Sachs, vivió varios años en China y formó familia con Sarah Bossard, una productora cinematográfica suiza, nacida en Sri Lanka y adoptada en su infancia por una familia helvética, con la que comparte dos hijos gestados por su pareja mediante donación de esperma. Registra, sí, un antecedente biológico significativo: su abuelo fue juez en tiempos de Hitler.

Aunque su especialización es la economía, su experiencia en China fue un hito fundamental en la formación de Weidel. Durante su estadía observó con interés el despegue de una superpotencia donde el capitalismo, la planificación estatal, el comercio internacional y el poder político coexisten de una forma muy diferente a la tradición liberal europea.

En su visión el escenario mundial no está signado por una polarización ideológica entre democracias y autocracias sino por un complejo tablero de intereses nacionales entrecruzados en disputa. Plantea entonces una versión de la "realpolitik" llevada hasta sus últimas consecuencias. Si bien nunca se hizo eco de la consigna, su planteo podría sintetizarse en la idea de "Alemania primero".

Pero la estrella ascendente de AfD, catapultada por su triunfo en Sajonia- Anhalt, es Ulrich Siegmund, de 35 años, un ex vendedor de aromatizantes para ambientes que empezó a ser conocido en 2020 durante la pandemia a través de TikTok por sus invectivas contra las restricciones sanitarias que tuvieron una extraordinaria repercusión que lo posicionó como un original vocero antisistema.

Siegmund es mala palabra para el "establishment" político de Berlín. La agencia de inteligencia interna lo calificó de "presunto extremista". En una entrevista declaró que no podía "arrogarse el derecho" a juzgar si el Holocausto había sido el peor crimen cometido por la Humanidad "porque es imposible que pueda abarcar toda la historia humana".

En esa dirección, se negó también a condenar a los simpatizantes que corearon su apellido imitando el saludo nazi. Los analistas estiman que supo conquistar a los votantes por su capacidad para presentar todas las políticas de su partido con un tono más accesible y optimista que muchos de sus compañeros, sin distanciarse de los sectores más extremistas.

Programa de gobierno 

La plataforma de AfD preconiza una transformación radical de la sociedad alemana. Postula un cambio cultural, que revierta las consecuencias negativas del proceso de "desnazificación" iniciado en 1945: "debemos fomentar los aspectos positivos de la historia alemana, construir un sentimiento de orgullo y confianza en el ser alemán".

En ese sentido, advierte que no se tolerará la exhibición en teatros públicos de obras en que se escenifiquen "creaciones anti- alemanas".

Para AfD, el Islam es incompatible con los principios de la constitución alemana. En consecuencia, alienta una estrategia de "remigración" para la deportación de los inmigrantes de origen árabe instalados en Alemania a partir de la política de apertura impuesta desde 2015 por el gobierno de coalición, liderado por la ex primera ministra democristiana Angela Merkel, para acoger a los refugiados sirios expulsados por la guerra de ISIS.

En el plano educativo enfatiza la necesidad de exaltar los "valores patrióticos" en los establecimientos de enseñanza e impulsar la existencia de escuelas separadas para los hijos de familias de refugiados a fin de inculcarles los valores culturales que posibiliten una mejor inserción en la sociedad. En línea con esa preocupación, preconiza una política para revertir el descenso de la población nativa y opone el ideal de "familias grandes" a la inmigración sugerida como respuesta a la crisis demográfica.

El euroescepticismo característico de toda la ultraderecha continental se refleja desde el repudio a la burocracia de Bruselas hasta la reivindicación de la soberanía monetaria vulnerada por el euro y su visión crítica sobre el cambio climático, que explica el rechazo a los pactos de descarbonización de la Unión Europea, por estimar que afectan el crecimiento económico, y la conveniencia de establecer como prioridad estratégica el desarrollo de la energía nuclear.

Una cuestión particularmente polémica, que provoca una preocupación generalizada en todas las cancillerías europeas, es la posición sobre Rusia. La AfD propugna el levantamiento de las sanciones a Moscú por la guerra de Ucrania, que generan problemas de abastecimiento de combustibles a la economía, y cancelar la ayuda financiera y militar al gobierno de Kiev. La misma plataforma plantea la reintroducción de la enseñanza del idioma ruso en las escuelas.

La ultraderecha alemana encuentra un aliado natural en Vladimir Putin. Los servicios de inteligencia occidentales sospechan de la existencia de una mano de Moscú en el meteórico ascenso de AfD. Esta hipótesis fue alimentada por la noticia de que en octubre de 2025 tres dirigentes del partido habían participado de una recepción en la embajada rusa en Berlín en celebración del cumpleaños de Putin.

Paradójicamente, el avance de AfD también fue festejado en Estados Unidos. La derecha conservadora coincide con Putin en advertir que los gobiernos de Europa Occidental traicionan el "espíritu de Occidente". Tanto Donald Trump como Cyrus Vance manifestaron su beneplácito por el resultado en Sajonia-Anhalt. Elon Musk fue precursor de ese apoyo: ya en diciembre de 2024 proclamó que "sólo AfD puede salvar a Alemania".

La incógnita sobre la velocidad de la onda expansiva de esa victoria tuvo su primera respuesta el domingo pasado en las elecciones locales de Berlín, donde AfD tiene escasa penetración pero triunfó la ultraizquierda, y en Mecklemburgo - Pomerania Occidental, donde la ultraderecha alcanzó el primer puesto y la democracia cristiana sufrió una clara derrota.

Pero el principal interrogante reside en la propia Sajonia-Anhalt. A AfD sólo le faltan tres legisladores para tener mayoría en la legislatura local y la Alianza Sahra Wagenkencht, una formación de ultraizquierda con el 5,1% de los votos, amenaza con romper el "cordón sanitario" y con la abstención de sus legisladores para allanar el ascenso al poder en un estado alemán desde 1945, es decir, desde el fin del nazismo.

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