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A las nueve de la mañana de ayer, Socorro Gutiérrez —"Coky", 54 años— ya estaba en la ciudad de Salta. Había tomado un té apurado antes de salir de General Güemes, sin saber a qué hora volvería a comer. Recién al mediodía estaba por ingresar a la sala de diálisis. Le esperaban cuatro horas conectada a la máquina. Después, el regreso a casa.
"En total son como nueve horas cada vez", dice, con naturalidad. Lo repite como quien ya hizo el cálculo demasiadas veces. Nueve horas fuera de su casa. Tres veces por semana. Todas las semanas.
Hace un año y medio que se dializa. Sus riñones dejaron de funcionar y está en lista de espera para un trasplante. Mientras tanto, depende de una máquina para vivir.
Hasta hace días, su rutina era otra. En la localidad de Güemes, el centro Cedicla SRL funcionó durante 28 años. Ella tardaba "diez, quince minutos" en llegar desde su trabajo. Entraba al turno de la una de la tarde y a las cuatro y media o cinco ya estaba en su casa.
"Nosotros no salimos bien de la diálisis. Nos debilita mucho", explica. "Pero allá llegaba y ya podía descansar".
Ahora el descanso queda lejos. Desde el cierre del centro privado, Coky, al igual que otros ocho pacientes que se atendían allí fueron derivados a la Capital. Eso implica entre 55 y 60 kilómetros de ida y luego de vuelta. Es decir, casi 120 kilómetros por día de tratamiento.
"Tengo que salir hora y media o dos antes, y para volverme lo mismo. Cuatro horas conectada a la máquina y después esperar que nos busquen. Hoy vinimos a las nueve y entramos a las 12. Vamos a estar hasta las seis", cuenta.
No es sólo una cuestión de tiempo. Es el cuerpo. "Uno no sale bien de acá", insiste. "Hay gente que está peor que yo, más grande. Imaginate viajar así, tres veces por semana".
Tres veces por semana, cuatro horas cada vez. La hemodiálisis no es un turno médico más. Es un procedimiento invasivo que reemplaza la función renal cuando los riñones ya no filtran toxinas ni líquidos. Son cuatro horas conectados a un "riñón artificial". Tres veces por semana. Sin interrupciones.
María Landivisnay, trasplantada renal y referente de la Comisión de Trasplantados de General Güemes, lo explica desde la experiencia: "Perdés todo el día. Si te dializás al mediodía, ya casi no comés. Salís agotada. Y ahora sumale el viaje de ida y de vuelta".
En su localidad eran nueve pacientes activos. Todos adultos. Varios con patologías asociadas como diabetes o hipertensión. Todos en lista de espera para un trasplante.
Una lista que crece
Según datos del Instituto Nacional Central Único Coordinador de Ablación e Implante (INCUCAI), en Salta hay 325 personas registradas que esperan un trasplante de órgano o tejido.
De ellas, 269 aguardan un órgano. Y dentro de ese grupo, 242 esperan un riñón. Además, hay 574 pacientes en proceso de inscripción como potenciales receptores en la provincia. El 74,5% espera un trasplante renal.
La mayoría, como Coky, atraviesa la etapa de hemodiálisis mientras aguarda la compatibilidad que puede cambiarles la vida.
En el Hospital Arturo Oñativia —referente provincial en patologías renales— durante el primer bimestre de 2026 se realizaron tres trasplantes renales con donante cadavérico. Dos de esos pacientes dejaron de asistir al centro de diálisis del hospital.
El trasplante es la última instancia de la enfermedad renal crónica. Hasta que llega, la vida se organiza en torno a la máquina.
Promesa pendiente
En julio de 2025, el ministro de Salud Pública, Federico Mangione, recorrió el hospital Joaquín Castellanos de General Güemes y anunció la habilitación de un centro público de diálisis y oncología. "No puede ser que un paciente con una enfermedad renal crónica avanzada tenga que viajar tantos kilómetros, tres veces por semana, para recibir diálisis", había declarado entonces, al definir el espacio físico donde funcionaría el servicio.
A casi ocho meses de aquel anuncio, el centro no se concretó. "Que cumpla su palabra. Si dijeron que lo iban a abrir, que lo activen", reclamó Landivisnay. "Para evitar esto, que dependamos de un privado que si no le pagan cierra y el paciente queda a la deriva". Por el cierre de Cedicla, cinco enfermeros, dos mucamas y una administrativa quedaron sin su fuente laboral. Varios tienen entre 10 y 18 años de antigüedad.