PUBLICIDAD

¿Quieres recibir notificaciones de alertas?

Su sesión ha expirado

Iniciar sesión
PUBLICIDAD

"Hermanos en la Calle" acompañan a los que no tienen techo en Salta: historias, contención y resistencia

“La calle no es un lugar del que se sale fácil”: El Tribuno acompañó a "Hermanos en la Calle" en una noche de contención, historias de vida y resistencia
Sabado, 23 de mayo de 2026 22:06
Fotos: Pablo Yapura y Damaris Sardinas

Escuchar esta nota - 00:00

Alcanzaste el límite de notas gratuitas
inicia sesión o regístrate.
Alcanzaste el límite de notas gratuitas
Nota exclusiva debe suscribirse para poder verla

A las 22, la ciudad ya estaba en silencio. En un punto de encuentro, voluntarios de la Asociación Hermanos en la Calle se organizaban como cada viernes para iniciar una nueva salida nocturna.

Bolsas con comida caliente, ollas, termos, ropa de abrigo y frazadas se acomodaban en vehículos que en pocos minutos saldrían a recorrer distintos sectores de la ciudad. El objetivo no era solo entregar alimento, sino algo más profundo: acompañar.

El Tribuno participó del recorrido de esta organización que desde hace años trabaja con personas en situación de calle, construyendo vínculos humanos que se sostienen en el tiempo. “Nosotros no solo vamos a dar comida”, explicó Miguel, presidente de la asociación. “Lo que hacemos es acompañar, generar un vínculo. Muchos de ellos los conocemos hace años. Ya somos parte de sus vidas”.

La organización estima que cada semana asiste a unas 80 personas, aunque reconoce que la realidad es mucho más amplia. La ciudad, dicen, tiene muchas más personas en situación de calle de las que pueden alcanzar. El trabajo se divide en tres recorridos: centro, norte y sur. Cada grupo sale a buscar a quienes duermen en veredas, trabajan en semáforos o sobreviven en espacios improvisados como bajo puentes, pasajes y esquinas.

Claudio Ariel “El viejo”: sobrevivir al abuso, al VIH y a la calle

En la avenida Paraguay, a metros del Centro Cívico Municipal, aparece Ariel, aunque casi todos lo conocen como “El Viejo”. Tiene 50 años y vive entre el río Arenales y los semáforos donde trabaja limpiando vidrios. Pero detrás de esa rutina hay una historia marcada por el abandono, la violencia y la supervivencia.

La parte más dura de su historia empezó mucho antes. A los ocho años fue abusado sexualmente por un hombre que lo llevó engañado a una casa “Me dijo que vaya a limpiar su casa y me iba a ganar unos pesos”. “Pedí ayuda y nadie estuvo, me tuve que trepar el paredón para escapar”, relató con un nudo en la garganta.

Tiempo después volvió a sufrir otro abuso y terminó expulsado de su hogar. “Mi padrastro me echó. Ahí salí solo a pelear la vida”.

La calle lo enfrentó a una violencia todavía más extrema. “Tengo ocho puñaladas en el cuerpo” y contó que muchas de esas heridas fueron por defender personas. Una noche escuchó los gritos de una mujer que estaba siendo atacada cerca del río: “Cuando escucho un pedido de auxilio, voy. Porque cuando yo necesité ayuda, nadie estuvo”, aseguró con dolor en sus ojos.

Claudio habla sin esconder lo que lo trajo hasta la calle. Su vida cambió abruptamente cuando recibió dos golpes al mismo tiempo: el diagnóstico de VIH y la enfermedad de su hijo, que atravesaba un cáncer. “Ahí entré a basurear, quedé sin trabajo”, recordó, con una honestidad que no busca conmiseración, sino comprensión. En ese momento de caída, la calle apareció como única alternativa.

Su vínculo con el trabajo en el semáforo nació de una circunstancia casi casual, pero que terminó definiendo su presente. “Un día, en una bolsa de basura, encontré un limpiavidrio nuevito sin estrenar”, relató. Ese objeto, aparentemente insignificante, fue el inicio de una rutina que lo acompaña hasta hoy. “Dios quiso que lo use”, dice, resignificando lo que para otros sería apenas un hallazgo.

Desde entonces, Claudio construyó una vida en ese espacio público. Es conocido por quienes transitan la zona, no solo por su trabajo, sino por una forma de estar en el mundo basada en la cercanía. “Acá toda la gente me conoce ayudó, colaboró, hasta prestó plata a veces”, contó. En la calle lo llaman “El Viejo”, aunque él prefiere mantener su identidad: “Claudio para los amigos, Ariel para los conocidos”.

