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Año del Señor de 1972. La Argentina se debate entre convulsiones políticas donde las armas han reemplazado al diálogo. Ese mes de octubre va desperezando la primavera mientras en España, en Madrid, el otoño comienza a despojar de hojas a los árboles de la coqueta zona residencial de Puerta de Hierro, ubicada en el noroeste de Madrid, cercana al monte de El Pardo.
Un taxi me deja frente al Número 6 de la calle Navalmanzano. Allí vive Juan Domingo Perón, el hombre que lleva casi diecisiete años proscripto de la política argentina, aunque continúa ocupando la centralidad de sus conversaciones.
Me detengo a observar antes de llamar a la puerta y veo que la residencia no tiene la magnificencia de un palacio. Es un chalet rodeado de jardines, suficientemente discreto como para que resulte difícil imaginar que desde allí se siguen moviendo algunos de los hilos más importantes de la política argentina.
Llamo y me atiende un hombrecito de baja estatura, medio calvo, cuya cortesía no alcanza a disimular cierta actitud de vigilancia. Pregunta mi nombre, confirma la entrevista y me invita a esperar. Un momento después, desde el interior de la casa me llega una voz conocida que ordena:
—¡Lopecito, que pase el periodista!
El momento es altamente emotivo, vibrante diría: Un hombre alto, elegante, de gran presencia física y porte militar, cuya altura de un metro ochenta ocupa todo el espacio de la puerta que atraviesa. Viste traje oscuro y luce esa sonrisa que parece anticipar una respuesta antes de escuchar la pregunta. A sus pies, dos pequeños caniches disputan la atención del dueño de casa. ¡Es el general Perón! El hombre le hace una seña a "Lopecito" y le encarga que se lleve a Puchi y Canelita, los dos caniches que rasgan mis pantalones. El sirviente se inclina y recoge a los animales despareciendo de la escena.
Perón se arrellana en un sillón y me dice:
—¿De dónde viene usted, amigo?
—De Salta, General. Aunque, para ser exactos, vengo de bastante más lejos.
—¡Ah, Salta... uno de los baluartes más peronistas del país! Dice el General con un dejo de nostalgia.
—Bueno..., eso de "baluarte peronista" -le respondo-, fue en aquellos años, General. Ahora, en Salta, el peronismo es como una comedia de enredos. Pero ese no es el tema que me convoca a verlo.
Me observa con curiosidad. Lo entiendo, es complejo amalgamar dos tiempos históricos distintos.
—¿Y de qué quiere conversar?
—Del 17 de octubre, General. Pero no del de 1945.
—¿De cuál, entonces?
—Del de 2026.
La sonrisa se transforma en una mirada inquisitiva.
—¡Caramba! Viniendo del futuro, entonces tenemos mucho de qué hablar.
—Bien, amigo. Cuénteme primero una cosa: ¿cómo anda la Argentina?
—La Argentina sigue buscando su destino, General.
—¿Y el peronismo?
—Le diría que también. Ambos, el país y el peronismo han perdido el rumbo. Estamos desunidos y dominados.
Se acomoda en el sillón. Por primera vez, su sonrisa desaparece.
—Lo escucho.
—General, ¿se puede seguir siendo leal a Perón cuando se ha dejado de discutir lo que Perón pensaba?
Le alcanzo un ejemplar de El Tribuno fechado el 17 de octubre de 2026. Perón lo observa, levanta la mirada y pregunta:
—Dígame, Bisceglia, ¿todavía existe el peronismo?
—Y sí, General. Lo que no sé es si Usted lo reconocería. Incluso le diría más; el peronismo ya no existe, existen sí, los peronistas.
—Porque aquí veo que parece que el peronismo se redujo sólo a una misa y una reunión en la sede del Partido Justicialista. Parece que a esos dirigentes les está fallando la masa...
—Si, General... la masa encefálica.
El rostro de Perón se tensa en un rictus indescifrable que delata pensamientos encontrados en su interior.
—Mire, joven —dice con voz grave—. En mis clases de Conducción política enseñé que la lealtad debía ser recíproca: tanto de quien conduce hacia sus hombres como de quienes siguen a su conductor.
