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Toda gestión se contradice. Gobernar es elegir, negociar, corregir y, a veces, volver sobre los propios pasos como señal de aprendizaje. El problema aparece cuando el Gobierno niega un fenómeno hasta que el costo político de seguir negándolo se vuelve insoportable y, entonces, anuncia medidas para corregir aquello que, aun así, insiste en afirmar que no existe.
El oficialismo celebró la media sanción de una nueva Carta Orgánica destinada a reforzar la autonomía del Banco Central. Mientras se negociaba la reforma, el ministro de Economía intervenía el mercado para orientar las tasas y utilizaba herramientas públicas con el fin de conducir el crédito donde consideraba conveniente. No discuto si esas decisiones son acertadas; me pregunto cuánta coherencia hay entre proclamar la independencia de una institución e intervenir sobre las variables que únicamente esa institución debería administrar.
La contradicción se hace más visible con el Fondo de Garantía de Sustentabilidad. El Gobierno recurrirá a recursos de la ANSeS para fondear créditos hipotecarios a veinte o veinticinco años. El programa podría beneficiar a algo entre 17.000 y 18.000 familias. En el ejemplo oficial, acceder a una vivienda de poco más de cien mil dólares exige una cuota mensual de 865.000 pesos y un ingreso familiar neto de casi 3,5 millones. Claramente no es una política destinada a la base de la pirámide. Cuesta presentarla, como hizo Caputo, como una expresión de "justicia social"; concepto que Milei no se cansa de denostar, por otro lado.
Otra. El mismo Gobierno que repudió durante años el "plan platita" impulsa hoy un salario mínimo garantizado de 1.070.000 pesos brutos. No es idéntico: no se trata de una transferencia directa del Tesoro. Pero la lógica política se parece demasiado a aquello que antes condenaba: intervenir sobre los ingresos cuando el malestar social comienza a reflejarse en las encuestas. Cambió el ejecutor. También el nombre. No queda claro que haya cambiado el mecanismo.
La morosidad ofrece quizá el ejemplo más obsceno. El Gobierno no sólo niega la crisis: moraliza a quienes la padecen. Bertie Benegas Lynch sostuvo que la oposición "llora deudas" y redujo el fenómeno al hombre que compró un televisor para el Mundial y que, como Argentina no salió campeón, no quiere pagarlo. Puede discutirse si corresponde socializar deudas privadas. Lo inadmisible es convertir a millones de morosos en irresponsables caprichosos cuando el servicio de sus deudas absorbe el 24% de la masa salarial. Eso no es análisis. Es desprecio. Y, en el colmo de ese desprecio, Milei dijo a sus legisladores: "No hay que tragarse la píldora de la empatía". El Gobierno no sólo niega aquello que luego intenta corregir; también degrada moralmente a quienes padecen el problema que niega.
"No se puede construir gobernabilidad negando por la mañana el problema que se intenta solucionar por la tarde".
Así, mientras se niegan los problemas, se anuncian refinanciaciones, impulso al crédito, baja de tasas y medidas para "reactivar" o "impulsar" la economía. Si la economía crece, el consumo está en máximos históricos y la recesión es otra maniobra mafiosa del periodismo, ¿por qué el ministro lleva cinco conferencias en un mes y medio anunciando estímulos para "reanimarla"?
Las contradicciones exceden la economía. Un Gobierno que llegó denunciando la colonización de la Justicia reformuló una Cámara Federal estratégica con magistrados mayoritariamente cercanos al oficialismo. Puede que todos sean técnicamente aptos, pero la pregunta persiste: ¿se habría considerado saludable una operación semejante si la hubiera realizado el kirchnerismo? Sabemos que no.
Luego queda la escena de la escuela ORT. Milei fue a hablar ante alumnos secundarios sobre "La moral como política de Estado". Explicó que sus valores no son negociables, vinculó su modelo económico con la ley de Dios y afirmó que "no hay tercer camino": o se elige el bien o se elige el mal. En medio de esa lección moral criticó a los periodistas y, cuando algunos adolescentes comenzaron a abuchearlos, los alentó: "Si quieren hacerlo más fuerte, se los voy a festejar". Y lo festejó. Resulta difícil imaginar una contradicción más obscena: predicar moral absoluta mientras se utiliza la autoridad presidencial para enseñar a menores que hostigar a quienes incomodan al poder es algo que merece ser celebrado. O dividir a las personas entre "buenos" y "malos" por el sentido de su voto.
Todo Gobierno adapta su estrategia cuando pierde apoyo. El problema aparece cuando las correcciones se parecen a manotazos de ahogado y sólo queda una permanente administración de contradicciones, sin reconocerlas. Negar la morosidad mientras se buscan mecanismos para refinanciarla; negar la recesión mientras se busca cómo reactivar la economía; proclamar autonomía mientras se interviene; condenar el "plan platita" mientras se implementa un mecanismo para elevar ingresos. Hablar de moral mientras se enseña a abuchear y a odiar.
Así no hay credibilidad posible. Todo gobierno puede cambiar de opinión. Lo que no puede hacer indefinidamente, es negar lo que luego quiere corregir, condenar lo que después utiliza ni exigir que toda contradicción sea leída como coherencia no negociable. Cuando el oficialismo desmiente al oficialismo, la realidad sólo debe esperar sentada.