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Hay noticias que llegan con números que impresionan. 8.552 estudiantes secundarios de Salta aparecen hoy en riesgo de abandonar la escuela. De ellos, 2.867 están considerados en riesgo alto y 5.685 en riesgo medio.
El dato surge del nuevo Sistema de Alertas Tempranas presentado por el Ministerio de Educación. La herramienta cruza información sobre inasistencias, repitencia, sobreedad, no promoción y materias desaprobadas para identificar a los estudiantes que podrían quedar fuera del sistema antes de que el abandono se concrete.
Es una herramienta necesaria. Tener información ordenada, poder detectar señales y, sobre todo, intervenir antes de que el alumno deje definitivamente la escuela puede ayudar.
Pero hay algo que deberíamos decir también. Los docentes no acabamos de descubrir este problema, algo que se arrastra desde hace muchos años. Lo vemos en las aulas, en los patios, en las listas de asistencia, en las mesas de examen, en las reuniones con las familias y en esas conversaciones que muchas veces ocurren después de hora, cuando un profesor pregunta: "¿Qué pasó con este chico? Hace semanas que no viene".
No necesitábamos un tablero para saber que algo estaba pasando. Necesitábamos, quizás, que aquello que los docentes venimos observando cotidianamente pudiera transformarse en una política educativa sostenida. Porque detrás de cada número hay un estudiante. Y detrás de cada estudiante hay una historia que no aparece completa en una planilla.
Hay chicos que faltan porque trabajan. Otros porque tienen que cuidar a sus hermanos. Algunos porque viven lejos y el transporte es un problema. Hay quienes atraviesan dificultades familiares, económicas o personales. También están aquellos que dejaron de encontrarle sentido a la escuela porque sienten que lo que allí ocurre está demasiado lejos de la vida que tienen afuera.
Y están los que simplemente se fueron alejando de a poco.
Primero faltaron un día. Después dos. Después dejaron de entregar trabajos. Llegaron las materias desaprobadas. Después, la repitencia. Y un día dejaron de aparecer.
"El desafío no es solamente detectar a los estudiantes en riesgo, sino llegar antes de que la ausencia se convierta en abandono".
El sistema presentado por el ministerio de Educación tiene precisamente la posibilidad de mirar esas señales antes de llegar al final del camino. Según explicaron, si un estudiante falta tres días consecutivos sin causa verificable, ya debería generarse una alerta para conocer qué está ocurriendo.
La pregunta entonces no debería ser solamente cuántos alumnos están en riesgo. La pregunta es qué vamos a hacer con ellos. Porque detectar a 8.552 estudiantes es apenas el comienzo. El verdadero desafío empieza después.
El propio ministerio reconoce que de unos 24.000 estudiantes que no promocionan un año, solamente alrededor de 11.000 vuelven a inscribirse para repetir. Los otros 13.000 no aparecen nuevamente en el sistema al año siguiente. Ahí está una de las heridas más profundas.
No siempre perdemos a un estudiante cuando abandona. Muchas veces empezamos a perderlo mucho antes. Lo perdemos cuando deja de sentirse capaz. Cuando acumula materias que no puede recuperar. Cuando repite y vuelve a encontrarse con compañeros más chicos. Cuando la escuela no consigue acompañar su realidad. Cuando la familia ya no puede sostenerlo. Cuando necesita trabajar. Cuando siente que nadie está mirando.
Y acá hay algo que tampoco deberíamos olvidar: los docentes también venimos trabajando sobre esto desde hace años, muchas veces con herramientas limitadas y haciendo malabares con lo que tenemos.
Un profesor detecta que un alumno cambió. Un preceptor sabe quién dejó de venir. Un director conoce las situaciones particulares de su escuela. Un equipo de orientación acompaña casos que no aparecen en ninguna estadística.
Y muchas veces son los propios docentes quienes llaman a una familia, buscan al estudiante, adaptan una actividad, explican nuevamente un contenido, preparan una recuperación o intentan convencer a un adolescente de que todavía vale la pena seguir.
Por eso celebro que ahora podamos contar con mejores datos. Pero tengamos cuidado con creer que el dato reemplaza la mirada docente.
El tablero puede decirnos quién está en riesgo. El desafío es que la escuela pueda entender por qué y tenga los recursos para hacer algo al respecto. Porque una alerta no enseña. Una planilla no abraza. Un porcentaje no escucha. Una plataforma no puede reemplazar al docente.
La tecnología puede ayudarnos a llegar antes. La información puede ayudarnos a decidir mejor. Pero la tarea de sostener una trayectoria educativa sigue siendo profundamente humana.
Quizás entonces esta noticia debería servirnos para algo más que sorprendernos con el número 8.552. Debería servir para escuchar, de una vez por todas, aquello que los docentes venimos diciendo desde hace mucho tiempo. No descubrimos ahora que nuestros chicos están en riesgo de abandonar la escuela. Lo nuevo es que ahora tenemos una herramienta que puede ayudarnos a demostrarlo con datos.
Ojalá que, esta vez, esos datos no terminen solamente en una estadística. Ojalá lleguen al aula. Y, sobre todo, lleguen a tiempo.