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Año del Señor de 1862. La tarde es apacible en los campos entrerrianos, como si el clima pretendiera adherir a una calma aparente tras la estela de Pavón; una tregua silenciosa que presagia, sin embargo, tiempos aún más violentos por venir.
Cruzar los portones del Palacio San José es adentrarse en un oasis de ostentación en medio del monte nativo. El aire huele a jazmines y a tierra húmeda. En los patios interiores, el susurro de las fuentes de mármol de Carrara y el eco distante de la pavorrealera atenúan la aridez de la política porteña. Todo en la residencia refleja la estatura de su dueño: los espejos venecianos de los salones, los frescos de Juan Manuel Blanes inmortalizando sus victorias en los cielos rasos, y el pulcro orden militar con el que la guardia custodia cada galería.
Tras unos minutos de espera en la antesala, una puerta de cedro se abre. Aparece la figura imponente del General. Viste con sobriedad pero con la firmeza de quien sigue mandando sobre miles de lanzas: mirada penetrante, patillas canosas y un andar pausado pero decidido. Sin rodeos protocolares, con la serenidad de quien se sabe dueño y señor de estas tierras. Urquiza, conserva el poder mientras el proyecto nacional que encabezaba se desmorona.
Me hace un gesto para ponernos en marcha.
—Caminemos afuera -dice con voz grave-. El aire del patio despeja las ideas mejor que las paredes del palacio.
Nos internamos por los senderos arbolados hacia los jardines traseros, dejando atrás el murmullo de la peonada. Es el momento de romper el silencio.
Me indaga con la mirada, sabe que la pregunta es obligada e inevitable:
General... ¿Por qué se retiró en Pavón?
Urquiza se detiene un instante, apoya las manos sobre la empuñadura de su bastón y clava la mirada en el horizonte antes de responder con voz seca y pausada:
¿Usted, señor, viene a entrevistarme o a juzgarme?
No lo sé, General. Para eso he venido.
El entrerriano retoma la caminata y dice:
-¿Retirada, dice usted? Los hombres de pluma en Buenos Aires aman hablar de retirada. Lo que no entienden es que en Pavón yo no fui derrotado por las armas de Mitre; fui yo quien decidió no regar más de sangre criolla esta tierra para alimentar el egoísmo de unos pocos.
(Reanuda el paso lentamente sobre la gravilla del sendero)
—Mire a su alrededor. Yo le di a este país una Constitución en 1853. Organicé la Confederación, levanté escuelas, abrí los ríos al comercio del mundo y mantuve a raya la anarquía. ¿Y qué recibí de Paraná y de las provincias? Intrigas, desconfianza, cartas a mis espaldas. Y de Buenos Aires, el odio intransigente de una elite que no acepta que el país no termine en el puerto.
En Pavón, mi caballería entrerriana tenía a Mitre acorralado. La victoria militar era nuestra. Pero al caer la tarde, mientras veía la masacre en los campos de Santa Fe, me hice una sola pregunta: ¿Para qué? ¿Para volver a aplastar a Buenos Aires y tener que ocuparla a la fuerza por quinta vez? ¿Para que los míos en Paraná sigan conspirando mientras los soldados entrerrianos dejan la vida en el barro?
Entendí que la guerra civil se había convertido en un negocio sin fin. Si yo destruía al ejército de Mitre esa tarde, la sangría no iba a terminar nunca. Preferí replegar mis tropas enteras, intactas, a mi provincia. Le dejé la responsabilidad del país a Mitre. A ver si gobernar la Nación es tan fácil como escribir artículos periodísticos en El Nacional.
Las palmeras se recortan contra el cielo del atardecer. Es el momento de tocar una fibra sensible, entonces le pregunto:
General... usted habla de las intrigas y del cansancio con la política, pero antes de Pavón la Confederación tenía un Presidente constitucional elegido bajo su propia sombra: Santiago Derqui. Sin embargo, era un secreto a voces la desconfianza mutua y la ruptura entre ustedes dos durante la campaña. ¿Qué papel jugó Derqui en su decisión de abandonar la lucha y qué opina hoy de su caída?
