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Dramátismo y tensión: el "Ucumar" de Torzalito que se llevó a Gumersindo Yapura

A mediados de 1930, un trabajador vial fue atacado por un ser desconocido en un paraje de General Güemes.   
Domingo, 02 de agosto de 2026 00:58

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Don Jorge Jesús Gutiérrez, obrero de lo que hoy es Vialidad de la Nación, se encontraba a mediados de los años de 1930 trabajando junto a un centenar de compañeros cerca de lo que años después sería el nuevo acceso a la ciudad de Salta desde la RN34. El trabajo de desmonte de estos hombres se realizaba a puro hacha y machete ya que por entonces aun no se usaban al menos por aquí el desmalezado mecánico.

La cantidad de hombres trabajando en ese desmonte trajo como consecuencia que se levantaran en la zona varios campamentos al modo militar, siempre nucleados alrededor de una carpa mayor donde funcionaban la cocinaba y el comedor del personal. Las carpas menores destinadas al descanso de cuatro obreros por unidad, estaban en línea, una tras otra y, como entre fila y fila quedaban callejones, al caer la tarde los hombres utilizaban esos espacios para encender fogones que servían para mitigar el frío. Así, lograban entibiar algo el ambiente pues sus carpas carecían de piso. Esta particular forma de combatir el frío servía también para que alrededor del fuego los hombres se juntaran a la noche a conversar de bueyes perdidos, contar historias, cuentos o entonar una que otra copla hasta que el sueño los vencía.

Un sapucay

Y así fue que en una de esas noches de tertulia en las que los "piones viales" conversaban alrededor del fuego, abrigados con chulos (gorros andinos con orejera) y ponchos calamacos, escucharon a lo lejos un grito largo y agudo, parecido al sapucay de los gauchos del chaco salteño. Los sorprendió tanto que todos quedaron en silencio, tratando de escuchar la repetición de semejante alarido. Por esa zona, nunca habían oído algo parecido, un grito que por alguna razón los había dejado inquietos. Por un rato estuvieron como bien dicen, parando la oreja, callados mientras extendían sus brazos hacia el fuego casi hasta tocar con las puntas de sus dedos las flameantes llamaradas. Así permanecieron por unos minutos, hasta que uno de ellos, arrimó leña al fogón y avisó que se iba a dormir. Y tras él todos enfilaron rumbo a su carpa y su catre. Se fueron sin decir una palabra. Esa noche, algunos lograron conciliar el sueño pero otros apenas si dormitaron hasta que dos o tres horas más tarde y aun faltando para el alba, se escuchó de nuevo el tan temido alarido. Y otra vez, lejano, largo y agudo como el primero. Ahora parecía una rara mezcla de sapucay del chaco con aullido, ruido que sorprendía pues todos sabían que en casi un año que estaban en esa zona de Torzalito, nunca antes habían escuchado ni siquiera un relincho, un bramido de toro y ni el alerta del tero. Era raro, y pese a que ya eran cerca de las cuatro de la mañana, Gumersindo Yapura, un muchachón fornido de menos de 30 años, bajó del catre, se calzó las alpargatas y salió para avivar con leña el fogón que se consumía. Volvió y ante la pregunta de un compañero dijo: "Ta frío afuera, pero lo que me tiene mal es el grito de ese bicho que no sé que es".

Al día siguiente, en la breve charla del desayuno, el alarido fue el centro de todos los comentarios. Coincidían que nunca, ni siquiera los lugareños, habían escuchado ese inquietante grito. Después, se echaron al campo a trabajar hasta que a la hora del almuerzo se volvieron a juntar. Al parecer, el sol alto les había disipado los temores de la noche, tanto que Gumersindo Yapura, en medio de la comida lanzó en broma un vigoroso sapucay al más puro estilo del chaco causando risas y carcajadas entre sus compañeros. Por la tarde, el trabajo se extendió hasta que el sol dejo de iluminar la punta de los cerros del este. Y ya cayendo la tarde, de nuevo el campamento recobraba vida a medida que los hombres regresaban de la acequia que usaban para el aseo. Pronto se hizo la hora de la cena y tras ello la acostumbrada conversa alrededor de los fogones. Y fue inevitable que en cada fogata no se hablara de lo escuchado la noche anterior. Y tras los primeros comentarios no tardaron en llegar los cuentos de aparecidos, espantos, fantasmas, duendes, curas sin cabeza, el "escleto", el "condenado" y hasta del temido Ucumar, el oso asesino que según comentarios, una cuadrilla de Obras Públicas de la Nación lo había visto en Alto la Sierra, en el camino de cornisa entre Salta y Jujuy; mientras otros decían de apariciones en Metán, de Escoipe y hasta en Los Yacones.

