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Nunca se pudo saber donde vivía este molestoso duende que antaño solía merodear por la plaza 9 de julio, y aunque muchos lugareños sospechaban donde se escondía, nunca nadie pudo saber el verdadero "caidero" de este "Pitijaya" . Algunos decían que desde hacía muchísimo tiempo vivía en lo alto de algunas de las palmeras, cobijado bajo las palmas secas, pero esa creencia duró hasta que alguien recordó que sus travesuras habían comenzado mucho antes que las palmas se hubiesen plantado en la plaza, a fines del siglo XIX. Otros decían que este duende, luego transformado en callejero o placero, bien podría haber sido "antañamente" inquilino del Cabildo, pero cuando este caserón quedó abandonado se tomó las de Villadiego. Finalmente, una gran mayoría estaba convencida que había vivido en la exiglesia de los Jesuitas, templo que también por mucho tiempo estuvo abandonado, luego que la Orden fuese expulsada de América, allá por 1767.
Esta tesis causó mucha polémica pues había quienes sostenían que mal podría haber sido ocupado un lugar sagrado por un duende. De todos modos y como es sabido, ninguna de estas teorías pudieron ser constatadas aunque la verdad es que los salteños de antaño sufrieron hartas perrerías por parte de este duende que en algún momento y vaya a saber por qué razones, abandonó su hogar y se hizo callejero. Y así fue que muchas de sus canalladas fueron tan resonantes que algunas llegaron hasta nuestros días y de las cuales, hoy nos ocuparemos de recordar. Por ejemplo, las travesuras que les hacía a los cocheros, a los leñateros, a los organizadores de fechas patrias y sus "hechurias" con las campanas de los templos y del cabildo que solo se tocaban en circunstancias muy especiales.
Es sabido que por aquellos lejanos tiempos, el llamado duende de la plaza mayor siempre les tuvo ojeriza a los cocheros. Nunca se pudo saber la razón pero era obvio que a esos laboriosos hombres del pescante los tenía entre ceja y ceja y cualquier pretexto le venía bien para hacerles increíbles canalladas. Por ejemplo, perseguía con gran afán a los que se les daba por mezclar trabajo con libación y en cuanto los veía ingresar a algún bodegón, de seguro que alguna maldad les hacía. A veces les robaba los coches que luego dejaba botados en las afueras de la ciudad; otras, intercambiaba los caballos atándolos en coches ajenos, de manera que cuando el auriga salía hecho carne de tanto tomar y se dejaba llevar por el caballo, de improviso amanecía a las puertas de la casa de otro cochero. Otra perrada era robarles los caballos cuando al final de la jornada sus dueños dejaban al animal en un campito a pastar. De ahí, a deshora de la noche y lazo en mano se los llevaba a tiro hasta algún edificio importante del centro. Ahí ataba a los pobres matungos en las puertas mismas del hotel más lujoso que tenía por entonces nuestra ciudad o también en la recova del club más distinguido que por cierto, no era el Club 20 de Junio.
Leñateros
Quizá, desde la fundación de la ciudad y hasta casi mediados del siglo XX, todas las mañanas bajaban del portezuelo los leñateros con sus burros cargueros. Los animalitos llegaban con atados de leña que su amo vendía a domicilio, las más de las veces por encargo. Y así como las patronas o sus empleadas encargaban a las marchantas frutas y verduras, a los leñateros les pedían leña de la fina, mediana o gruesa, según sea para la patilla de la cocina, la estufa o el horno. Y justamente, una las travesuras preferidas del incordio que nos ocupa, era hacer atacar a los burros por enjambres de tábanos cuando se encontraban de reparto casa por casa. Y cuando ocurrían estos ataques, de improviso y de solo estar, los burros parecían volverse locos; de golpe comenzaban a bellaquear como si el mismo diablo los hubiese montado; pateaban a diestra y siniestra y, retorciéndose por los aires como si fuesen eximios contorsionistas, iban por las calles sembrando leña hasta que finalmente huían despavoridos hasta alcanzar sus querencias, al otro lado del San Bernardo. Pero además del desparramo de leña, el problema de los leñeros era que después de estos ataques se quedaban sin asnos para cumplir con el reparto, pues resultaba harto difícil convencer a los burros -animales de muy buena memoria-, que volviesen al lugar donde habían sido aporreados por los sanguinarios insectos. Era tanto el temor que se agarraban, que ni siquiera en sus corrales se dejaban cargar una mísera leñita en el lomo. Y para que ello no ocurriese, se tiraban panza arriba, sin que haya fuerza humana que los pudiese sacar de esa posición y pararlos sobre sus cuatro patas. Eran capaces de estar horas tirados patas para arriba con tal de no vérselas con los tábanos de la ciudad.
Según decían, el duende de la plaza no los quería a los burros porque cuando estos se retiraban dejaban las calles y la plaza hecha una inmundicia y con una insoportable hedentina, que como se sabe, el duende no soportaba.
Actos patrios
Otras de las canalladas resonantes de este duende, fue la que ocurrió en la madrugada de una fiesta patria, a fines del siglo XIX. Por entonces, la Guardia Nacional instalaba en vísperas de las festividades, cañones frente al Cabildo, piezas que al alba del día siguiente disparaban la tradicional salva de 21 cañonazos. Para eso, las armas se alistaban colocando en cada una de ellas una buena carga de pólvora pero en lugar de municionarlas le colocaban por el caño ceñidos tacos de pasto. De esta forma, todo quedaba listo para que no bien amanezca se lleve a cabo la tradicional metralla que anunciaba el nuevo día patrio. Pero ¿qué ocurrió aquella noche? El duende salió de su escondite y cuando toda la población dormía, enfiló para el lado de los cañones y acercándose a uno, con su mano de "fierro" encendió la mecha del arma produciendo en ese instante una explosión de tal magnitud que temblaron hasta los cimientos del cerro San Bernardo. Y por supuesto, semejante detonación en medio de la noche hizo que los salteños se despertaran aterrados mientras algunos mal dormidos gritaban a todo pulmón: ¡Son los Varela! ¡Los Varela! ... en tanto desde las alturas se escuchaban las risotadas del sabandija que por difusas nunca podían ser localizadas.
Campanero
Otra de las cosas que el duende usaba para molestar a la gente era travesear las campanas. Las hacía sonar a cualquier hora y como por entonces estos instrumentos servían también para transmitir noticias, el infeliz se conocía el código campanero al dedillo. Sabía dar la hora, anunciar agonías, duelos, incendios, invasiones, entierros, reuniones cívicas, en fin, él tenía a mano un variado menú para molestar con campanazos intempestivos. Lo más doloroso era cuando luego de anunciarse con tañidos el estado de agonía de alguien, el maldito de inmediato se instalaba en el campanario y se le daba por tocar a duelo causando como es de imaginar, dolorosas confusiones entre los vecinos que ante tan mala noticia, presurosos acudían a la casa del difunto, cargando calas adquiridas en la recordada florería "Paradis des fleurs", en la calle del Comercio (Caseros).
Y así siguió dañineando hasta que a nuestra ciudad llegó el tranvía, un "machinato" que lo fascinó de tal forma que una noche en su culata se fue hasta el río Arias, donde luego de apearse se perdió en la oscuridad. Desde entonces y por mucho tiempo no se lo volvió a ver.