Urquiza se detiene de golpe. Levanta la cabeza y sus ojos oscuros chispean con una mezcla de indignación y desprecio. Golpea levemente el suelo con el regatón de su bastón antes de hablar.
—¡Derqui! -exclama con un bufido seco, retomando luego un tono bajo pero incisivo-. Usted lo ha dicho: un hombre que llegó a la presidencia en Paraná gracias a mi prestigio y al respaldo de mis victorias, y que apenas se sintió en el sillón presidencial pensó que podía gobernar jugando a la intriga corta contra el hombre que le dio todo.
El General vuelve a caminar, cruzando los brazos a la espalda, con voz serena pero tajante, agrega:
—Santiago Derqui cometió el peor error que puede cometer un político: creer que se puede ser neutral en una guerra de principios. Mientras yo preparaba al ejército en Entre Ríos para defender la Constitución, él desde Paraná me enviaba cartas llenas de halagos, mientras por lo bajo negociaba con los porteños y buscaba armar un partido propio para debilitar mi influencia en las provincias. Quería usar mi fuerza militar como un garrote para sus ambiciones, pero al mismo tiempo le aterrorizaba que yo saliera victorioso de nuevo.
Ernesto Bisceglia inaugura una serie dominical de entrevistas imaginarias con personajes históricos.
En la víspera de Pavón, el gobierno de Paraná no enviaba los fondos para la tropa, interceptaba pertrechos y alimentaba la desconfianza entre los oficiales. Yo estaba en el campo de batalla peleando no solo contra el ejército de Buenos Aires enfrente, sino contra la traición y la mezquindad a mi espalda. ¿Cómo íbamos a edificar una Nación firme con un Presidente que conspiraba contra su propio General en jefe?
Cuando decidí replegarme a Entre Ríos, Derqui creyó que podía sostenerse solo. ¿Y qué pasó? Apenas mi caballería cruzó el Paraná de regreso, el gobierno de la Confederación se desintegró como un castillo de naipes en el viento. Derqui huyó a Montevideo en un buque británico, como lo que siempre fue: un hombre pequeño para un tiempo de gigantes. Yo no derrumbé su gobierno; se cayó solo por el peso de su propia incapacidad.
Yo ya le di a la patria sus mejores años y su organización constitucional. Ahora, si Buenos Aires quiere gobernar, que lo haga... pero que no pretenda pisar Entre Ríos. Aquí mandan los entrerrianos.
Mi pregunta es incisiva y filosa:
- General, Usted afirma haberse retirado para evitar más derramamiento de sangre; pero ¿No hubo en esa decisión la influencia de José Roque Pérez que hizo valer el pacto de hermandad de aquella Tenida de la Unidad Nacional de julio de 1860, donde participó con Mitre y Derqui? ¿Acaso los grados masónicos influenciaron su decisión?
Urquiza frena el paso de manera intempestiva. El silencio que se apodera del jardín por unos segundos se vuelve espeso, casi ahogante, roto únicamente por el graznido distante de las aves. El General gira lentamente sobre sus talones. Su mirada, severa y dura, penetra con la frialdad de quien está acostumbrado a que nadie en esta provincia le pida cuentas.
—Veo que los murmullos de los talleres y las tertulias de Buenos Aires se han mantenido más allá de los tiempos -dice en un tono grave, casi en un susurro cargado de amenaza, mientras apoya ambas manos sobre el puño de oro de su bastón-. Hablar de las actividades del Taller y de los trabajos bajo la escuadra y el compás ante los profanos suele llevar a especulaciones fantásticas de quienes no entienden el verdadero peso del deber.
Se acomoda el saco con un gesto pausado y retoma la marcha, aunque sus pasos son ahora más cortos, calculados.
—José Roque Pérez es un hombre de bien, un verdadero Querido Hermano que buscaba, como todos los masones de buena voluntad en esa Tenida de 1860, la concordia de la patria y la fraternidad de la Gran Familia Argentina. Que los masones hayamos buscado en la logia la paz que los políticos no podían garantizar en el Congreso no es un secreto ni un delito: es un acto de alta masonería y de patriotismo.