El camino no estuvo libre de dolor. Reconoció que al principio sufrió discriminación por su enfermedad y por su condición física. “Era burla”, recordó sobre sus primeros tiempos. Sin embargo, con el paso de los años, algo cambió en la relación con su entorno. La misma gente que antes miraba con distancia, comenzó a acompañarlo en momentos difíciles, incluso durante internaciones. “Iban a verme al hospital”, dijo con gratitud.

En medio de esa vida marcada por la calle, Claudio también construyó pequeños momentos de celebración. Cumplió 50 años y decidió festejarlo. “Mi cumpleaños la pasé genial, los invitados fueron los de los autos”, relató con una sonrisa que se filtra entre la dureza de su historia. La celebración fue posible gracias a la ayuda de un amigo comerciante de la zona que lo apoyó en la organización.

A pesar de las dificultades, Claudio no dejó de proyectar un futuro distinto. Estudió gastronomía, tiene formación como chef y conserva la esperanza de volver a la cocina. “Tengo título internacional ojalá vuelva a las ollas, como me gusta a mí”, afirmó. Ese deseo aparece como una puerta abierta hacia otra vida posible, más allá del semáforo.

Mientras tanto, sigue trabajando día a día. Reúne lo necesario para subsistir, cuenta con el apoyo de personas que le acercan comida o ayuda ocasional, y sostiene una rutina que combina esfuerzo y espera. “De acá sale todo”, resumió, con la convicción de quien no ha perdido del todo la dirección.

Claudio también habla de lo que la calle le enseñó. No guarda resentimiento, sino una mirada crítica y agradecida a la vez. “La gente humilde es la que más ayuda”, reflexionó, destacando gestos simples que lo sostuvieron en momentos difíciles.

Hoy, entre la enfermedad, la historia familiar y la incertidumbre del presente, Claudio Ariel sigue en la esquina. Pero no como alguien detenido, sino como alguien que todavía intenta reconstruirse. En cada vidrio que limpia, en cada palabra que comparte, persiste la idea de que la vida, incluso en su fragilidad más extrema, puede seguir buscando una segunda oportunidad.

“La Turca y el río: una historia de amor, resistencia y vida bajo el puente del Arenales”

Debajo del puente del río Arenales, muy cerca del acceso al “Bajo”, Mónica Marcela a quien todos conocen como “La Turca” y su esposo Raúl han construido un hogar que no está hecho de paredes, sino de resistencia. Allí viven desde hace más de 15 años, enfrentando crecidas, frío y una realidad marcada por la exclusión, las adicciones, pero también por la compañía y la voluntad de permanecer juntos.

“Nos sentimos muy contentos de estar acá”, dicen sin titubeos, incluso después de haber atravesado situaciones extremas como las crecidas del río o hechos de inseguridad en la zona. La vida bajo el puente no es fácil, pero para ellos se convirtió en un lugar donde, pese a todo, encontraron una forma de sostenerse.

Mónica recordó cómo llegaron hasta allí. No fue una decisión planificada, sino el resultado de una serie de circunstancias difíciles que la llevaron a ese espacio. “La debilidad, ustedes saben”, admitió, haciendo referencia a un pasado atravesado por las adicciones. No lo niega ni lo esconde. Lo dijo con crudeza, como parte de su historia.

El alcohol aparece como un factor presente en su vida, aunque también como una lucha constante. “Yo si quiero lo puedo dejar”, afirmó, entre la convicción y la dificultad de sostenerlo en el tiempo. Reconoce que su relación con el consumo ha sido parte de su trayectoria, pero también insiste en que no define completamente quién es.

Su vida cotidiana está marcada por la convivencia con su esposo, con quien comparte cada día desde hace más de una década. “Hace 15 años que estamos juntos, nadie nos separa”, contó con firmeza a El Tribuno. Esa unión es, quizás, el eje más sólido de su presente. Ni siquiera la posibilidad de ingresar a un refugio logra quebrar ese vínculo, ya que las condiciones de separación que allí se imponen no les resultan aceptables. “No podemos estar separados”, explicaron.

En medio de la dureza de la vida en la calle, Mónica también encuentra momentos de alegría profundamente personales. Uno de ellos fue el reencuentro reciente con su hija, a quien no veía desde hacía tiempo. “La vi esta mañana… me abrazó”, relató emocionada. Ese instante, breve pero intenso, le devolvió una sensación de pertenencia familiar que parecía lejana.

