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La invasión del general La Serna y los amores de Anita y un coronel

El casamiento a las apuradas de un militar español e invasor con una niña salteña en la noche fría del 4 de mayo de 1817.
Domingo, 07 de junio de 2026 01:03
Ana María Gorostiaga Rioja - José Manuel de Carratalá Martínez.

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Como sabemos, y tal como lo había pronosticado Güemes al asumir la gobernación de Salta, luego del desastre sufrido por José Rondeau en el Alto Perú (Sipe Sipe -5/11/1815), las poderosas fuerzas realistas se presentaron a la puerta de la quebrada de Humahuaca en los últimos días de 1816. Estaban dispuestas no solo a invadir Jujuy y Salta, sino también avanzar hacia el sur y reconquistar en su totalidad el territorio perdido a partir de 1810 o sea el Virreinato del Río de la Plata.

En la historia, esta ocupación territorial se conoce como la "Invasión Grande" o "Invasión de La Serna" por haberla conducido el general José de la Serna y Martínez de Hinojosa (1770-1832), Conde de los Andes, y jefe del Ejército Real del Perú. Este prestigioso militar nacido en Jerez de la Frontera, Andalucía, España, había llegado a América luego de haber combatido exitosamente desde 1815 en la guerra de la independencia española contra la invasión napoleónica.

El coronel de Alicante

En América, el moderno ejército de de La Serna estaba muy bien pertrechado y contaba con 7.000 soldados organizados en 14 cuerpos de línea repartidos en dos armas: caballería e infantería. Sin duda, era una de las mejores fuerzas que España había enviado hasta entonces. El estado mayor lo integraban dos generales y tres coroneles de prestigio, pero junto a ellos prestaba servicio un distinguido coronel que es de quién nos vamos a ocupar de ahora en más por el singular hecho que protagonizó en Salta. Se trata de José Manuel de Carratalá Martínez (1792-1855), nacido en Alicante, Doctor en Leyes de la Universidad de Valencia pero que a causa de la invasión napoleónica de 1808, se había incorporado al ejército de su lugar natal. Allí, por ser el principal responsable de la resistencia, el Ejército Real le había otorgado el grado de coronel.

Luego de 1816, Carratalá dejó España, bajó a América para unirse a la expedición de Pablo Murillo (1775-1837), Conde de Cartagena, marqués de La Puerta, alias "León de Sampayo", quien logró una hazaña que le dio gran renombre en su reino: reconquistó para España las regiones de Colombia y Venezuela.

Y así fue que luego de acompañar exitosamente a Murillo, Carratalá bajó al Perú para sumarse al ejército del virrey Joaquín de la Pezuela, fuerza Real del Alto Perú que comandaba el general José de La Serna quien, a poco iniciaría la "Invasión Grande" de Salta y Jujuy. De más está decir que este militar intentaba replicar en las provincias del Río de la Plata la proeza de Murillo, pero hete aquí que la suerte le fue muy distinta y apenas si pudo bajar hasta Salta cuando sus aspiraciones eran otras: llegar triunfante a Buenos Aires.

El hecho es que el ejército de La Serna inició su marcha hacia el sur y, luego de superar la altura de Humahuaca, el 6 de enero de 1817 ocupó San Salvador de Jujuy y tres meses después y luego de un duro batallar se hizo de nuestra ciudad (15.4.17). Ingresó a sangre y fuego dejando un tendal de muertos, más propios que ajenos, en las calles de Salta pero a los veinte días debió salir a las apuradas, de noche y con la cola entre las patas a causa del riguroso sitio impuesto por las huestes gauchas de Güemes.

Pero mientras el Ejército Real en Salta se las veía en figurillas para tratar de zafar del asfixiante sitio que lo tenía acorralado en la ciudad, el coronel Carratalá, jefe del batallón escolta Alejandro, andaba en algo menos rudo que la guerra o quizá en otro tipo de confrontación. En los 24 días de ocupación, a este hombre de Alicante se le había encomendado una única misión: buscar por las afueras de la ciudad (Quinta de Martearena) algunas menudencias para sus hambrientos camaradas y también para los animales. Lo que sí parecía mantenerlo activo a este coronel, eran las cenas, agasajos y veladas que las familias realistas organizaban a diario a los oficiales invasores. No vamos a dar nombre aquí porque esta columna no es "batidora", pero se sabe que cada vez que los españoles ocuparon Salta, las familias realistas se desvivían en atenciones para con los invasores.

