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DOCUMENTAL: Los secretos del cerro San Bernardo: mitos, fe y la insólita historia del "ahorcado" de la cruz

En el estreno de "Salta: la historia detrás de lo que vemos", el periodista y escritor Ernesto Bisceglia desentraña las leyendas, el origen del nombre del cerro, la odisea de subir el Cristo de dos toneladas y la picante picardía comercial que conmocionó a la Salta de 1910.
Domingo, 04 de octubre de 2026 22:36

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Para cualquier salteño, el cerro San Bernardo no es solo una elevación geográfica de casi 1.500 metros sobre el nivel del mar: es una brújula identitaria. Antaño, cuando la capital terminaba apenas unas cuadras más allá del actual Parque San Martín, el mandato de los mayores a los niños que salían a hacer un mandado era tajante: "Si te perdés, mirá al cerro".

Con esa premisa íntima y popular arranca "Salta: la historia detrás de lo que vemos", el nuevo ciclo de documentales de El Tribuno conducido por el periodista e historiador Ernesto Bisceglia, que en su primer episodio se sumerge en las entrañas, las crónicas y los mitos del mirador natural más emblemático de la ciudad.

El porqué del nombre: 


El bautismo del cerro hunde sus raíces en la época fundacional de 1582. Tras las pautas urbanísticas dictadas por Felipe II para fundar ciudades «a cordel» —razón por la cual la cuadrícula del centro se aprecia perfecta desde la cumbre—, dos órdenes religiosas moldearon la toponimia local: los franciscanos y los jesuitas.

Fueron estos últimos quienes levantaron la primitiva ermita donde hoy se emplaza el Convento San Bernardo, marcando el límite este urbano frente al antiguo Canal del Este. La advocación honraba a San Bernardo de Claraval, doctor de la Iglesia conocido como el Doctor Melifluo por la dulzura de su palabra, atributo simbolizado litúrgicamente con un panal de abejas.

La imaginería popular, sin embargo, adaptó el símbolo a las vicisitudes del valle: una leyenda cuenta que durante un ataque diaguita-calchaquí, un hombre vestido de blanco blandió dicho panal liberando un enjambre de avispas furiosas que dispersó a los guerreros, ganándose la devoción perpetua de los primeros vecinos.

El cerro como cantera y "pizarrón"


A lo largo de los siglos, el cerro fue mucho más que paisaje:

Cantera urbana: De sus laderas se extrajeron piedras fundamentales para las construcciones coloniales y tierra fértil que carreros vendían casa por casa para las plantas del centro.

Pizarrón a cielo abierto: Décadas atrás, su cara visible fue soporte de enormes siluetas marianas, la tradicional estrella de Belén encendida en Navidad e incluso gigantografías de propaganda política armadas con piedras encaladas que podían leerse desde Plaza 9 de Julio.

Las dos toneladas del Cristo


Custodiando la cima a 1.495 metros, el Cristo Redentor encierra un periplo titánico. Hacia 1890, el papa León XIII dispuso la confección de una serie de Cristos para consagrar el cambio del siglo XIX al XX y enviarlos a puntos estratégicos del mundo para implorar por la paz. Salta recibió uno de ellos (con una imagen gemela erigida en la cúspide de San Francisco en Jujuy).

Fundido en una aleación de bronce, cobre y hierro —probablemente en Trieste—, llegó desarmado en cajones al país hacia el 1900. Pesa dos toneladas. Sin caminos trazados ni maquinaria moderna, la subida a lomo de esfuerzo humano y tracción a sangre fue una verdadera proeza de devoción.

Sobre la figura pesa además una singular anécdota policial de hace un siglo: alertados desde abajo al divisar una silueta con una escalera apoyada en la estatua, policías y vecinos subieron de urgencia para descubrir a un hombre intentando cortar uno de los brazos con una sierra para vender el metal. Si bien algunos atribuyen las marcas visibles en la estructura a las juntas del ensamblaje original, la historia del «robo frustrado» quedó grabada en el anecdotario salteño.

La cruz de quebracho

 


Dado que el Cristo del Papa demoraba en arribar para el cambio de siglo, el obispo Matías Linares y Sanzetenea resolvió que la ciudad no podía recibir el año 1900 sin un hito de consagración. Encomendó entonces al carpintero Andrés Soraire una monumental cruz de quebracho de entre 300 y 400 kilos, rematada por una chapa de herrería con la leyenda en latín: «Cristo reina, impera y vive».

La cruz fue izada y bendecida el 3 de mayo de 1901, fecha que dio nacimiento a la multitudinaria Fiesta de la Cruz, una tradición hoy prácticamente extinta:

«Era casi un feriado popular. Familias enteras de los barrios más lejanos llegaban caminando, cargando parrillas y empanadas. Desde abajo se divisaban las columnas de humo saliendo del follaje: eran los asados en pleno monte. Subían rezando el rosario, cumpliendo promesas, y la jornada terminaba en una verdadera fiesta criolla donde convivían la devoción y el folklore», rememora Bisceglia.

El misterio del "ahorcado":


Entre las crónicas más desopilantes que rescató en su momento César Fermín Perdiguero figura la ocurrida alrededor de 1910. En una mañana despejada, el fraile que subió a tocar las campanas de San Francisco miró por el ojo de buey del campanario hacia el cerro y pegó el grito: un hombre colgaba sin vida de uno de los maderos de la cruz.

La noticia corrió como pólvora en la pequeña aldea y una comisión judicial y policial trepó a toda prisa por la cuesta tupida. Al llegar a la cúspide, el espanto mutó en asombro: el «suicida» era un muñeco de lona relleno de paja a escala real. En el pecho llevaba una carta dirigida a las autoridades:

"Señor Juez: no se culpe a nadie de mi muerte. He tomado esta drástica decisión porque no he podido comprar en la feria de la Cooperativa del Norte".

La macabra puesta en escena había sido obra de Carlos Pagliari, dueño de un concurrido almacén de ramos generales de la época, quien tras una noche de copas pagó unos pesos a conocidos para montar la broma en la cruz. Sin saberlo, don Pagliari acababa de rubricar en los faldeos del cerro uno de los antecedentes más audaces e insólitos de la publicidad en la historia de Salta.

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