Pero no se equivoque usted, ni permita que otros se equivoquen. Ningún grado, ningún juramento interpuesto en el Templo, por sublime que sea, puede sobreponerse a mi responsabilidad sagrada como General en Jefe y como protector del pueblo entrerriano. Quienes sugieren que cedí la victoria de Pavón únicamente por una consigna del Gran Oriente ignoran la realidad de las cosas.
Se detiene junto a un rosal, corta una hoja seca con los dedos y la deja caer al suelo.
—Pérez vino a traerme razones de Estado y a apelarme en nombre del bien general. La masonería aportó el canal de confianza, el lenguaje común que la política salvaje ha destruido. Nos permitió a Mitre, a Derqui y a mí mirarnos a los ojos como Hermanos y no como enemigos a muerte. Pero mi decisión en el campo de batalla no fue una sumisión a un mandato de logia; fue el juicio de un hombre maduro que entendió que la victoria militar esa tarde significaba la ruina moral e institucional de la República.
Si la fraternidad masónica sirvió para evitar que Mitre fuera pasado a cuchillo y que Buenos Aires fuera saqueada por quinta vez, bienvenida sea. Pero la orden final de ensillar y marchar de regreso al Uruguay la di yo, Justo José de Urquiza, en el ejercicio absoluto de mi libertad y de mi conciencia.
- Dígame, General, finalmente. ¿Si hubiera triunfado en Pavón, hubieramos tenido un país realmente federal sin que las provincias continúen sometidas a los caprichos de Buenos Aires?
(El General Urquiza detiene su marcha definitivamente frente a una de las fuentes del jardín central. El agua cae con un murmullo constante y monótono. Mira el agua correr, suspira profundamente y, tras un prolongado silencio en el que parece sopesar el peso exacto de la historia y de su propia leyenda, vuelve los ojos hacia usted, con una mezcla de amargura y profunda convicción).
—Esa es la pregunta que me hacen los muertos de mi ejército, muchacho. Esa misma pregunta me la hago yo todas las noches en el despacho de San José.
(Da un paso al frente, apoyando con fuerza el bastón en el suelo).
—Si yo hubiera aplastado por completo a Mitre en Pavón... si no hubiese detenido el avance de mis lanceros, la historia habría tenido otro rumbo, sí. Buenos Aires habría tenido que doblegarse no a mis caprichos, sino a la letra y al espíritu de la Constitución de 1853 que juramos cumplir. El país no se habría construido de rodillas frente a la aduana porteña, ni la riqueza de las provincias habría sido tributaria perpetua de un puerto que se cree dueño de la Nación.
(Su voz adquiere un matiz más áspero, reflejando el desencanto con el centralismo que sobrevive a su repliegue).
—Pero no nos engañemos. Un país no se hace solo a sablazos. Si yo destruía a Mitre y ocupaba Buenos Aires por las armas, habríamos tenido una paz de cementerio. Los porteños se habrían replegado al rencor, esperando la primera revuelta para volver a encender el fuego. El verdadero federalismo, el que yo quise construir desde Paraná, no se impone con un ejército de ocupación: se forja con el ejemplo de las autonomías vivas, con ferrocarriles que unan el interior y con ríos abiertos al mundo entero sin pasar la venia por la Recova.
(El General esboza una sonrisa melancólica, da media vuelta y comienza a emprender el regreso hacia el edificio principal del palacio, marcando el final de la caminata).
—Hoy Mitre gobierna desde la Casa de Rosas, y cree que ha ganado la partida definitiva. Deja que ensayen su unitarismo disfrazado de ley. Entre Ríos sigue aquí, pujante, libre, dueña de su destino y de su hacienda. El tiempo dirá si la República que soñamos era un capricho de caudillos o una necesidad inevitable. Pero sepa una cosa: mientras este Palacio de San José mantenga encendida su luz, el verdadero espíritu federal de la Patria no habrá muerto.
(Se detiene en la puerta de cedro, se quita levemente la gorra en señal de despedida, y deja que el silencio del atardecer entrerriano selle la entrevista).