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Ningún argentino duda de que las Islas Malvinas son argentinas. Y seguir demostrando esta legitimidad comienza a parecerse a dedicar años de investigación para comprobar que la gravedad existe.
Así, mi pregunta es otra: ¿qué capacidades estamos construyendo para ejercer los derechos que demandamos? Porque una cosa es ostentar un derecho y otra muy distinta es poder ejercerlo. Hay una frase brutal que aparece en el primer episodio de la serie «Your Friends & Neighbors» de una reconocida plataforma de streaming. Un poderoso administrador de fondos de inversión despide a uno de sus altos ejecutivos y, cuando éste intenta recuperar aquello que considera suyo, recibe una respuesta despiadada: «No es tuyo si no puedes mantenerlo». Suena inmoral. Quizá lo sea. Pero también describe una de las reglas más antiguas de la historia. Mucho más en este momento de la política internacional en el que la razón de la fuerza parece imponerse por sobre la fuerza de la razón en casi todo el planeta. Ucrania tiene derecho a su territorio. China cree tener derecho sobre Taiwán. Estados Unidos pretende apoderarse de Groenlandia y recuperar el control del Canal de Panamá. Palestina e Israel reclaman, cada uno, derechos incompatibles sobre una misma porción de tierra. Las Malvinas constituyen otro capítulo de esa historia interminable.
El derecho importa. Y debe importar. Pero la historia enseña una lección incómoda: el derecho, por sí solo, no alcanza para ejercer la soberanía. Entonces, la verdadera pregunta quizás sea: ¿qué deberíamos hacer como país para construir las condiciones materiales, económicas, diplomáticas, tecnológicas y militares que hagan posible ejercer –y sostener– algún día ese derecho? Y allí comienza nuestro laberinto. Porque cada vez que la economía se estanca, el bolsillo aprieta o la política pierde iniciativa, el reclamo de soberanía sobre Malvinas reaparece con una fuerza renovada. Pocas causas poseen semejante capacidad de suspender diferencias, alinear emociones y convertir una sociedad fragmentada en un coro unánime. Y, justamente porque este reclamo es tan legítimo como unánime, resulta tan sencillo utilizarlo políticamente. Así, no cuestiono la sinceridad del sentimiento; cuestiono la oportunidad con la que este reclamo suele reaparecer. Y el patrioterismo que despierta. Comprensible hasta cierto punto, pero no cuando amenaza con suspender todo otro pensamiento crítico.
Y mientras discutimos con tanta pasión lo que algún día queremos recuperar, seguimos perdiendo parte de lo poco que aún nos queda como propio. Perdemos científicos que emigran. Industrias que cierran. Jóvenes que abandonan la escuela. Un retroceso pavoroso en las pruebas PISA. Perdemos capital humano; confianza; productividad. Hasta coeficiente intelectual perdemos según un estudio recientemente publicado. Perdemos futuro. Y así seguimos: quemando recursos naturales irrecuperables para transformarlos en dólares que desaparecerán con la misma velocidad con la que ingresaron. Liquidamos activos como quien vende el mobiliario de una casa para pagar las cuentas del mes, convencidos de que eso constituye una estrategia de desarrollo.
"El derecho importa, pero la historia enseña que el derecho por sí solo no alcanza para ejercer la soberanía".
El poder no se declama; se construye construyendo capacidades. Los derechos no desaparecen porque carezcamos de las capacidades para ejercerlos; somos nosotros quienes quedamos impotentes para hacerlos valer. Y ese poder se construye educando, protegiendo el capital humano, desarrollando tecnología, agregando valor. Fortaleciendo la democracia con instituciones confiables. Se construye día a día durante décadas. No se logra ni en un mandato presidencial, ni en dos, ni en tres. Es un proceso largo que exige una disciplina implacable, sostenida a lo largo del tiempo e independiente de ideologías políticas alternantes. Por eso, la soberanía no comienza ni termina en una base naval. Comienza en las aulas; en los laboratorios, en las empresas; en los científicos que eligen quedarse; en los jóvenes que encuentran trabajo y logran desarrollarse humana y profesionalmente. Comienza con una sociedad que invierta más energía en construir esas capacidades que en manipular emociones.
Por eso me resulta imposible mirar este debate sin pensar en dos islas: las Malvinas, atrapadas desde hace casi dos siglos en una disputa de soberanía; y la Argentina, perdida en otro laberinto complejo: el de creer que resolverá sus problemas discutiendo eternamente sobre sus derechos mientras posterga esa construcción paciente que le permita ejercerlos. La ironía es que –como Dédalo–, llevamos décadas construyendo, con mucha paciencia, nuestro propio laberinto. Uno en el que, cuanto más denodadamente buscamos la salida, más profundo nos internamos en él. Un laberinto de improvisaciones y oportunismos, de una guerra horrorosa y fallida, de contradicciones y de atajos; de discusiones interminables sobre derechos legítimos que nunca acompañamos con una construcción paciente de los instrumentos necesarios para hacerlos valer. Un laberinto tan intrincado que, cuando intentamos escapar de él, fabricamos soluciones tan precarias como las alas de cera que Dédalo hizo para él y para su hijo. Alas que, por un instante, nos elevan sólo para luego dejarnos caer. Tengo la incómoda sospecha de que llevamos demasiado tiempo perdidos en esta trampa y que, al final, Argentina y las Malvinas quedan aisladas como dos islas, cada una, perdida en su propio laberinto.