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Nunca en su larga historia imperial el Reino Unido atravesó una crisis tan profunda como la derivada del documento con que los primeros ministros de Irlanda del Norte, Michelle O'Neill, Escocia, John Swinney, y Gales, Rhun ap Iorwerth, acordaron avanzar en pasos sucesivos hacia la independencia de los tres países y regresar a la Unión Europea, cuyo abandono con el Brexit, aprobado hace diez años en el referéndum de 2016, constituyó el punto de partida de una crisis aún no resuelta en la inserción de Gran Bretaña en el escenario mundial.
Ni la independencia de Estados Unidos, a fines del siglo XVIII, ni tampoco la emancipación de la India y la mayoría de las colonias británicas, luego de la Segunda Guerra Mundial, amenazaron la subsistencia de Gran Bretaña tan seriamente como ocurre en la actualidad con este desafío que coincide con un alarmante desprestigio público de la Corona desde la desaparición de la reina Isabel y la revelación de los escándalos vinculados con la vida doméstica de la familia real.
Este episodio ocurre en simultáneo con otro acontecimiento inédito: el desacople estratégico entre Estados Unidos y Gran Bretaña, desatado por las ácidas críticas del presidente Donald Trump a la actitud del gobierno laborista del primer ministro Andy Burnham en la guerra con Irán, pero agravado por un conjunto de razones que erosionan la alianza militar más importante de la historia contemporánea.
Una de las causas estructurales de esta fisura es la pretensión de Washington de que Gran Bretaña autorice la explotación de nuevos yacimientos petrolíferos en el Mar del Norte como una prioridad estratégica para la seguridad energética de Occidente, mientras que la agenda política de Burnham privilegia una transición ambiental orientada hacia la utilización creciente de los combustibles no fósiles.
Burnham agravó la tensión con Estados Unidos con la prohibición de la comercialización de bienes y servicios procedentes de los asentamientos israelíes en la Cisjordania ocupada, acompañada por la aplicación de sanciones contra las compañías que lo practiquen, lo que provocó una enérgica reacción del gobierno de Benjamín Netanyahu ante lo que consideró una modificación en el posicionamiento de Londres en el conflicto de Medio Oriente, cuyo origen reside precisamente en el impulso británico a la creación del Estado judío en su antiguo mandato territorial sobre Palestina.
Trump aprovechó para presionar a Londres con dos amenazas que tuvieron inmediata repercusión en los países involucrados: la posibilidad de revisar la tradicional posición estadounidense en el conflicto entre Gran Bretaña y la Argentina por la soberanía de las islas Malvinas y una sorpresiva declaración, formulada durante su visita a Dublin, capital de la República de Irlanda, acerca de que la unificación con Irlanda del Norte constituía un hecho natural e inevitable.
El acuerdo tripartito (SUBT)
El "Memorándum de Entendimiento" firmado por los tres primeros ministros, que tuvieron la prudencia diplomática de aclarar que lo hacían en su condición de líderes políticos de sus respectivos partidos y no de jefes gubernamentales, manifiesta que Escocia, Gales e Irlanda tienen historias, identidades y tradiciones políticas propias" y que "compartimos la convicción de que las naciones y comunidades que representamos merecen una mayor atención, mayores oportunidades económicas y una voz fuerte a la hora de determinar su propio destino".
Destaca que "el panorama político de nuestras islas está cambiando, por primera vez en la historia, los pueblos a lo largo de estas islas cuentan con ministros principales en Escocia, en Gales y en el norte de Irlanda comprometidos con la independencia del Reino Unido. Para quienes observan a lo largo de estas islas y para quienes observan alrededor del mundo- no podría haber una señal más clara de que el tiempo de Westminster está llegando a su fin".
El texto señala que "ningún gobierno de Westminster tiene derecho a bloquear la democracia ni a socavar el principio de que nuestro pueblo decidirá su propio futuro". Admite empero que "nuestros partidos tienen posiciones constitucionales diferentes y que cada nación determinará su propio futuro a su manera y a su debido tiempo".