—Y ahí está el problema, General; en mi tiempo todos se proclaman peronistas. Pero discrepan sobre casi todo. ¿Quién tiene razón?
—Mire, Bisceglia, usted pretende que yo resuelva en una conversación lo que los dirigentes deben resolver mediante la organización y la discusión política. Una doctrina no es un catecismo para repetir de memoria. Es una orientación para actuar.
—Es que la cuestión sería qué ocurre cuando los dirigentes se declaran leales a Usted, pero interpretan sus ideas de maneras contradictorias. Y le digo más..., me pregunto si acaso la relación es recíproca, quiero decir, si son leales con el pueblo. Porque la lealtad deja de ser una cuestión de disciplina partidaria para convertirse en una responsabilidad política y social.
Perón se acomoda en el sillón, extrae un cigarrillo de un paquete de Saratoga -Estos me los envían desde Argentina-, dice y lo enciende. Sobre el escritorio descansa un cenicero de loza blanca. Da una pitada, me observa por encima del humo y expresa con aquella voz ligeramente cascada:
—Entonces habrá que examinar qué hacen, no solamente qué dicen. La lealtad no puede medirse por la cantidad de veces que se pronuncia un nombre.
—¿Incluso el suyo?
—Especialmente el mío.
—¿Y qué les preguntaría a los peronistas de 2026, General?
—Les preguntaría qué país quieren construir. Porque si solamente pueden explicarme a quiénes se oponen, todavía no me han explicado para qué quieren gobernar.
Perón hace un chasquido con los dedos y al punto aparece "Lopecito" portando una bandeja con dos pocillos de café.
Bebo un sorbo y continuo:
—General, usted formuló la idea de la Comunidad Organizada como uno de los fundamentos filosóficos de su pensamiento. ¿Es correcto afirmar que sin comunidad organizada no hay verdadero justicialismo?
—Mire, Bisceglia, veo que esos que se dicen "dirigentes peronistas" no han comprendido que la Comunidad Organizada es mucho más que un partido político. Es una concepción de la sociedad. El hombre no puede realizarse plenamente en una comunidad que no se realiza como tal, pero tampoco puede existir una comunidad justa que desconozca la dignidad del hombre.
—Entonces ¿Cómo hacemos, General, si en 2026 encontramos un peronismo dividido en sectores que disputan su conducción, sus símbolos y hasta la interpretación de su doctrina? ¿Qué queda de aquella organización que usted consideraba indispensable?
—No confunda usted la existencia de distintas opiniones con la ausencia de organización. La unidad no exige que todos piensen igual. Pero una organización necesita objetivos, procedimientos y responsabilidades compartidas y comunes. De lo contrario, corre el riesgo de convertirse en una reunión de voluntades circunstanciales. Allí aparecen los vivillos que invocan mi nombre pero terminan enriqueciéndose con el gobierno y defraudando a los trabajadores.
—Usted decía que la organización vence al tiempo. Pero, General, si sus herederos no consiguen organizarse, ¿qué es lo que vencerá al tiempo? ¿La doctrina o apenas el recuerdo de su fundador?
—Esa es una pregunta que deberían responder ellos, no yo. Una doctrina puede sobrevivir en los libros, en los discursos y en las conmemoraciones. Pero para intervenir en la realidad necesita hombres e instituciones capaces de traducirla en hechos.
—Entonces, General, llegamos a una contradicción. Cada 17 de octubre los peronistas celebran la lealtad. Pero ¿cómo se puede hablar de lealtad a un movimiento si no se consigue construir una organización común?
—Depende de qué entienda usted por lealtad. Si es obediencia personal, puede existir incluso sin doctrina. Si es fidelidad a un proyecto colectivo, exige algo más que adhesiones y declaraciones: exige compromisos y responsabilidades.
—¿Y podría existir lealtad sin organización?
—Podría existir como sentimiento. Lo que habría que preguntarse es cuánto puede realizar políticamente ese sentimiento sin una organización que lo sostenga. Personalmente, le digo sinceramente, pienso que sin una organización interna consolidada por un pensamiento común, sólo son facciosos que aspiran a dirigir un quiosco político. El problema del peronismo de su tiempo, Bisceglia, es que debe institucionarze para continuar existiendo sin "depender de Perón" ¿me comprende?
