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Cómo Alberdi conoció en París al general San Martín

El doctor Juan Bautista Alberdi y el General San Martín se conocieron el 1 de septiembre de 1843. 
Domingo, 26 de abril de 2026 01:04

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Cuando en febrero de 1843 el general Manuel Oribe (1792-1857) llevó adelante el Sitio Grande de Montevideo, el doctor Juan Bautista Alberdi (1810-1884) que estaba exiliado en esa ciudad,  decidió embarcarse a Europa, ya que el sitiador respondía a Rosas. Y así fue que con su amigo Juan María Gutiérrez, cruzaron el Atlántico y el Mediterráneo en el “Edén” hasta arribar en junio de 1843 a Génova, Italia. De allí, siguieron viaje en diligencia por la campiña del Piamonte, cruzaron a Suiza y a mediados de agosto alcanzaron París. Allí, se encontró con su amigo el hacendado Manuel José Guerrico (1800-1876) quien por entonces residía en aquella ciudad como exiliado, pese a que -según Sarmiento- tenía vínculos sanguíneos con Rosas.

Y así fue que en París y, gracias a su amistad con Guerrico, Alberdi un día pudo conocer al General José de San Martín. Pero  mejor dejemos que sea Alberdi quien nos cuente como fue aquel  encuentro con el Libertador: “El primero de setiembre de 1843 –dice don Juan Bautista- a eso de las 11 de la mañana, estaba yo en casa de mi amigo el señor don Manuel José de Guerrico, con quien debíamos asistir a un entierro en el cementerio de Montmatre. Yo me ocupaba de una lectura mientras esperábamos la hora de la partida cuando de pronto Guerrico se levantó exclamando: ¡El general San Martín! En el acto me paré, lleno de agradable sorpresa al ver la gran celebridad americana que tanto ansiaba conocer. Mis ojos clavados en la puerta por donde debía entrar, esperaban con impaciencia el momento de su aparición. Entró por fin, con su sombrero en la mano –como hacen quienes lo saben usar- con la modestia de un hombre común.

¡Qué diferente le hallé del tipo que yo me había formado, oyendo las descripciones que me habían hecho de él sus admiradores en América! Por ejemplo, yo le esperaba más alto, y no es sino un poco más alto que los hombres de mediana estatura. Yo le creía un indio, como tantas veces me lo habían pintado; y no es más que un hombre de color moreno de los temperamentos biliosos. Yo lo suponía grueso, y sin embargo me ha parecido más bien delgado; y creía que su aspecto y porte debía tener algo de grave y solemne; pero lo hallé vivo y fácil en sus ademanes, y en su marcha, aunque grave, desnuda de todo viso de afectación. Me llamó la atención su metal de voz notablemente gruesa  y varonil. Habla sin la menor afectación, con toda la llanura de un hombre común. Al ver como se considera él mismo, se diría que este hombre no había hecho nada notable en el mundo, porque parece que él es el primero en creerlo así. Yo había oído que su salud padecía mucho, pero quedé sorprendido al verle más joven y más ágil de todos cuantos generales he conocido de la guerra de nuestra independencia, sin excluir al general Alvear, el más joven de todos. El general San Martín padece en su salud cuando está en inacción, y se cura con solo ponerse en movimiento. De aquí puede inferirse la fiebre de acción de que este hombre extraordinario debió estar poseído en los años de su tempestuosa juventud. Su bonita y bien proporcionada cabeza, que no es grande, conserva todos sus cabellos, blancos hoy casi totalmente; no usa patilla ni bigote a pesar de que hoy los lleva por moda hasta los más pacíficos ancianos. Su frente, que no anuncia un gran pensador, promete sin embargo una inteligencia clara y despejada; un espíritu deliberado y audaz. Sus grandes cejas negras saben hacia el medio de la frente, cada vez que se abren sus ojos llenos aun de fuego de la juventud. La nariz es larga y aguileña; la boca pequeña y ricamente dentada, es graciosa cuando sonríe; la barba es aguda.

Estaba vestido con sencillez y propiedad, corbata negra atada con negligencia, chaleco de seda negro, levita del mismo color, pantalón mezcla celeste y zapatos grandes. Cuando se paró para despedirse acepté y cerré con mis dos manos la derecha del gran hombre que había hecho vibrar la espada libertadora de Chile y Perú. En esos momentos se despedía para unos de los viajes que hace en el interior de la Francia en la estación de invierno.

No obstante su larga residencia en España –observa Alberdi- su acento es el mismo de nuestros hombres de América. En su casa habla español y francés, y muchas veces mezcla palabras de los dos idiomas, lo que le hace decir con mucha gracia, que llegará un día en que se verá privado de uno u otro, o tendrá que hablar un “parois” de su propia invención. Rara vez o nunca habla de política. Jamás trae a la conversación, con personas diferentes, sus campañas de Sud América; sin embargo, en general le gusta hablar de empresas militares”.

