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Como se sabe, el linaje histórico de los Fernández Cornejo, proviene del Perú. El tronco de esta familia llegada de España en las primeras décadas del siglo XVIII, se estableció en el Virreinato del Perú, en las regiones de Moquegua y Arequipa. Tiempo después, una de esas ramas migró a Salta para radicarse en el actual departamento de General Güemes, más precisamente en Campo Santo. Aquí, Juan Adrián Fernández Cornejo y Rondón (1737-1797) oriundo de Locumba, Perú, introdujo la caña de azúcar y en 1760 fundó el primer ingenio azucarero del país. Pero otra de las ramas de los Fernández Cornejo optó por quedarse en el Perú y así fue que del matrimonio de Pedro Ignacio Fernández Cornejo y María Toribia Arguedas, nació Mariano Pío Cornejo (1823-1889), a quien el escritor peruano Ricardo Palma Soriano, lo vincula con la conocida leyenda "La Maldición de Atahualpa".
El hecho es que Mariano Pío Cornejo siguió la carrera militar hasta alcanzar el rango de coronel, aunque buena parte de su vida se dedicó a la política llegando a ser alcalde de Arequipa, cuatro veces prefecto (1842, 1865, 1866 y 1881) y director de la Beneficencia Pública.
En 1867, durante el gobierno provisorio de Mariano Ignacio Prado Ochoa, Cornejo fue designado ministro de Estado de Guerra y Marina del Perú, oportunidad en la que se vio comprometido en una desafortunada adquisición de dos barcos que el Perú hizo a los Estados Unidos de Norteamérica, operación que se concretó en 1867. Se trataba de los navíos usados de la marina de guerra, "Oneoto" y "Catawba", que cuando llegaron al Perú fueron rebautizados como Manco Cápac y Atahualpa. El problema surgió cuando los peruanos cayeron en cuenta que las naves recién adquiridas estaban diseñadas para la navegación fluvial y no para la marítima que es los que ellos necesitaban a los fines de patrullar sus costas del Pacífico. El asunto terminó con una investigación llevada adelante por una Comisión del Congreso de los Estados Unidos que llegó a constatar irregularidades por parte de la firma vendedora (Alexander Swift y Cía) de EE.UU.. El escándalo levantó una ola de sospechas en ambos países, llegando la oposición, en el caso del Perú, de involucrar en el negocio al presidente Prado Ochoa aunque nunca nadie pudo aportar una sola prueba que lo comprometiera.
Y así fue que concluido el mandato presidencial de Prado Ochoa en enero de 1868, su ministro Pío Cornejo, quizá agobiado por lo del "afer" de Swift, regresó a Moquegua para establecerse en una de las haciendas que la familia poseía en el valle de Locumba.
Meses después, el 13 de agosto de 1868 por la tarde se produjo un sismo de gran magnitud frente a las costas de Arica, por entonces capital de la Provincia del mismo nombre, departamento de Moquegua, donde como ya dijimos, desde hacía unos meses vivía nuevamente el coronel Mariano Pío Cornejo. Se estima que aquel movimiento liberó una energía equivalente al de un sismo de 9 grados, afectando las ciudades de Arequipa, Islay, Moquegua, Tacna, Arica e Iquique. Tan violento fue que se lo percibió en Lambayeque, al norte de Perú; por el sur en la ciudad chilena de Valdivia, y al este, en Cochabamba, Bolivia. Pero además, un maremoto arrasó con las costas peruanas entre Pisco e Iquique y, cruzando el océano Pacífico, alcanzó California, las islas Hawái, Filipinas, Australia, Nueva Zelanda y Japón. Asimismo, el terremoto destruyó casi todo el sur de Perú, incluyendo las ciudades de Arequipa, Arica, Ilo, Iquique, Mollendo, Tacna, Moquegua y Torata, y donde murieron casi 30 mil de personas y hubo cientos de naufragios. Y luego del sismo y sus réplicas, la zona costera sufrió las consecuencias de maremotos cuyas olas habría superado los diez y doce metros de altura en tres oportunidades. En síntesis, el terremoto de Arica de 1868 es actualmente considerado como uno de los más destructivos de aquella región.