Fotos: Pablo Yapura y Damaris Sardinas

Su familia es amplia y diversa. Tiene varios hijos, y aunque las distancias y las circunstancias han fragmentado los vínculos, el afecto persiste. “Me late el corazón de alegría cuando la veo”, dijo sobre su hija, sintetizando en una frase la intensidad de ese reencuentro.

En su vida cotidiana también están presentes sus perros, a los que considera parte de su familia. Cuatro animales que la acompañan en el día a día bajo el puente, compartiendo el mismo espacio de supervivencia.

Mónica también relató cómo organiza su vida en el entorno del río. Tiene pocas pertenencias, pero las cuida con dedicación. Algunas las guarda en casas de vecinos solidarios, como una forma de proteger lo poco que posee. La ayuda de la comunidad aparece como un sostén fundamental en su historia.

A pesar de las dificultades, agradece la asistencia que recibe de organizaciones y voluntarios. “Me siento contenta. Dios me da fuerza”, expresó, reconociendo en la solidaridad un alivio dentro de la adversidad.

En su forma de ver la vida, Mónica también deja enseñanzas. Habla de la importancia de la honestidad, de no perder los valores, incluso en la calle. “Hay que caminar con la frente en alto”, dijo, como un principio que intenta sostener en medio de la vulnerabilidad.

La vida bajo el puente del río Arenales no es una elección simple ni romántica. Es el resultado de una historia atravesada por adicciones, pérdidas y decisiones difíciles. Pero también es, en el caso de Mónica y Raúl, un espacio donde el amor y la permanencia se vuelven formas de resistencia.

Hugo Marcelo Uribe: cantar para resistir la noche

Entre la avenida Tavella y Artigas, Hugo Marcelo Uribe duerme en la vereda junto a otros compañeros, sobre un colchón improvisado y una fogata encendida en plena calle.

Su historia está atravesada por una separación familiar que lo dejó sin un lugar estable donde vivir. Desde entonces, la calle se convirtió en su forma de subsistencia. Junto a tres amigos, sobre un colchón tendido a la intemperie, pasa sus días y sus noches Hugo Marcelo Uribe. Allí, entre el ruido constante de los vehículos y la vida urbana que no se detiene, construye una existencia marcada por la precariedad, los recuerdos familiares rotos y una sensibilidad que asoma en forma de canciones.

Al acercarse al diálogo con El Tribuno, Hugo no ordena su historia en forma lineal. La deja salir como puede, entre frases entrecortadas, emociones mezcladas y silencios que dicen tanto como sus palabras. “Yo tengo la casa, yo visito siempre a los changos”, alcanza a decir, como si su vida todavía estuviera anclada a vínculos que el tiempo fue desarmando.

Dice que trabaja en la zona, haciendo changas. “Si no consigo changuitas, voy a comer un poco de pasto”, expresa con una crudeza que expone la fragilidad de su día a día, donde el sustento no está garantizado y cada jornada es una búsqueda incierta.

Cuando se le pregunta por su historia, por las razones que lo llevaron a la calle, Hugo se detiene. “No le puedo decir nada es difícil”, respondió. Pero enseguida intenta explicarse: no es solo la vida en sí, sino lo vivido, lo acumulado, lo que lo trajo hasta este presente. Habla de separaciones, de conflictos familiares y de una ruptura que lo dejó lejos de su entorno más cercano.

“Me separé de mi mujer, de mis hijos”, dijo. Tiene un hijo y una hija, aunque el vínculo con ellos aparece atravesado por el dolor y la distancia. En su relato se mezclan el enojo, la tristeza y la resignación. “Mi mamá, mi hija y mi hijo”, mencionó, en una enumeración que parece más un intento de no perderlos del todo que una simple referencia familiar.

Su historia afectiva está marcada por la desconfianza y las heridas. Habla de engaños, de discusiones y de decisiones difíciles. “Yo me levantaba a las siete de la mañana para trabajar y ella se iba”, relató, intentando reconstruir un pasado que, según su mirada, fue desarmándose poco a poco hasta terminar en la separación.

En medio de ese recorrido emocional, Hugo encuentra una forma de expresión que lo acompaña incluso en la calle: la música. Cuando se le ofrece cantar, acepta sin dudar. Y entonces su voz aparece como una vía de escape, como un puente hacia lo que fue y lo que perdió.

“¿No sé para qué volviste, si yo ya había empezado a olvidar?”, cantó, con una mezcla de dolor y nostalgia. La letra fluye como un relato propio, como si cada verso fuera una extensión de su historia. Habla del amor perdido, de la ausencia, de la herida que no termina de cerrar. “Lloré cuando vos te fuiste, qué pena me da saber que el final de este amor ya no queda nada”, entonó, mientras su voz se mezcla con el ruido de la avenida.

