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El conflicto desencadenado por la decisión del presidente estadounidense Donald Trump de aumentar sideralmente los aranceles a los productos importados de Canadá es la controversia políticamente más relevante en los 250 años de historia común de dos países que comparten la frontera más extensa del mundo.
El "método Trump", descripto muy gráficamente en su clásico libro "El arte del acuerdo", publicado en 1987, cuando el magnate todavía estaba lejos de empezar su carrera política, concibe a las negociaciones exitosas como el resultado del ejercicio de una presión imposible de soportar por la contraparte y supone iniciar luego el diálogo exigiendo el cuádruple de lo que se pretende conseguir.
El problema es que, después de su éxito en Venezuela, esa estrategia ya es conocida por sus interlocutores, que actúan en consecuencia. Esto explica las dificultades experimentadas en las tratativas con Irán, en las que el régimen chiita aplica la misma fórmula que su rival, y lo que sucede con Brasil, donde el presidente Lula responde con el incremento de la confrontación hasta conseguir una pausa concertada en una extensa conversación telefónica con su colega estadounidense. Con un estilo bastante más edulcorado, el primer ministro canadiense, Mark Carney, en su discurso en enero en el Foro Económico de Davos, sostuvo que el orden económico internacional atravesaba "una ruptura, no una transición" y puntualizó que la soberanía de los países dependería cada vez más de su capacidad para "resistir la presión".
Consignó que las potencias medianas que negociaban de una manera individual con las superpotencias lo hacían desde una posición de debilidad y les advirtió que "si no estamos en la mesa, estamos en el menú". Añadió que "nuestro gobierno entendió antes que muchos que Estados Unidos transformaría todas sus relaciones comerciales" y acusó a la Casa Blanca de utilizar "la integración económica como un arma".
Carney puso un abrupto freno a las imposiciones de Washington cuando Trump intentó introducir en las conversaciones sobre los aranceles bilaterales una condición que habría limitado la capacidad de Canadá de firmar acuerdos comerciales con otros países y apuntaba a una drástica reducción de sus crecientes relaciones económicas con China.
Para el líder canadiense esa pretensión "era inaceptable" y representaba una "cuestión de soberanía". El jefe de gobierno de la Columbia Británica, David Eby, subrayó que aceptar esa cláusula habría reducido a Canadá "al equivalente económico del Estado 51", en directa alusión a la idea originaria de Trump de convertir al país vecino en el 51° estado de la Unión. Trump respondió que "Canadá vive gracias a Estados Unidos" y "quiere los beneficios de ser un estado sin serlo".
El contrapunto con Trump repercutió intensamente en la opinión pública canadiense, que tiene una profunda animadversión hacia el mandatario estadounidense. Trudeau, jefe del Partido Liberal, mejoró su imagen en la opinión pública, lo que obligó a morigerar las críticas de sus adversarios del Partido Conservador ante el serio peligro de quedar etiquetados como cómplices de las sanciones económicas.
El conflicto también gravita sensiblemente en la campaña que precede al referéndum independentista convocado para el 19 de octubre en Alberta, un estado fronterizo que produce el 80% del petróleo canadiense y otro 60% de su gas natural. Su territorio alberga grandes reservas de las llamadas "tierras raras", cada vez más demandadas internacionalmente. Sobre esas bases expandió su estructura productiva hacia la aviación, la industria alimentaria, el turismo y la alta tecnología.
Los secesionistas exaltan el triunfo del Brexit y sostienen que Alberta financia a Canadá sin recibir contraprestaciones equivalentes. Pero en este contexto la consulta popular se transformó en una cuestión nacional y los partidarios de la secesión, alentados por Washington, pierden terreno y temen que la consulta popular se transforme en un plebiscito anti-Trump.
Algo similar ocurre en Quebec, el baluarte del antiguo "Canadá francés", con una ancestral corriente independentista, donde el 5 de octubre habrá elecciones legislativas. En las encuestas el Partido Quebequense (PQ), de tendencia separatista, lleva una pequeña ventaja, pero hay una caída del apoyo a la secesión. Su líder, Paul St-Pierre Plamondon, se comprometió a no impulsar un referéndum mientras Trump sea presidente.
