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En todo tiempo, los hombres han tenido la tendencia a obligar a los demás a que ejecuten algo de acuerdo con sus propias ideas, prescindiendo de lo normativo o del ordenamiento jurídico, ejerciendo una desmesurada autoridad en un país cualquiera.
El poder político a lo largo de la historia muchas veces quiso imponer, expedir, legitimar leyes, fallos y preceptos que debían ser acatados por el pueblo, desconociendo la categoría de ciudadanos de sus integrantes. El predominio y el ejercicio del poder, muchas veces, se desempeñó con una fuerza dominante que subyugaba la iniciativa de las mayorías o excluía el debido respeto por la opinión de las minorías.
La violencia de todo tipo casi siempre estuvo de moda, y destinada a que alguien asienta o haga lo que se le dice.
Hay quienes pretenden acomodar la realidad a la mezquindad y a la estrechez de sus intereses personales o a su particular visión e interpretación de las cosas. En general pretenden agradar a los demás pero son particularmente intransigentes; están siempre muy seguros de lo que deben hacer, pero su aparente clarividencia los hace obstinados y frecuentemente caen y arrastran a los demás a grandes errores.
Estas personas son incansables, previsibles e irreductibles. No aceptan ni toleran objeciones, se molestan y se enojan, y suelen seguir su marcha sin inmutarse.; están convencidos de estar siempre dentro del menú de las mejores opciones y se consideran dueños de la verdad.
Su aparente generosidad es bastante egoísta. Nunca aprenden a tratar a cada uno como mejor conviene a cada caso particular y no según sus patrones preestablecidos. Son personas que no terminan de esforzarse por ponerse en el lugar de los demás. No se sitúan. Son los que piden sinceridad y cuando se les dice la verdad se enfadan. Suelen interpretar la realidad según su propio patrón de conducta o su propia psicología. Usan recetas ya hechas y aportan soluciones prefabricadas.
El mito del "lecho de Procusto" ha quedado como expresión proverbial de este tipo de personalidad.
Procusto era el apodo del mítico posadero de Eleusis, aquella famosa ciudad de la antigua Grecia donde se celebraban los ritos misteriosos de las diosas Deméter y Perséfone. Era hijo de Poseidón, el dios de los mares, y por eso su estatura era gigantesca y su fuerza descomunal. Su verdadero nombre era Damastes, pero le apodaban Procusto, que significa «el estirador", por su peculiar sistema de hacer amable la estadía a los huéspedes de su posada. Procusto les obligaba a acostarse en una cama de hierro, y a quien no se ajustaba a ella, porque su estatura era mayor que el lecho, le aserraba los pies que sobresalían de la cama, y si el desdichado era de estatura más corta, entonces le estiraba las piernas hasta que se ajustaran exactamente al fatídico catre. Según algunas versiones de la leyenda, la cama estaba dotada de un mecanismo móvil por el que se alargaba o acortaba según el deseo del verdugo, con lo que nadie podía ajustarse exactamente a ella y, por tanto, todo el que caía en sus manos era sometido a la mutilación o el descoyuntamiento. Procusto terminó su malvada existencia de la misma manera que sus víctimas. Fue capturado por Teseo, que lo acostó en su camastro de hierro y le sometió a la misma tortura que tantas veces él había aplicado.
Este tipo de gente llama "singular" a todo lo que está fuera de su comprensión; la simplicidad de los hechos los desconcierta y es casi imposible poner en tela de juicio sus acciones si posee elevada posición social o tiene poder; con la posesión de algo se obtiene poder que irreversiblemente se gasta con el uso. Esto puede suceder en cualquier país, también en el nuestro, cualquier parecido con la realidad es simple coincidencia.