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El campeonato mundial de fútbol que culmina hoy se convirtió en un tema central de atención en el planeta. En Argentina, la trayectoria de la selección nacional dirigida por Lionel Scaloni multiplica el entusiasmo y ha logrado que, durante varias semanas, los espacios públicos se tiñan de celeste y blanco.
Aunque sea por una motivación deportiva, le hace mucho bien al país que quienes lo habitamos, por una vez vivamos la emoción de ser argentinos, porque la sensación de pertenencia es fundamental para las naciones.
Además, como nunca, nuestra selección conquista las adhesiones de simpatizantes de otras nacionalidades, idiomas y culturas, fascinados por la magia de Lionel Messi y contagiados con el fervor de los hinchas argentinos.
Por un mes, las guerras que desangran a muchas naciones y las confrontaciones mezquinas que atraviesan la política fueron compensadas por la alegría que genera en los pueblos la fiesta del fútbol. Porque lo que se vive es mucho más que un campeonato.
El deporte y el atletismo no son mera destreza física ni culto al triunfalismo. Son actividades profundamente humanas que, por eso mismo, fueron parte de la cultura clásica.
El magnetismo de nuestra selección se debe, fundamentalmente, a su capacidad de superación en base al compromiso, la solidaridad, la disciplina, y al enorme respeto que siempre manifestaron hacia todos los argentinos. La emoción y la fuerza con la que nuestros jugadores cantaron el Himno Nacional al comenzar el partido con Inglaterra expresa esa simbiosis con sus compatriotas. Y el gesto de mostrar una bandera donde recordaron al finalizar el encuentro que "Las Malvinas son argentinas" fue, simplemente, compartir un sentimiento generalizado. Una dedicatoria a los soldados que, hace 44 años, dejaron su vida en el Atlántico sur, y a los veteranos de esa guerra, ellos también absolutamente identificados con la Scaloneta.
La selección argentina, y Messi, juegan su tercera final en 12 años. Pero desde 2018, cuando Lionel Scaloni se hizo cargo de la dirección técnica, se produjo un rotundo cambio.
Con sus colaboradores, Pablo Aimar, Walter Samuel, Roberto Ayala, y todo el equipo, crearon un clima emocional de seguridad y confianza y lograron construir, con grandes jugadores, un equipo armónico, seguro de su potencial y donde todos subordinan su protagonismo a las necesidades del conjunto.
Scaloni es exigente en la disciplina y muy sensible a la humanidad de sus dirigidos. El que juega y el que queda afuera, ambos, se sienten parte del grupo y celebran los éxitos como propios. Esa fortaleza emocional explica la capacidad demostrada para fortalecerse en la adversidad y no bajar los brazos en ningún momento.
Este clima interior es el que se irradia en el campo de juego y convierte a la selección en un fenómeno nacional. En el fútbol se puede ganar o perder, es la ley fundamental del deporte, pero ni la peor derrota debe quebrar a un equipo.
Este funcionamiento en equipo es un modelo para cualquier organización humana. Y es un ejemplo muy adecuado para un país que, en su vida política, desde hace años, no logra crear un clima emocional de expectativa y confianza. Es cierto que la discrepancia y el antagonismo no se pueden desprender de la política y, mucho menos, en la democracia, pero los grandes patriotas ya lo enseñaron: el protagonismo, la ideología y las ambiciones personales deben subordinarse al interés de la Nación. Lamentablemente, desde hace décadas prevalece entre nosotros una grieta alimentada por egos desenfrenados y por olvido de la pertenencia a una Nación.
En ese sentido, en la construcción de un clima de diálogo y acuerdo, y de respeto por el otro, la selección nacional ofrece un ejemplo insoslayable, y una advertencia, porque ese es el modelo de convivencia que reclama la gente que embanderó las calles de todo el país.