Otra vez el alarido

Luego de la acostumbrada charla y cuando algunos ya se comenzaban a retirar, de improviso se volvió a escuchar el tan temido alarido. Fue entonces que Gumersindo, casi molesto con ese grito salió a las zancadas de la carpa y ya afuera, en pleno descampado, lanzó a todo pulmón un desafiante sapucay rompiendo el silencio de la noche. Sorpresivamente a poco, se escuchó la repuesta lejana a la que el joven no tardó en contestar con más fuerza aún. Y así por dos o tres veces hasta que llegó el capataz y le ordenó que se llamara a silencio, que no responda más, que ello podía acarrear desgracias. El muchacho hizo caso pero su silencio no logró acallar los alaridos del misterioso gritón que cada vez parecía estar más cerca. Era evidente que se aproximaba velozmente a donde ellos estaban.

"Desafió con un sapucay al ser que gritaba desde la oscuridad, salió de la carpa para enfrentarlo y jamás volvió a ser visto".

Y los alaridos que al principio parecían sapucay ahora comenzaron cambiar y a asustar más a la gente, que temerosa quería huir del lugar. Ante ello, el capataz ordenó permanecer juntos en la carpa y sin siquiera asomar al descampado.

De pronto, además del grito se comenzó a escuchar los silbos de los arrieros cuando arrean ganado y tras ello, oyeron el rumor de vacunos caminando. Pero de improviso, todo quedó en silencio. Era como bien se dice, un silencio sepulcral, hasta que una voz que parecía salida de una caverna, rompió el silencio y a la puerta misma de la carpa vociferó: "Que salga quien respondió mi alarido". Y Gumersindo, chango valiente, en el acto se puso de pie y a paso largo enfiló desafiante hacia la puerta del recinto para enfrentar al del vozarrón que lo conminaba desde afuera. Iba furioso haciendo caso omiso al capataz que le exigía no salir. Y se fue nomás. Afuera se oyó como una pelea mientras en la carpa, misteriosamente se apagaron los mecheros después de un titilo breve. Luego, siguió afuera un corto entrevero hasta que todo quedó en silencio. Pasado un rato y ya encendidos los mecheros, el capataz descorrió la cortina de la carpa para espiar y sorprendido y angustiado exclamó: "No hay nadie, Gumersindo no está. Aquí no se ve ni vacas ni gente…".

La cueva

Pasado otro rato, quince voluntarios resolvieron ir hasta Güemes para avisar a la Policía la novedad de esa noche. Y ya casi al amanecer regresaron con una patrulla que de inmediato se puso a buscar huellas y rastros hasta que ya con el sol alto, pudieron encontrar trozos de la ropa de Gumersindo. Dedujeron entonces que los rastros, el hombre había sido arrastrado por un ser que tenía "pata de oso" y ante ello el capataz sentenció: "Es el Ucumar".

Y siguiendo los rastros encontraron una cueva en cuya boca había más ropa de Gumersindo. Ante ello, la policía se puso a cavar para tratar de dar con el animal o quien sea, pero al final del socavón se encontró unos hueso pero nada de Ucumar.

Después de este trágico hecho don Jorge del Jesús Gutiérrez -al igual que otros- abandonó el trabajo y se aquerenció en Cerrillos para después ingresar al ferrocarril. Y allí vivió hasta el fin de sus días pero nietos y bisnietos aun cuentan esta historia mentada por el abuelo.

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