"La lealtad no puede medirse por la cantidad de veces que se pronuncia un nombre".
—General, Usted se preocupó por organizar el movimiento para que pudiera sobrevivirlo. Más de medio siglo después de su ausencia, ¿no es paradójico que muchos peronistas continúen buscando una figura providencial que los conduzca, en lugar de construir las instituciones que usted reclamaba?
—Bueno, precisamente, allí está el problema. Me pregunto ahora, para qué escribí tantas obras sobre filosofía política si ahora vengo a comprobar que estos dirigentes no han leído ninguna. En la "Comunidad organizada" se encuentran las bases de ese pensamiento político y social. Si tan sólo meditaran en sus páginas lograrían consolidar al Movimiento Justicialista. Esa idea común de organización social eliminaría a los "buscas", a los oportunistas y a esos capitostes que me invocan pero que de peronistas sólo tienen las palabras. Mire, la política es como el Evangelio, para salvarse no sólo necesita ideas sueltas sino hechos sociales concretos.
—Coincido General, pero ¿no cree, que usted mismo, con su liderazgo personal y su concepción vertical de la conducción, contribuyó a que el peronismo tuviera dificultades para aprender a vivir sin Perón?
—Probablemente tenga razón. Uno se da cuenta luego, con el tiempo de que los personalismos no contribuyen a una idea común en una organización. Porque tiene a los hombres leales y a los obsecuentes. Los hombres leales mueren de pie, como los árboles; los arrastrados se cuelgan de las ideas y las transforman en eslóganes, pero no los viven. Son los sofistas del peronismo, acomodan los ideales y la doctrina a la conveniencia electoral de ese momento. Allí anidan los traidores. Además -agrega- no confunda, conducción con personalismo. La conducción es una responsabilidad; el personalismo es una deformación. Yo pretendí organizar un movimiento, no fundar una religión alrededor de mi persona. Ahora bien, si usted me pregunta si cometí errores, naturalmente que los cometí. Pero una cosa es reconocerlos y otra atribuirme todas las equivocaciones de quienes vinieron después.
Advierto su cansancio y el disimulado disgusto de Perón al comprobar que su legado político se encuentra manoseado y desvirtuado. Apuro entonces el final, preguntándole:
—Finalmente, General, ¿Qué les diría a los peronistas del 2026 en este 17 de Octubre?
Medita unos minutos. Perón tiene el ceño fruncido. Enciende otro cigarrillo y dice: —Mire, se trata de hacer un verdadero ejercicio de pensamiento político. Pero si usted tiene dirigentes que no conocen de historia o de filosofía, entonces no pueden tener pensamiento alguno. Un líder no siempre es dueño de la verdad, como hombres, tenemos nuestras propias contradicciones. Pero le diré, quizás la mayor paradoja de la lealtad peronista sea que para ser verdaderamente leales a Perón, mis herederos deban aprender, finalmente, a organizarse sin Perón.
"La conducción es una responsabilidad; el personalismo es una deformación".
Le agradezco su tiempo, nos levantamos y sellamos el encuentro con un abrazo. Es un abrazo con la historia contemporánea de los argentinos. Pienso en otro abrazo que todavía no ha ocurrido en este tiempo, pero que yo conozco: el que Perón y Ricardo Balbín se darán semanas después, en la residencia de Gaspar Campos, como expresión de una reconciliación política largamente postergada y que los argentinos no supimos comprender.
Otro chasquido de sus dedos y aparece "Lopecito" a quien Perón le indica que me acompañe hasta la salida. El pequeño hombre, realiza una inclinación servil y me invita a seguirlo.
Reflexión final
Mientras atravieso el parque veo una lápida en medio del césped. Le pregunto a "Lopecito" de qué se trata y me refiere:
—El General tuvo un caniche que llamaba "Canela", que murió en 1966. Enterró el perro allí y eso es. Cuando paso por el lado, leo la inscripción en el mármol y dice: "Canela, el mejor y más fiel de los amigos".
Pienso entonces..., parece que Juan Domingo Perón, tenía claro que más lealtad encontraba en su caniche que en los "compañeros".-