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El riesgo de un terremoto en Salta: una amenaza conocida que obliga a reforzar la prevención

Los terremotos que sacudieron distintos puntos de Sudamérica reavivaron una preocupación que en Salta nunca debería desaparecer. La provincia está ubicada en una de las zonas de mayor peligrosidad sísmica del país y cuenta con antecedentes que dejaron muertos, viviendas destruidas y poblaciones enteras afectadas.

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Los fuertes terremotos registrados este año en Venezuela, Colombia y Perú, además de los movimientos que llegaron a sentirse en otros países de la región, volvieron a colocar a los fenómenos sísmicos en el centro de la atención. Las imágenes de edificios dañados, familias evacuadas y poblaciones alteradas inevitablemente generan inquietud también en Salta, una provincia donde la tierra se mueve con frecuencia y donde la historia demuestra que el riesgo no es una hipótesis.

Salta se encuentra entre las provincias argentinas con mayor peligrosidad sísmica. Está ubicada en grado 3 dentro de una escala que va de 0 a 4. Por encima aparecen Mendoza y San Juan. Es decir, la amenaza de sismos de consideración existe y forma parte de las características geológicas del territorio.

Buena parte de los movimientos se concentra en el denominado Triángulo Sísmico de los Andes, comprendido entre San Antonio de los Cobres, Tolar Grande y Catua, localidad jujeña situada cerca del límite con Salta. Es un área montañosa y poco poblada donde los registros son frecuentes, casi diarios.

También existen estructuras geológicas activas en otros sectores de la provincia. Muchos movimientos están vinculados a sistemas de fallas, entre ellos el de Santa Bárbara, y al gran lineamiento conocido como Calama-Olacapato-El Toro.

La explicación está en la propia ubicación de Salta sobre el flanco de los Andes. Allí se desarrolla un complejo proceso tectónico, la placa de Nazca, bajo el océano Pacífico, que avanza y se introduce por debajo de la placa Sudamericana, un proceso llamado subducción. Ese mecanismo acumula tensiones y provoca permanentes reacomodamientos de la corteza terrestre, y eso es algo que hay que tener en cuenta.

Que haya temblores pequeños o moderados no significa que pueda anticiparse un comportamiento futuro. Los sismos son fenómenos imposibles de predecir con precisión. Se puede conocer dónde existen fallas, estudiar antecedentes, calcular peligrosidad e identificar zonas vulnerables, pero no determinar el día y la hora de un terremoto. Esa imposibilidad de anticipar un evento hace todavía más importante la prevención.

Los especialistas insistieron durante décadas en la idea y el acto de prevenir. Como solía advertir el reconocido geólogo José Viramonte, los antecedentes permiten considerar posible la ocurrencia de un terremoto importante, aunque nadie pueda establecer cuándo. "Puede suceder dentro de décadas o siglos", aclaró tiempo atrás el geólogo Jorge Torres.

El 25 de agosto de 1948 un temblor de 7 de magnitud hizo temblar Salta. Esa madrugada, de hace 78 años, los salteños escucharon el crujir de la tierra y de las paredes, y vieron derrumbarse cuadros, estanterías y mamposterías. Hubo pánico y desesperación entre los vecinos, que decidieron salir a las calles e invocar protección al Señor y la Virgen del Milagro.

En 1973, por ejemplo, se registró en territorio salteño un terremoto de magnitud cercana a 7,3.

La memoria que dejó El Galpón

No hace falta, sin embargo, retroceder tanto para encontrar episodios dramáticos. El 17 de octubre de 2015, a las 8.33, un terremoto de magnitud 5,9 sacudió El Galpón. Las campanas de la parroquia comenzaron a sonar por el movimiento mientras viviendas, negocios y edificios públicos sufrían daños.

Hubo paredes derrumbadas, grietas y serios deterioros en la escuela Magdalena Güemes de Tejada y en la parroquia San Francisco Solano. En una antigua vivienda de avenida Eva Perón 280 murió Alberta Flores, una docente jubilada de 94 años muy querida en la localidad.

Aquel episodio mostró cómo un terremoto de magnitud menor a otros registrados históricamente puede convertirse en tragedia cuando encuentra construcciones vulnerables.

Cinco años antes, Salta había sufrido otro fuerte impacto. Fue el 27 de febrero de 2010, cuando un terremoto de magnitud 6,1 provocó dos muertes directas, numerosos heridos y graves daños materiales. Uno de los sectores más castigados fue la Quebrada del Toro, donde 57 casas quedaron destruidas y otras presentaron daños estructurales.

En Campo Quijano y las zonas serranas unas 250 familias resultaron afectadas. Muchos damnificados debieron permanecer durante meses en carpas mientras avanzaba la reconstrucción.

En La Merced murió Mariano Fabián, un niño de 9 años, luego de que una pared cayera sobre él. Sus hermanos resultaron heridos. En finca Los Nogales, en La Silleta, Demecio Borjas, de 58 años, perdió la vida atrapado bajo los escombros de una vivienda. Las réplicas continuaron durante semanas.

Una normativa que debe cumplirse

Aquellos antecedentes deberían funcionar como una advertencia permanente. Desde 1980, las construcciones públicas y privadas deben ajustarse a normas sismorresistentes. Salta dispone de reglamentaciones específicas y de conocimientos técnicos suficientes para disminuir los daños frente a un terremoto. El problema aparece cuando las normas no se cumplen, los controles son insuficientes o las construcciones se modifican sin respetar los criterios establecidos.

Hospitales, escuelas, edificios administrativos, viviendas, comercios y estructuras con alta concurrencia deben ser controlados bajo parámetros acordes a una provincia sísmica.

Cada hospital, establecimiento educativo, oficina pública e institución debería contar con planes de contingencia conocidos y practicados. Las rutas de evacuación, los puntos seguros, los simulacros y la capacitación de la población no pueden aparecer únicamente después de una tragedia.

La provincia no puede evitar los terremotos ni predecir el próximo gran movimiento, lo que sí puede es decidir cuánto está dispuesta a hacer antes de que ocurra. La diferencia entre una emergencia controlable y una catástrofe suele construirse mucho antes del primer sacudón.

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