En su interpretación no hay artificio, sino vivencia. La canción se convierte en relato, y el relato en testimonio. “Mi manos ya son de barro, tanto de tanto dolor”, dijo, dejando entrever una vida atravesada por la dureza, pero también por la necesidad de seguir diciendo algo, aunque sea a través de la música.

La historia de Julio César Guedilla, un hombre que busca “redención”

En una esquina del semáforo sobre avenida Tavella, a metros del puente Vélez Sarsfield, Julio César Guedilla pasa sus días y también sus noches. A veces en la pasarela, otras en un pequeño ranchito improvisado cerca de una entrada de la Rural, y en ocasiones donde lo sorprenda la madrugada. Allí, entre el tránsito, el ruido de los autos y la indiferencia apurada de la ciudad, construye una rutina marcada por la supervivencia, la memoria y una vida atravesada por historias difíciles de contar.

Tiene 57 años y una historia que no cabe en una sola conversación. “Yo soy el mayor de los hermanos, nos criamos sin padre. Me fui de padre y de hermano”, dijo con crudeza, como quien ya no intenta suavizar el pasado. Reconoce que su vida estuvo atravesada por el delito, la cárcel y decisiones que lo alejaron de cualquier estabilidad. “Estuve preso veinticinco años estuve preso”, contó sin rodeos, dejando caer el peso de una vida que pasó muchas veces tras las rejas.

Su historia familiar también está marcada por fracturas profundas. Habla de sus seis hijos y de distintas madres, y de un recorrido afectivo que describe sin orgullo, pero sin ocultamiento. “No es lindo”, repitió, como si la frase resumiera todo aquello que no necesita explicación. En medio de ese pasado duro, aparece también el dolor más grande: la muerte de uno de sus hijos, Luciano, fallecido a los 19 años mientras él estaba detenido. Ese episodio, dice, lo atravesó para siempre, aunque intenta transformarlo en reflexión. “El único más chico, me lo mataron en la unidad penal”, relató con la voz contenida, como quien vuelve una y otra vez a un punto que no termina de cerrar.

Hoy, su presente está lejos de aquella vida de encierro, pero no necesariamente de la lucha. Julio se desplaza con bastón, producto de problemas físicos que lo afectan en las piernas y la cadera. “Los tendones no los tengo los de acá están cortados”, explicó mientras muestra sus dificultades para caminar. A la espera de una pensión por discapacidad, su economía depende de lo que puede reunir día a día en la calle. “Juntamos para comer, siete mil a la mañana”, dijo, describiendo una rutina donde cada jornada se mide en lo justo para sobrevivir.

Su sustento proviene de pequeñas tareas en la vía pública y de la ayuda de quienes se acercan. También de una red de vínculos informales que lo acompañan en su cotidianeidad. “En todos lados la gente ayuda, nos dan pan, lo que sobra, gracias a Dios”, comentó con una mezcla de gratitud y resignación. A veces comparte lo poco que tiene con otros en situación similar. Habla en plural, porque asegura que no está solo: “Yo soy el mayor casi de todos los chicos que están en la calle, los trato de sacar adelante”.

En su relato aparece también una vocación que, contó que nunca pudo desarrollar plenamente: la de bicicletero. “Yo soy bicicletero profesional, sé todo de bicicletas”, afirmó con orgullo. Entre recuerdos y conocimientos técnicos, imagina un futuro distinto: “Mi gran anhelo es tener un tallercito de bicicletas”. Ese proyecto aparece como una línea de fuga frente a una vida que muchas veces lo empujó en sentido contrario.

El presente, sin embargo, no le permite demasiadas proyecciones firmes. Vive entre la incertidumbre y la calle, con el peso de experiencias extremas que también marcaron su cuerpo. “He tenido puntazos, puñales acá”, dice sin dramatismo, como si hablara de algo que forma parte del paisaje de su historia. Reconoció haber estado varias veces “entre la vida y la muerte”, una expresión que repitió como síntesis de una existencia donde la violencia fue una constante.

Pese a todo, Julio intenta construir un relato de aprendizaje. Habla de errores, de arrepentimientos y de la necesidad de cambio. “Tengo que cambiar, vivir tranquilo, ya no soy joven”, reflexionó. También deja un mensaje dirigido a los más jóvenes, a quienes les recomienda alejarse de los caminos que él transitó: “Que estudien, que hagan algo, que busquen un trabajo, esto no es lindo, se sufre mucho”.

