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Rafaela Gaspar convive con el aroma ahumado de la chachacoma, los colores de las tulmas y con la herida invisible del duelo. Será, este año, su primer agosto sin su esposo Severo Báez, el coplero mayor de Villa Primavera.
La mujer sabe que tiene que continuar, que su deber es seguir con el legado que fueron construyendo desde hace más de 50 años junto a su compañero de vida; la ancestralidad de los rituales.
En su casa ubicada en José Echenique 1074, en el barrio Villa Primavera, de la ciudad de Salta, recibe a El Tribuno para contar cómo se prepara la familia Báez para recibir al mes de la Pachamama.
En varios canastos separan las lanas de oveja naturales según sus vivos colores de los blancos y negros que se utilizarán para la confección del yoque, que es el hilo tradicional de lana que se hila y se retuerce de forma contraria a lo habitual (en sentido "zurdo" o torsión especial).
Lo que muestran sus manos
Sus manos muestran los indicios del trabajo de campo. "Yo nací en el lote La Manga, del ingenio La Esperanza. Luego mi familia me llevó a Cieneguilla, provincia de Jujuy. Sé cómo se vive en el campo, lo duro que es, pero también conozco todas las tradiciones de mi Tierra. Son esas costumbres que traje a la ciudad siendo muy joven. Aquí conocí a Severo y juntos seguimos realizando todas las ceremonias desde hace más de 50 años", afirma Rafaela en la mesa de su patio, al frente del mojón de su Pachamama.
En esa mesa hay también quinoa, mazorcas, habas; papas oca, cuarentonas, lisa, arenosa y papines. Hay bolsas de coca de coquear, cigarrillos, incienso y mirra. Otro canasto con arcayuyo, tola, coa, quinchamal, eucalipto y chachacoma. La paleta de colores es una wiphala derretida sobre esa mesa de alimentos, sahumerios y lanas.
El horno comienza a desastascarse y deshollinarse. Las parrillas se limpian y raspan y la gran cocina se prepara para la intensidad. En el centro de las comidas elaboradas hay dos protagonistas. Una es la tijtincha, que es un plato ancestral del noroeste argentino y la región andina, elaborado a base de maíz de mazorcas, carne seca (charqui o chalona), habas y papas. Se cocina a fuego muy lento durante varias horas y se consume tradicionalmente como ofrenda a la Madre Tierra. La otra es la calapurca que es una sopa que, a base maíz blanco, verduras y carne de cordero, cocinada en olla de barro, que se sirve con piedras precalentadas sobre brasas. La lista de manjares se completara con machorra (guiso de cordero), guiso de trigo, locro pulsudo, asado y cabeza guateada, picante de lengua, comidas criollas regionales y, para la compostura, la gloriosa sopa de gallina.
En ese universo surrealista hasta el espacio es relativo. En lo que hoy es un patio de casa de familia, hasta la Luna se hará un lugar, entre un gentío, para participar en la noche del viernes 31 de julio. Desde las 22 comienzan los rituales con el desgranado de mazorcas y a las 23 será la enflorada de tijanas. Justo a la medianoche abrirán el mojón con todos los presentes en una serie de ritos que darán comienzo al mes dedicado al agradecimiento a la Mama Tierra.