Y así fue que ante tan dramática situación, el general de La Serna resolvió abandonar Salta y también su proyecto de recuperar el virreinato. Luego del 26 de abril convocó a su estado mayor entre los que estaba José Carratalá. Allí todos los oficiales fueron notificados de que el Ejército Real en días más se retiraría a Tupiza, dada la imposibilidad de poder recuperar el virreinato perdido. Comunicó además, que el 4 de mayo a las doce de la noche se debía abandonar la ciudad y por lo tanto, reservadamente se debía organizar la retirada.

Según el cronista militar del Ejército Real, general Tomás de Iriarte (1794-1876) en la tarde del 4 de mayo cuando él se encontraba ordenando sus bártulos postales, se le presentó el coronel Carratalá diciéndole que lo había estado buscando toda la tarde. Cuando Iriarte inquirió razones de tan empecinada búsqueda, escuchó algo que le pareció una broma: "Es que quiero que sea mi padrino de casamiento" respondió con toda seriedad el coronel de Alicante. Sorprendido, el postal solo atinó a decir: "Vaya, no sea loco, usted". "No, no es broma, me caso –dijo el futuro consorte- venga usted amigo, todo está preparado y no puedo perder tiempo, porque como usted sabe debo ponerme en marcha a las doce de la noche". "¿Y quién es la afortunada?. "Y quien más va ser, Anita Gorostiaga" respondió el enamorado militar. Y como Iriarte trató de disuadirlo diciéndole entre otras cosas que estaban en lo más fuerte de la estación, en el mes de mayo, que en ese momento caía una helada muy fuerte; y que su casamiento no se podría efectuar tan pronto, por las dispensas y demás pasos preparatorios…", Carratalá le espetó: "No mi amigo, todo está rellenado, he hablado con el general en jefe (La Serna), y este se ha interesado con el vicario general, que es el que nos va a casar; pero si usted no quiere ser padrino, no faltará quien ejerza esta función" . "Lo detuve –dice Iriarte- le dije que estaba pronto a cerrar mis cartas y volaría a casa de la novia". "Luego que concluí fui a casa de Anita, la ceremonia ya se había celebrado, no me habían esperado. Toda la casa estaba en movimiento, el patio lleno de colchones, baúles, y ya estaban cargando las mulas para marchar. Saludé a la novia que estaba muy alborozada… Y los acompañé hasta el momento de la partida. Anita montó a caballo envuelta en un capotón de barragán de su querido esposo. La noche era fría en extremo".

"A la media hora de la partida ya oímos el tiroteo con las huestes de Güemes, en tanto el resto del ejército se puso en marcha al amanecer. El rastro que había dejado Carratalá era bien sangriento, cadáveres de los desgraciados que habían muerto en la escaramuza de la noche, enfermos y heridos que habían quedado helados, otros expirantes. ¡Qué buena noche de novios tuvo Anita!" , concluye su memoria el genera Iriarte.

Los tontillos de Anita

Según Bernardo Frías, era tanto el apuro de aquella fría noche del 4 de mayo de 1817, que Anita María Gorostiaga Rioja "ni siquiera se pudo cambiar de traje, dejar el abanico de bodas y tampoco sacarse el "tontillo" (falda interior con aros vegetales o de hierro las mujeres usaban por encima de la rodilla para ahuecar la falda y prolongar las caderas)".

Anita Gorostiaga nunca más volvió a Salta. Acompañó a Carratalá en lo que restaba de su carrera militar en América, hasta la batalla de Ayacucho que en 1824 selló la derrota final de los realistas por estas tierras. Luego pasó a España con su marido, ya general y a quien aguardaban las más altas dignidades: ministro de Guerra, teniente general y senador del Reino. Carratalá falleció en 1855 y de Anita solo se sabe que le sobrevivió por algunos años.

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