El camino de hierro

En su estadía en París, Alberdi fue invitado por el hijo político del General San Martín, señor Mariano Balcarce, a pasar un día de campo en Grand Bourg, ubicado a algo más de seis leguas de la ciudad. “Este paseo debía ser para mí –dice el tucumano- tanto más ameno cuanto que debía hacerlo por el camino de hierro (ferrocarril) en que nunca había andado. A las 11 del día señalado, nos trasladamos con mi amigo Guerrico al establecimiento de carruajes de vapor (estación) de la línea Orleans detrás del Jardín de Plantas. El convoy que debía partir poco después, se componía de 25 a 30 carruajes (vagones) de tres categorías. Acomodadas las 800 a 1000 personas, se oyó un silbido que era la señal preventiva del momento de partir. Un silencio profundo le sucedió, y el formidable convoy se puso en movimiento apenas se hizo oír el eco de la campana que es la señal de partida. En los primeros instantes, la velocidad es como  la de los carros ordinarios, pero la extraordinaria rapidez que ha dado a este sistema de locomoción, no tarda en aparecer. El movimiento es insensible, a tal punto, que uno puede conducirse en el coche como si se hallase en su propia habitación. Los árboles y los edificios que se encuentran en el borde del camino, parecen pasar por delante de la ventana del carruaje con la prontitud del relámpago, formando un soplo parecido al de la bala. A eso de la una de la tarde se detuvo el convoy en Ris; de allí a la casa del general San Martin hay una media hora, que   anduvimos en un carruaje enviado en busca nuestra por el señor Balcarce”.

Casa, sable y trofeo

“La casa del general San Martín -describe Alberdi- es un edificio de un solo cuerpo y pisos altos; sus paredes blanqueadas contrastan con el negro de la pizarra que cubre el techo. Una hermosa acacia blanca da su sombra al alegre patio de la habitación…. Todo en el interior de la casa respira orden, convivencia y buen tono… El general ocupa una habitación alta que mira al norte y allí, en un ángulo descansa impasible, colgada al muro, la gloriosa espada que cambió un día la faz de la América occidental. Tuve el placer de tocarla y verla a mi gusto; es excesivamente curva, algo corta, el puño sin guarnición; en una palabra, de la forma denominada vulgarmente moruna. Está (1843) admirablemente conservada; sus grandes virolas son amarillas, labradas, y la vaina que la sostiene es de cuero negro graneado semejante al del jabalí. La hoja es blanca enteramente, sin pavón ni ornamento alguno. A su lado estaban también las pistolas grandes, inglesas, con que nuestro guerrero hizo la campaña del Pacífico”.

“Vista la espada –continúa Alberdi- se venía naturalmente el deseo de conocer el trofeo con ella conquistado. Tuve, pues, el gusto de examinar muy despacio, el famoso estandarte de Pizarro, que el Cabildo de Lima regaló al general San Martín en remuneración de sus brillantes hechos. Abierto completamente sobre el piso del salón, le vi en todas sus partes y dimensiones. El fleco de seda y oro ha desaparecido casi totalmente. Se puede decir  que del estandarte primitivo se conservan apenas algunos fragmentos adheridos con esmero en un fondo de seda amarillo. El pedazo más grande es el del centro, especie de chapón donde sin duda estaba el escudo de armas de España, y en que hoy no se ve sino un tejido azul confuso y sin ideas ni pensamiento inteligible. Sobre el fondo amarillo o caña del actual estandarte se ven diferentes letreros, hechos con tinta negra, en que se manifiestan las diferentes ocasiones en que ha sido sacado a las procesiones solemnes  por los alféreces reales que allí mismo se mencionan”.    

Juan Bautista Alberdi falleció en Paris, el 19 de junio de 1884. Sus restos fueron repatriados en 1889 y sepultados en el cementerio de La Recoleta, Buenos Aires. Allí permanecieron durante 102 años cuando recién fueron trasladados a Tucumán (1991).          

Lamentablemente, Alberdi no cuenta el final de aquel feliz día con el General San Martín. Nunca más se volvieron a ver y ese mismo año el abogado regresó a América y se radicó en Chile.

Luego de Caseros (1852) fue convocado por Urquiza y en 1855 cumpliendo una misión diplomática gestionó en Europa con éxito el reconocimiento de la Confederación Argentina y evitando también que se reconozca a Buenos Aires. Esto le trajo la enemistad de Mitre y Sarmiento, relación que empeoró aun más cuando el tucumano se opuso a la Guerra con el Paraguay. Pese a ello, a algún salteño venenoso se le dio por imponer que la calle Alberdi, cuesta arriba, sea continuación de la Mitre. 

Algunos datos a tener en cuenta

Juan Bautista Alberdi falleció en París, el 19 de junio de 1884. Sus restos fueron repatriados en 1889 y sepultados en el cementerio de La Recoleta, Buenos Aires. Allí permanecieron durante 102 años cuando recién fueron trasladados a Tucumán (1991).

También hay que destacar que durante su misión diplomática por Europa, Alberdi se entrevistó en París con Napoleón III; en el Vaticano con Pío IX; y en el Palacio de Birmingham con la Reina Victoria.

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