PUBLICIDAD

¿Quieres recibir notificaciones de alertas?

Su sesión ha expirado

Iniciar sesión
PUBLICIDAD

El imperio que ya fue

El Reino Unido apenas puede mantener unido su propio territorio. Pero la Argentina no debe festejar sino asumir que, si la actual coyuntura debilita la posición británica en el Atlántico sur, el ejercicio de nuestra soberanía dependerá de un proyecto firme y estable de desarrollo.

Escuchar esta nota - 00:00

Alcanzaste el límite de notas gratuitas
inicia sesión o regístrate.
Alcanzaste el límite de notas gratuitas
Nota exclusiva debe suscribirse para poder verla

Hubo un tiempo en que se decía que el sol nunca se ponía sobre el Imperio británico. No era solamente una metáfora. Inglaterra había construido una maquinaria política, naval y comercial capaz de extender su dominio sobre buena parte del planeta. Pero antes de dominar mares y continentes tuvo que asegurar su propia casa, y aquella construcción estuvo lejos de ser romántica.

Porque el Reino Unido no es Inglaterra, está compuesto por Inglaterra, Escocia, Gales e Irlanda del Norte: pueblos con historias, culturas, tradiciones y, durante largos períodos, profundas diferencias religiosas. La unidad británica que hoy parece natural desde la distancia fue el resultado de acuerdos, pero también de conquistas, guerras, represiones y de una formidable capacidad inglesa para transformar superioridad militar en arquitectura política.

Gales conoció tempranamente esa realidad. La conquista inglesa medieval terminó sometiendo sus principados y la legislación del siglo XVI completó su incorporación al reino inglés. Escocia resistió durante siglos y mantuvo su independencia. Su unión con Inglaterra en 1707 fue jurídicamente pactada, pero eso no borró las tensiones de una relación profundamente asimétrica.

Después de Culloden (*), en 1746, la Corona aplastó la rebelión jacobita y avanzó sobre el orden tradicional de las Highlands. Se prohibieron o restringieron elementos de su organización y cultura, se debilitó el sistema de clanes y una dura represión dejó una herida profunda en la memoria escocesa. Décadas después, las Highland Clearances, o desalojos de la Tierras Altas, entre 1760 y 1850, completarían una transformación social brutal que expulsó a miles de habitantes de las tierras que sus familias habían ocupado durante generaciones.

Pero fue Irlanda donde la dominación británica mostró quizás su rostro más despiadado. Conquista, confiscación de tierras, colonización, discriminación religiosa y represión acompañaron durante siglos la relación entre Londres e Irlanda.

La Gran Hambruna de 1845-1852 constituye su símbolo más terrible. La enfermedad de la papa originó la crisis, pero el dogmatismo económico y la insuficiente respuesta de las autoridades británicas agravaron la tragedia mientras Irlanda continuaba exportando alimentos. Cerca de un millón de personas murieron y otro millón emigró. No hace falta deformar la historia para condenarla. Los hechos alcanzan.

La Irlanda independiente surgió finalmente de aquel largo conflicto, aunque seis condados permanecieron bajo soberanía británica formando Irlanda del Norte, y esa historia todavía no terminó.

Las costuras del Reino

Hoy el Reino Unido se encuentra muy lejos de la Inglaterra victoriana. Escocia mantiene un poderoso movimiento independentista. En el referéndum de 2014, el 44,7% votó por separarse. El Brexit profundizó la fractura: los escoceses votaron mayoritariamente por permanecer en la Unión Europea, pero fueron arrastrados fuera de ella por el resultado general británico. En Gales el independentismo es menor, aunque crece políticamente. En Irlanda del Norte el interrogante es todavía más profundo: separarse del Reino Unido podría significar completar la reunificación de la isla de Irlanda.

Y en septiembre de 2026 ocurrió algo que debería observarse con atención: dirigentes nacionalistas de Escocia, Gales e Irlanda del Norte se reunieron para coordinar sus reclamos por el derecho de sus pueblos a decidir su futuro. El imperio que trazaba fronteras en otros continentes ahora discute las fronteras de su propia casa.

A esta escena se sumó un protagonista inesperado, Donald Trump, presidente de los Estados Unidos y comandante en jefe de la mayor potencia militar del planeta, acaba de manifestar públicamente que le gustaría ver una Irlanda reunificada. Incluso sostuvo que ese proceso terminará ocurriendo. Que semejantes palabras provengan de Washington no es un detalle menor.