En su discurso aparece la fe como sostén. Menciona a Dios, la religión y la idea de perdón como una forma de alivio. “Si uno quiere, perdona, uno perdona para que te perdonen”, dijo, intentando ordenar un pasado que todavía le pesa, pero que ya no lo define por completo.

Mientras el tránsito sigue su curso en avenida Tavella, Julio César Guedilla permanece allí, en su esquina, entre la memoria y la esperanza. Con un cuerpo marcado por la calle y una historia atravesada por la pérdida, la violencia y la cárcel, pero también por pequeños intentos de reconstrucción. En su relato no hay finales cerrados, sino una búsqueda constante: la de un lugar distinto desde el cual volver a empezar.

Martín Romero: la vejez en la intemperie y la espera de un lugar propio

En Villa San Antonio, Martín Romero vive desde hace más de un año sobre un colchón a la intemperie, en la vereda de una vecina que le permite quedarse allí. A los 65 años, su historia está marcada por conflictos familiares, el paso por la cárcel, la calle como refugio y la esperanza de acceder a una pensión para volver a alquilar una pieza y recomponer su vida.

Armó su espacio de supervivencia. Un colchón, algunas pertenencias y la voluntad de seguir adelante definen su presente. Lleva allí entre un año y seis meses, tras salir de un conflicto familiar que derivó en una condena por violencia familiar y tres años de prisión.

“Yo estaba en problemas en la casa y mi propia mujer me mandó tres años a la cárcel, los jueces me dijeron que lo mejor era salir de la casa, porque si no iba a volver a caer preso otra vez”, recordó en diálogo con El Tribuno. Sin un lugar fijo adonde ir, comenzó a buscar alternativas temporales hasta llegar a este punto del barrio, donde una vecina le permitió quedarse bajo un techo precario. “Como soy del barrio, me conocen todos, por eso me dieron ese lugar”, explicó.

Desde entonces, alterna su descanso entre ese espacio y noches bajo el puente, donde convive con otras personas en situación de calle. Describe el entorno con preocupación. “No me gusta el ambiente… hay muchos que van a drogar, toman alcohol”, señaló, marcando distancia personal: asegura que no consume drogas. “Yo borrachito sí soy, no lo voy a negar, pero droga no”, aclaró.

Su rutina diaria está sostenida por el trabajo informal. Cada mañana, a las nueve, cuida a un adulto mayor, tarea que le permite reunir algo de dinero para alimentarse. “Con eso hago para la comida”, dijo. A eso se suman pequeñas ayudas de sus hijos, que de forma intermitente le acercan comida. “A veces me traen en un tupper y con eso mantengo acá”, contó.

Su día comienza con un té preparado con agua caliente que consigue en la calle y continúa con lo que pueda reunir durante la jornada. La comida no está asegurada todos los días, y su economía depende de la continuidad del trabajo y la solidaridad de su entorno.

Martín reconoce que la vida en la calle es dura y expuesta. Recuerda un intento de robo mientras dormía: “Sentí que me tiraban la colcha… pensé que era un perro. Me levanté con un palo y los hice correr”. Ese tipo de situaciones lo obligan a mantenerse alerta constantemente. “Acá no es un lugar seguro… es una zona roja”, resumió.

A pesar de todo, mantiene la expectativa de salir de esa realidad. Está a la espera de una pensión que le permita alquilar una pieza. “Quiero vivir tranquilo como una persona mayor”, expresó, dejando en claro su objetivo inmediato.

Con 65 años, Martín hace una lectura crítica de su vida, entre errores, decisiones difíciles y aprendizajes. “Ya tengo que cambiar y vivir de otra manera”, reflexionó. También envió un mensaje a los más jóvenes: alejarse de las adicciones y buscar otros caminos. “Eso no es bueno para nadie… hay que trabajar, vivir tranquilos”, afirmó.

Su historia, atravesada por la cárcel, la calle y la fragilidad cotidiana, se sostiene hoy en una esperanza concreta: dejar la vereda donde duerme y recuperar una vida con techo propio.

Una tarea que no termina en una recorrida

En cada punto del recorrido, los voluntarios de Hermanos en la Calle vuelven a repetir un mismo gesto: llegar, saludar, escuchar, compartir un momento.

Los voluntarios lo resumen al final de la jornada: “La calle te vuelve invisible. Nosotros tratamos de que no lo sean”.

La noche termina, pero las historias siguen. Porque cada vida encontrada en el camino no se explica en una sola charla, sino en años de lucha, de pérdida y también de intentos por volver a empezar.

PUBLICIDAD

Te puede interesar

PUBLICIDAD
PUBLICIDAD

Últimas noticias

PUBLICIDAD