Enfatiza las consecuencias negativas del Brexit: "El Brexit dañó nuestras economías y limitó las oportunidades de nuestra gente. Europa es nuestra casa común y creemos que el futuro de nuestras naciones está dentro de la Unión Europa". "Queremos trabajar juntos para reconstruir y fortalecer estos lazos europeos, creando mayores oportunidades para el comercio, la inversión, la cultura y la cooperación".
El documento tripartito expresa también que "nuestras naciones tienen derecho a la autodeterminación" e insta "al gobierno británico a preparar, planificar y facilitar los cambios constitucionales". El escocés fue más allá: en una advertencia directa , con tono amenazante, pronosticó: "Burnham será el último primer ministro del Reino Unido".
Los planteos secesionistas tropiezan naturalmente con los escollos de la legislación británica que exige una previa aprobación del Parlamento para la convocatoria a una consulta popular que apruebe esa decisión, una condición de casi imposible cumplimiento en el actual escenario político. De allí la insistencia de los independentistas que colocan la legitimidad de sus demandas por encima de la legalidad de los procedimientos.
Para reducir el nivel de conflictividad y abrir un espacio de negociación, Burnham contrapropone una alternativa intermedia, fundada en una profunda descentralización económica y política que otorgue la mayor autonomía posible a las regiones sin llegar a la separación. Pero esa postura conciliadora choca frontalmente con la intransigencia de la ascendente ultraderecha, encarnada por Reform UK, liderado por Nigel Farage, que encabeza la oposición al gobierno laborista.
Visto caso por caso, la situación presenta aristas diferentes en los tres países. El nacionalismo galés está representado por el gobernante Plaid Cymru, una formación socialdemócrata partidaria de una estrategia gradualista, que reivindica la cultura galesa y el idioma local y propugna un proceso de autonomía progresiva, sin exigir la rápida convocatoria a un referéndum independentista, como si lo hacen sus congéneres escoceses e irlandeses, porque las encuestas no favorecen al separatismo.
El Partido Nacionalista Escocés enfatiza la coordinación con sus socios de Gales e Irlanda para presionar al Parlamento británico. La causa independentista ganó respaldo público por la importancia económica de los gigantescos yacimientos petrolíferos del Mar del Norte, que le otorga un mayor sustento económico al planteo secesionista.
Muy distinto es el caso de Irlanda, donde la corriente nacionalista se ve fortalecida por la perspectiva de reunificación con la República de Irlanda que terminaría con la separación en dos estados consagrada en 1921 tras una guerra civil que terminó con el reconocimiento de la independencia de la parte meridional de la isla.
El Sinn Fein, el tradicional partido nacionalista irlandés, aboga por que se realice un referéndum antes de 2030. Londres se atiene a los Acuerdos del Viernes Santo, suscriptos en 1998, para finalizar el enfrentamiento en Irlanda del Norte y desarmar a los guerrilleros del IRA, que admite la posibilidad de convocar a una consulta popular solo cuando pueda acreditarse que la mayoría de los habitantes de esa provincia británica sea proclive a votar a favor de la unificación. Una reciente encuesta reveló que el 63% de los consultados está a favor de una sola Irlanda unida a la Unión Europea.
Las declaraciones de Trump conmocionaron a la opinión pública. Mary Lou McDonald, líder del Sinn Fein, el tradicional partido nacionalista irlandés, proclamó en tono victorioso: "La historia se está desarrollando ante nosotros. Se vienen referéndums sobre la unidad. Llegará el día en que todos puedan expresarse en las urnas. Bretaña ya no puede poner límites al avance de la nación. El arco de la historia de Irlanda es largo, ahora se inclina hacia un futuro que pertenece al pueblo, en una Irlanda unida y una nueva república".
En cualquier circunstancia este intrincado laberinto permite suponer que en los próximos años los vaivenes de la política interna harán que el Reino Unido vea sensiblemente reducida su relevancia internacional.