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El arduo camino para construir la continuidad de las políticas públicas

Mientras que el gobierno de Javier Milei explica tempranamente por qué debe ser reelecto, la oposición se prepara para desplazarlo. Desde 2011, ningún presidente ha sido reelecto, y esto se debe que las gestiones no materializaron las promesas en calidad de vida de la sociedad.

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Faltan catorce meses para la elección presidencial de 2027 y la Argentina ya se comporta como si la campaña hubiera empezado.

Conviene distinguir dos fenómenos. Una campaña adelantada es una decisión de dirigentes y se corrige con disciplina partidaria. Un clima electoral es un estado de la sociedad: ocurre cuando una porción decisiva del electorado deja de evaluar al gobierno por lo que hace y empieza a evaluarlo por lo que vendrá después. Eso no se corrige. Se gestiona o se pierde.

La Argentina está hoy, con nitidez, en el segundo caso, y no por ambición de los dirigentes sino porque un modelo económico, social y político llegó al límite de lo que podía ofrecer.

La opinión pública

El primer eje es el de la opinión pública, y su rasgo distintivo no es la caída sino la velocidad. En octubre de 2025, La Libertad Avanza superó el 40% de los votos nacionales y se impuso en la mayoría de los distritos. Diez meses después, el Índice de Confianza en el Gobierno de la Universidad Torcuato Di Tella se ubica en 2,06 puntos, con una contracción del 16,5% desde finales de 2025.

Jorge Giacobbe, un analista de la opinión pública cercano al gobierno, midió en agosto 33,9% de imagen positiva contra 57,2% de negativa. El Observatorio de Psicología Social Aplicada de la UBA, 38 contra 62. Y aparece el número que define el clima: entre 61 y 62% declara que buscará una opción distinta en 2027. Esa erosión, sin embargo, no produjo todavía una alternativa consolidada. La misma encuesta de la UBA ubica al oficialismo primero con 34 puntos, frente a un peronismo dividido entre 21 y 15, y simula un balotaje empatado en 41 con Axel Kicillof. Un gobierno rechazado por dos tercios y competitivo al mismo tiempo no es una paradoja: es la condición exacta que produce un clima electoral prolongado. Hay demanda de cambio sin oferta que la absorba, y ese vacío adelanta la elección.

El clima social

El segundo eje explica por qué esa demanda es material y no anímica. El empleo registrado sumó 12.785.600 puestos en mayo, 110.000 menos que un año antes, con el trabajo asalariado en contracción durante doce meses consecutivos. Desde noviembre de 2023 el sector privado formal perdió 241.176 puestos.

Lo que crece es el monotributo: no es creación de empleo sino su sustitución por formas de menor protección. La informalidad trepó de 42 a 44,2% de los ocupados. Y el ingreso disponible de los hogares, el que queda tras pagar alquiler, servicios, transporte y medicamentos, retrocedió 6,9% interanual en junio y está 16,9% por debajo del promedio de 2023.

La inflación bajó y, aun así, el hogar promedio dispone de menos margen que en 2023. Ese margen se cubrió con deuda, y allí está el dato más elocuente del ciclo. La irregularidad de las financiaciones a las familias que releva el Banco Central llegó en junio al 12,8%, tras diecinueve meses consecutivos de suba; un año antes era 5,2%. En préstamos personales alcanzó 16,4%, mientras la mora hipotecaria permanece en 1,6%: no es un problema de patrimonio sino de flujo.

"Los méritos se hacen en la gestión y se sienten en la posibilidad de empleo, y en el ingreso que hoy no alcanza".

Casi seis millones de argentinos figuran hoy como deudores. La secuencia es simple: cuando el ingreso no alcanzó, los hogares financiaron consumo corriente con crédito; cuando el crédito se agotó, dejaron de pagarlo. Una porción sustantiva de la estabilización fue financiada por el endeudamiento de las familias, y ese límite no es ideológico sino aritmético. Quien destina su ingreso a cancelar una cuota vencida no percibe la desinflación como un logro, sino como una promesa que no llegó.

La campaña adelantada

El tercer eje es el comportamiento del sistema político, que reacciona a esos números antes que el electorado. El peronismo, que hace un año discutía su supervivencia, discute hoy su candidatura.

Kicillof aceleró en agosto un armado federal propio, con el seminario Peronismo por Peronistas en La Plata, donde estuvo el vicegobernador salteño Antonio Marocco. Sergio Massa mueve en paralelo su Peronismo Federal. Los gobernadores, entre ellos Gustavo Sáenz, reclaman una mesa donde las provincias pesen, y Cristina Kirchner busca alternativas a la candidatura bonaerense.

No hay conducción común ni método acordado para dirimir postulaciones, pero lo relevante no es quién gane esa interna: es que haya comenzado catorce meses antes. Ninguna señal es más precisa de que los propios actores descuentan que el oficialismo es vencible.

Por fuera de los partidos, el movimiento es paralelo. El empresario periodístico Daniel Hadad, consultado en televisión el 11 de agosto sobre una eventual candidatura, respondió que no lo sabía y que el tiempo lo diría.

Jorge Brito, presidente del Banco Macro, empezó a hablar de sectores perdedores y de reactivación del consumo en foros empresariales. Las mediciones les asignan volumen: una consultora ubica a Brito en doce puntos y un sondeo de julio atribuye 10,4% a un genérico espacio nuevo y diferente.

La discontinuidad

La aparición de outsiders nunca es un dato sobre ellos, sino sobre los partidos. Mide la porción del electorado que ya no espera que el sistema produzca su propia renovación. Milei fue exactamente eso en 2023, y que el fenómeno se repita en su mandato indica que el problema que lo llevó al poder sigue sin resolverse. Los tres ejes convergen en una constatación de ciclo. La última reelección presidencial argentina fue la de Cristina Fernández de Kirchner en 2011. Desde entonces ningún gobierno logró convencer con su gestión. Macri perdió en primera vuelta en 2019, Alberto Fernández ni siquiera intentó competir en 2023 y Milei transita hoy la misma pendiente. Doce años de mandatos de un solo término, con alternancias que no acumulan: cada gobierno gasta su capital político en los primeros dieciocho meses y administra el resto bajo la sombra de la elección siguiente. Una democracia puede tolerar la alternancia, que es su virtud; lo que no puede sostener es la discontinuidad, porque ninguna política pública seria madura en cuatro años.

De ahí la lección práctica, válida para el gobierno nacional y para cualquier administración provincial que se mire en este espejo. El Índice de Confianza no es destino: en 2010, a la misma altura del mandato, Cristina Fernández medía 1,82 puntos, por debajo de los 2,06 de Milei hoy, y un año después fue reelecta con el 54%. Lo que cambió no fue la campaña: fue el ingreso de los hogares.

La conclusión es incómoda para la lógica dominante de nuestra política, que reserva las correcciones para el año electoral y trata los meses previos como el momento de reparar lo que se dejó deteriorar. Es exactamente al revés. Las razones para ser reelecto se construyen en la gestión, y se construyen antes: en el empleo que hoy se pierde, en la cuota que hoy no se paga, en el ingreso que hoy no alcanza. Un gobierno que llega al año electoral a explicar por qué merece continuar ya perdió el argumento. Los que continúan no lo explican; lo muestran.

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