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Rodolfo Aredes y los 70 años de Pepito: "No es un muñeco, es alguien que vive"

Un ícono de la cultura popular salteña que marcó generaciones.
Viernes, 17 de abril de 2026 01:28
Rodolfo Aredes y Pepito, un vínculo que trascendió el escenario y marcó generaciones.
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Hoy el muñeco Pepito cumple 70 años y no es solo un aniversario: es la celebración de un personaje entrañable que marcó generaciones y se volvió parte de la identidad cultural de Salta.

En cada función, en cada risa, Pepito no solo entretuvo: construyó un lazo invisible con el público que lo convirtió en un símbolo vivo del arte popular salteño. Su creador, Rodolfo Aredes, repasa una historia atravesada por la emoción, el oficio y un vínculo único que, asegura, trasciende el escenario: "no es un muñeco, es alguien que vive".

A lo largo de décadas, su humor acompañó a familias enteras, cruzó escenarios y resistió el paso del tiempo .

Pepito cumple 70 años, ¿qué siente al mirar hacia atrás y ver todo lo que construyeron juntos?

Yo me encontré con Pepito gracias al sueño de un viejo carpintero, un ebanista, un imaginero de esos que trabajaban con sus manos la madera para hacer imágenes sacras. Se llamaba don Abraham. Cuando me conoció en el puerto del Callao, en Perú, me invitó a su casa para almorzar y contarme su deseo: que una obra de él pudiera hablar. Me mostró su carpintería, la madera con la que lo iba a hacer y me contó la historia de ese pedazo de palo. Era un resto que su abuelo le había dado a su padre para hacerle un juguete cuando era niño, pero nunca se concretó. Ese pedazo quedó como un recuerdo y fue con esa madera que después nació Pepito. Yo me tuve que ir antes de que lo terminara, porque demoraba unos 90 días y el parque de diversiones en el que yo trabajaba Garden Park no se quedaba más de 15 días en cada lugar. Cuando regresé unos meses después, él había fallecido. Lo encontraron en su taller, con el muñeco sobre el banco. Ahí empezó otra historia: casi una lucha con su hija para que me lo entregara. Ella creía que yo había encargado ese trabajo a su padre, no sabía que era voluntad de él regalarmelo y también pensaba que él había muerto por hacer el personaje. Pensaba que Dios no quería que esa obra "mundana" llegara a mis manos, porque ellos hacían santos, entonces me fui a Lima a buscar trabajo pero el destino hizo lo suyo. Un señor representante de circos necesitaba un humorista para un espectáculo de aniversario de un club y ahí estaba la hija del carpintero como parte de la comisión. Yo tenía 14 años. Tanto yo, como la gente del club le pedimos le dijimos que respetábamos a su padre y que me preste el personaje para cumplir el sueño de él: hacerlo hablar. Ella le hizo la ropita y esa noche me lo prestó. Y cuando Pepito habló por primera vez y ella lo escuchó, se desmayó. Yo no la vi, quise disculparme. Yo tenia un personaje nuevo y no tenía libreto. Entonces le pregunté a él cómo se llamaba y él me dijo Pepito. Después supe por qué le había impactado así a ella: había tenido un hermanito que se llamaba Pepito y había muerto de chico. Yo no sabía nada. Entonces ella sintió que era su padre hablando. Desde ese día, el 17 de abril de 1956, no nos separamos más con Pepito.

¿Imaginó alguna vez que ese muñeco nacido en Perú se convertiría en un ícono de la cultura salteña?

No, nunca. Y hay algo que siempre digo: para otros ventrílocuos, sus personajes son muñecos. Para mí no lo es. Y tampoco lo es para la gente. Lo veo en el público. Hoy me abrazan personas de 60 a 75 años, y lloran porque Pepito estuvo en su infancia, les dejó algo más que una risa, un mensaje. A mí me llama la atención eso: la gente no me pregunta por mí, pregunta por él. Le mandan saludos a él. En cambio, a otros ventrílocuos los reconocen a ellos, no a sus personajes. En mi caso es al revés. Pepito tomó vida. Yo creo que ya es parte del folclore salteño.

"Pepito me dijo: Vos me vas a llevar por el mundo y vamos a hacer reír a la gente y desde el 17 de abril de 1956 no nos separamos".

En estos 70 años, ¿cuál fue el momento más fuerte o inesperado que vivió con Pepito y qué cree que explica ese tipo de situaciones?

Han pasado muchas cosas porque Pepito no es un personaje común. Es un personaje que la gente siente como real, que tiene vida propia. Y eso genera situaciones muy particulares.

