Existen mujeres en Salta, como en todas partes del mundo, que saben cuándo llegará la lluvia por el color del cielo, cuándo hay que sembrar por la humedad de la tierra y cuándo una helada puede llevarse, en apenas unas horas, el trabajo de meses. Son las mujeres del campo, las que se levantan antes de que amanezca y conocen, como nadie, el verdadero significado de ganarse el pan con el sudor de la frente.
En la provincias, esas historias se multiplican a lo largo de su extensa geografía. Están en los Valles Calchaquíes, donde las manos curtidas trabajan la tierra bajo el sol; en la Puna, donde el frío y la altura forman parte de la vida cotidiana; en las yungas, entre cultivos y caminos de montaña; y en el Chaco salteño, donde las mujeres de las comunidades originarias conservan conocimientos que pasan de generación en generación.
Este jueves 15 de octubre, el mundo conmemora el Día Internacional de las Mujeres Rurales, una fecha establecida por la Asamblea General de las Naciones Unidas en diciembre de 2007 y celebrada por primera vez en 2008. Su propósito es reconocer la contribución fundamental de estas mujeres al desarrollo agrícola, la seguridad alimentaria y la lucha contra la pobreza. Se trata de un trabajo silencioso que sostiene a muchos pueblos.
En los parajes más alejados de Salta, las mujeres desempeñan un papel fundamental en la organización de la vida familiar y comunitaria. Muchas combinan las tareas domésticas con la crianza de animales, el cultivo de alimentos, la elaboración de productos artesanales y la comercialización de aquello que producen. Son jornadas que comienzan temprano y que rara vez terminan cuando cae el sol.
Ese esfuerzo, sin embargo, no siempre recibe un reconocimiento económico equivalente. Por eso, Naciones Unidas advierte que las mujeres rurales continúan enfrentando mayores dificultades para acceder a la propiedad de la tierra, créditos, tecnología y mercados, al tiempo que asumen buena parte de las tareas de cuidado no remuneradas.
En una provincia como Salta, donde conviven realidades productivas y culturales muy distintas, reconocer ese trabajo significa comprender que en cada pequeño emprendimiento rural existe una posibilidad de arraigo y de independencia económica.
La preparación de alimentos tradicionales, las técnicas de tejido, el aprovechamiento de los recursos naturales, las semillas que se guardan para una próxima siembra y las recetas que pasan de abuelas a nietas forman parte de un patrimonio cultural que sigue vivo gracias a ellas.
En el norte, en los valles y los pueblos de montaña, como en la Quebrada del Toro, esos saberes son también una manera de resistir al olvido.
Si hay algo que enseña el campo salteño es que la tierra necesita trabajo, paciencia y esperanza, y de esas tres cosas, las mujeres rurales saben mucho.
Este 15 de octubre es una buena oportunidad para reconocer que, sin ellas, buena parte de nuestros pueblos perdería su fuerza, su memoria y sus raíces. Mientras haya una mujer dispuesta a sembrar, enseñar y cuidar su tierra, habrá también una historia salteña que merece seguir siendo contada.