La denominada "relación especial" entre Estados Unidos y Gran Bretaña constituyó durante décadas uno de los pilares de la política exterior británica. Que un presidente estadounidense pueda hablar con semejante naturalidad sobre la eventual pérdida de Irlanda del Norte demuestra cuánto ha cambiado el mundo.

El imperio se encoge

Gran Bretaña continúa siendo una potencia militar importante. Posee armas nucleares, asiento permanente en el Consejo de Seguridad, fuerzas armadas profesionales y una diplomacia experimentada, pero ya no es un imperio.

India se fue. África se fue. Hong Kong volvió a China. Australia y Canadá construyeron su plena autonomía. Incluso el archipiélago de Chagos atraviesa un proceso de transferencia de soberanía a Mauricio, aunque Londres conserve mediante un acuerdo la estratégica base de Diego García. Quedan vestigios dispersos de aquella grandeza, y entre ellos están Gibraltar y nuestras Islas Malvinas.

Aquí la decadencia imperial deja de ser una curiosidad histórica para transformarse en un asunto de interés nacional argentino. Trump introdujo recientemente otro elemento perturbador para Londres al afirmar que revisa todas las posiciones cuando fue consultado sobre la posibilidad de modificar la postura estadounidense respecto de Malvinas.

No significa que Washington haya reconocido la soberanía argentina. Estados Unidos continúa formalmente neutral respecto de los reclamos contrapuestos. Pero hasta la posibilidad de revisar posiciones que durante décadas parecían inamovibles demuestra que el tablero internacional está cambiando, y produjo además una curiosa metamorfosis doméstica.

Sectores libertarios argentinos que hasta ayer parecían incómodos ante cualquier expresión de nacionalismo comenzaron súbitamente a descubrir el valor de la soberanía nacional. Algunos que admiraron públicamente a Margaret Thatcher encontraron ahora entusiasmo en la causa Malvinas porque una señal favorable provino de Donald Trump. Bienvenido sea todo argentino que abrace sinceramente nuestra causa, pero convendría recordar que la soberanía sobre Malvinas no nació con Trump, ni pertenece a una corriente ideológica. Es una política de Estado y una causa nacional que atravesó gobiernos, generaciones y partidos políticos.

Esperar la historia

Argentina no debe interpretar la decadencia relativa británica como invitación a ninguna aventura, exactamente lo contrario. La recuperación de Malvinas debe ser pacífica, diplomática, persistente e inteligente.

Debemos fortalecer Tierra del Fuego, nuestra presencia antártica, la capacidad logística del Atlántico Sur, nuestras Fuerzas Armadas dentro del orden constitucional, nuestra economía y nuestros vínculos internacionales. Porque los países serios no esperan oportunidades improvisando. Se preparan durante décadas para cuando esas oportunidades aparecen.

Tal vez Escocia continúe dentro del Reino Unido o tal vez no. A lo mejor Irlanda permanezca dividida durante otras generaciones, o tal vez un referéndum termine reuniéndola. Tal vez Gales profundice su autonomía, pero algo resulta evidente: el Reino Unido que alguna vez gobernó una cuarta parte del planeta hoy debe esforzarse para mantener unido su propio territorio.

Hay una formidable ironía histórica en ello, los pueblos que Inglaterra necesitó controlar para convertirse en imperio vuelven a preguntarse si necesitan a Inglaterra para construir su futuro. Ya no hay ejércitos escoceses marchando desde las Highlands. No hay insurgentes irlandeses enfrentando soldados británicos. Ahora hay parlamentos, elecciones, encuestas y posibles referéndums. El imperio conserva armas, influencia y algunos territorios ultramarinos. Pero el tiempo de su omnipotencia terminó.

Argentina no necesita celebrar la decadencia de nadie, pero necesita comprenderla, porque los imperios también terminan. Y cuando finalmente la historia vuelva a abrir una puerta en el Atlántico Sur, nuestro país deberá tener la inteligencia, la unidad y la perseverancia necesarias para atravesarla. Sin disparar una sola bala.

(*) La Batalla de Culloden (16 de abril de 1746) marcó el fin del levantamiento jacobino. Ocurrió en un páramo cerca de Inverness, en las Tierras Altas (Highlands).

PUBLICIDAD

Te puede interesar

PUBLICIDAD
PUBLICIDAD

Últimas noticias

PUBLICIDAD