Por ejemplo, estuvo preso. En General Mosconi lo detuvieron siete días por gritar "¡Viva Perón!" en una época en la que estaba prohibido. Yo no lo dije, lo dijo Pepito arriba del escenario. Pero el comisario, que era de la época de facto, lo metió preso igual. Me entregó un acta donde decía: "Secuestro el cuerpo del delito: un muñeco de madera dentro de una valija de cuero que dice llamarse Pepito". Y yo tuve que venir a Salta a hablar con el Jefe de la Policía para que me lo devolvieran.

Después Pepito tuvo un reclamo de senador en Cachi. Nosotros hacíamos una broma que llevaba años, no era algo dirigido a él. Pero ese día Pepito lo nombró y él lo tomó como algo personal. Presentó una denuncia, incluso una cuestión de privilegio, y el caso llegó a la Justicia. Yo ni siquiera lo conocía. Yo le había preguntado a Pepito que me nombre un animal cuádrupedo doméstico y el me dijo: "el senador tal... Luego el juez quería que yo admitiera que Pepito no hablaba. Me llevaba para el lado de la medicina como si yo estuviera loco. Entonces le dije: póngame dos mil personas en un teatro y pregúnteles si habla o no Pepito. Mil novecientas noventa y nueve le van a decir que sí. Después le puse muchos ejemplos para explicarle que hay personajes que ya no le pertenecen al autor, que el público les da vida propia. Y con Pepito pasa eso: tiene vida propia.

Es como el actor. Usted puede ver al hombre más bueno del mundo haciendo de malo, y la gente se mete tanto en la historia que lo siente así. A algunos actores les ha pasado que no podían ni salir a la calle porque el público los confundía con el personaje. Con Pepito pasa eso, pero más fuerte. La gente lo ama. Es muy frecuente que me feliciten. Jamás me cuestionan nada, por ahí le cuestionan a Pepito.

En un mundo atravesado por pantallas, ¿qué lugar cree que tiene hoy un espectáculo como el suyo? ¿Cómo acercarlo a los chicos? ¿Y qué pasaría si Pepito pasara a lo digital?

Pepito es personal. Hay que verlo. No sirve para la televisión. En la radio puede andar mejor porque no se ve, pero en la televisión no porque los camarógrafos no cuentan con algunos detalles a la hora de enfocar al personaje. Si la cámara se acerca demasiado, se va a ver la madera, el movimiento de la boca, los cortes que tiene, es decir, se pierde la imagen, esa ilusión, que sí aparece cuando uno está ahí, frente a él. Él tiene la capacidad de decir verdades. Para decir lo que dice él hay que tener su esencia.

¿Qué reflexión le deja todo este camino junto a Pepito?

Creo que Pepito ha cumplido con su misión. Tal vez haya sido el sueño de ese viejo carpintero hacer reír a los niños, a la gente porque la primera vez que salió al escenario conmigo, como yo no tenía libreto, le pregunté cómo se llamaba… y él me dijo "Pepito". Y enseguida me agregó: "me quiero ir a mi casa". Entonces yo le dije que después del espectáculo iba a estar en un lugar mejor que en el que estaba antes, porque había estado guardado como un muñeco desarmado. En cambio, armadito, vestido, yo me imaginé que la hija del dueño lo iba a poner en un buen lugar. Le dije que iba a estar mejor pero él me contradijo. Me dijo: "no, vos me vas a llevar por el mundo… y vamos a hacer reír a la gente". Y eso fue lo que pasó. A mí me dio la posibilidad de vivir en este mundo con un trabajo que fue eficiente. Y eso no es común. Es muy difícil encontrar artistas que hayan podido vivir únicamente de su función de artista. Todos los colegas que yo conozco han tenido que hacer más funciones para poder comer. Yo, gracias a Dios, he vivido de esto. He podido hacer mi familia, me he jubilado, tengo un patrimonio cómodo de un trabajador de clase media común. Nunca me ha faltado nada. Y todo ha sido gracias a este trabajo. He tenido la disciplina del circo. He sido respetuoso con el público, siempre llego antes de que empiecen los espectáculos, estoy detrás del escenario por si pasa algo con el artista que va antes y tengo que salir a cubrirlo. Eso en muchos colegas no se da. Ese respeto, esa disciplina, hace que uno perdure en el tiempo, más allá también de la salud, fundamentalmente. Hoy tengo 83 años. En julio voy a cumplir 76 años de artista, de estar arriba de los escenarios y Pepito cumple 70 este 17 de abril. Y todavía está ahí con el pie sobre el escenario, gracias a Dios.

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