Stéphane Bédard, ex presidente del PQ, admitió que "lamentablemente, tendremos que aceptar la decisión de posponer el referéndum. Quebec es más fuerte que nunca, pero la injerencia externa de Trump ha generado mucha inseguridad, así que tenemos que ser realistas". Según un estudio de la consultora Angus Reid, apenas el 10% de los quebequenses tienen una opinión positiva del mandatario estadounidense.
El áspero tono de la controversia entre Carney y Trump hizo que el primer ministro canadiense aprovechara la eliminación de la versión francesa de las normas de intercambio comercial bilateral como una "amenaza contra el idioma y la cultura francesas", una acusación que Trump se apresuró en responder que "esta mentira fue inventada por un primer ministro débil e ineficaz en un intento por obtener el respaldo político de los habitantes de Quebec, un apoyo que ha perdido por completo".
Pero el litigio incide también en la campaña electoral para las cruciales elecciones legislativas del 3 de noviembre, en las que Trump juega la suerte de la segunda y última parte de su mandato. Las encuestas marcan una ventaja para los demócratas en la Cámara de Representantes y lo obligan a luchar denodadamente para mantener su pequeña mayoría en el Senado, cuya pérdida lo convertiría en un "pato rengo". Canadá es el primer socio comercial para 26 estados de la Unión y está en el "top 3" en 45 de los 50 estados. En Maine, la senadora republicana Susan Collins, que se postula para la reelección, señaló que las consecuencias del enfoque de Trump perjudican a empresas y consumidores estadounidenses. El asunto también enrareció el clima de la campaña en Ohio, Michigan, Alaska e Iowa, regiones en las que Canadá es un socio comercial importante. Los demócratas tratan de olvidar algunas viejas posturas proteccionistas para capitalizar la situación.
En Ohio el exsenador demócrata Sherrod Brown, un duro proteccionista respaldado por los sindicatos que busca desbancar al republicano John Husted, defiende una posición agresiva hacia un competidor estratégico como China, pero en cambio objeta la imposición de tarifas desiguales a naciones vecinas.
Lo paradójico es que la interdependencia económica entre los dos países es una de las más grandes del mundo. El comercio bilateral en bienes y servicios asciende a 879.000 millones de dólares. Cerca del 75% de las exportaciones de Canadá tienen como destino a Estados Unidos, lo que equivale un 17% de su producto bruto interno. El saldo comercial es favorable a Canadá por 48.000 millones de dólares. A la inversa, para Estados Unidos, Canadá es el segundo socio comercial, sólo detrás de México y un lugar antes que China.
La integración estructural no se refleja sólo en el comercio, sino en la producción conjunta mediante cadenas de suministro transfronterizas. El sector automotriz es un ejemplo de esa complementación: las piezas de automóviles cruzan la frontera varias veces antes de que el vehículo final esté terminado. Cualquier interrupción en los pasos fronterizos paraliza de inmediato las fábricas tanto en Ontario como en Michigan y Ohio.
Canadá es el mayor proveedor internacional de energía de Estados Unidos, a través de una red de más de un centenar de oleoductos y gasoductos. Provee además el 85% de las importaciones estadounidenses de electricidad. Los agricultores estadounidenses dependen de la potasa canadiense para fertilizantes.
Para completar este formidable entrecruzamiento entre las economías de los dos países, Estados Unidos es la principal fuente de inversión extranjera directa (IED) en Canadá, mientras que las corporaciones y fondos de inversión canadienses tienen radicadas gigantescas inversiones en la infraestructura, bienes raíces y finanzas estadounidenses.
Trump y Carney saben perfectamente entonces que la confrontación es una pulseada entre dos voluntades políticas contrapuestas a fin de determinar los términos de un acuerdo final. La evolución del escenario político interno de los dos países tendrá en definitiva la última palabra.