La leyenda y Cornejo
A principios del siglo XIX, un sacerdote de la localidad de Locumba fue llamado para confesar y brindar a un moribundo el sacramento de la extremaunción. Quien agonizaba era un indio muy anciano que en sus últimos minutos de vida quería confesarle al cura un viejo secreto que le había sido transmitido de generación en generación. Y así fue que contó que cuando los españoles se habían apoderado del Inca Atahualpa en 1532, exigieron a su pueblo que juntase oro para pagar el rescate. Un cacique logró reunir una gran cantidad para aportar al rescate pero cuando iba camino a entregar el tesoro a los españoles alguien le comunicó que el Inca Atahualpa ya había sido asesinado por los españoles. Ante semejante noticia, el cacique resolvió esconder el oro en una gruta de Locumba, acostarse sobre el tesoro y quitarse la vida. Luego de ello el sepulcro quedó escondido entre montones de piedras y arena. El indio moribundo transmitió este secreto al cura porque no tenía descendiente a quienes transmitir pero a condición de que si alguna vez la iglesia de Locumba era destruida por uno de los tantos temblores que se producían, se buscara aquel tesoro del cacique para reconstruirla.
Cuando en 1833 un terremoto destruyó la iglesia y un nuevo cura, enterado del secreto, creyó que había llegado la hora de desenterrar aquel el tesoro del cacique. Pero hete aquí que cuando el sacerdote y un grupo de ayudantes se apersonaron ante la gruta para desenterrar el oro, los indios del lugar se presentaron para oponerse activamente a la extracción, incluso amenazando de muerte a los blancos si osaban profanar la tumba. Ante semejante amenaza, el sacerdote resolvió desistir de sus propósitos y echar mano a otros recursos para reconstruir la iglesia de Locumba.
Y pasó el tiempo hasta que en agosto de 1868, llegó el coronel Mariano Pío Cornejo junto a un grupo de lugareños con la intensión de dar con el viejo tesoro del cacique en Arica. Y otra vez, los buscadores del tesoro debieron enfrentar, como años antes, la resistencia de los indígenas del lugar quienes estaban convencidos que si se tocaban aquella tumba, sobrevendría de inmediato una terrible catástrofe. Ante ello, la tradición cuenta que cuando los hombres de Pío Cornejo se percataron que por la fuerza les sería imposible continuar la búsqueda, resolvieron echar mano a una conocida maniobra: ofrecerles aguardiente a los indígenas. Los resultados fueron más que alentadores pues cuando lograron alcoholizarlos, estos comenzaron con gran ahínco, a remover piedras, tierra y arena para tratar de encontrar el cadáver del cacique que, según la leyenda, cubría el tesoro de Atahualpa. Finalmente, y luego de remover los escombros dieron con los restos del cacique. Pero la alegría duró escasos segundos pues de pronto sobrevino una espantosa explosión que venía de las entrañas de la tierra que, enfurecida, se estremecía con extrema violencia. Era la terrible catástrofe que temían los indígenas del Perú, el terremoto que como se dijo más arriba, destruyó casi todo el sur del Perú.
Más de historia
Fue el peruano Manuel Ricardo Palma Soriano -escritor, político, académico de la Real Academia Española (1878) y de la Peruana de la Lengua (1887) quien en su libro "Un tesoro y una superstición"(pp 198-200), contó que Pío Cornejo, al concluir el gobierno de Prado -del cual Palma era un acérrimo opositor- regresó a Moquegua para establecerse en una de sus haciendas del valle de Locumba. "En su afán codicioso de apoderarse de un tesoro prehispánico -Pio Cornejo- profanó la tumba de un antiguo cacique situada en una gruta, pero ocurrió entonces un devastador terremoto, que los supersticiosos pobladores atribuyeron a la furia sobrenatural".