¿Quieres recibir notificaciones de alertas?

Su sesión ha expirado

Iniciar sesión
PUBLICIDAD

El fallo digital: la Justicia en redes sociales

Por Néstor Cruz, doctor en Comunicación Social, magister en Administración de Empresas y especialista en Comunicación de Crisis. Y, Alejandro Alonso, doctor en Ciencia Política, magíster en Gestión de la Comunicación en las Organizaciones.
Viernes, 14 de agosto de 2026 08:09

Escuchar esta nota - 00:00

Hay un momento incómodo que cualquier miembro del poder judicial podría reconocer hoy: el instante en que una resolución todavía no firmada ya circula en las redes sociales, recortada en primicia, con placa roja, acompañada de un hashtag mediático. El expediente dejó de ser un objeto reservado a las partes para convertirse en materia prima de la conversación digital. La mutación de actores sociales y legitimidad pública reorganiza el ámbito social, político y judicial.

Habermas describió la esfera pública burguesa como el espacio entre la sociedad civil y el Estado donde los privados se reúnen como público y ejercen la crítica racional mediante el uso público de la razón. La promesa era que la mejor argumentación se impusiera sobre la posición de quien argumenta. El propio Habermas advirtió después el riesgo: la esfera pública podía refeudalizarse, volver a ser escenario de exhibición de prestigio antes que ser un ámbito de deliberación. Las plataformas no inventaron ese riesgo; lo industrializaron. En una arquitectura que monetiza la atención no se impone el mejor argumento sino el que retiene el scroll y la deliberación se comprime en un formato de indignación de tres segundos.

Conviene entonces introducir una distinción que la discusión pública suele saltear: no toda conversación digital sobre la justicia constituye presión sobre la justicia. Hay una diferencia analítica entre el comentario —difuso, disperso, evaluativo— y la demanda: la petición articulada, con destinatario identificable, expectativa de respuesta y costo reputacional en caso de silencio. Cuando una tendencia nombra un juzgado, precisa una resolución esperada y fija un plazo simbólico, ya no estamos ante opinión sino ante una interpelación con estructura de exigencia. El fenómeno admite dos caras —comunidades que reclaman celeridad en causas determinadas— y otra muy inquietante: campañas coordinadas que buscan condicionar el sentido de un fallo antes de que se dicte.

Para entender por qué la demanda opera sobre quien decide, sirve George Homans y la teoría del intercambio social. Homans sostuvo que la conducta social se explica como intercambio de bienes materiales y no materiales —aprobación, estima, prestigio— y que los actores tienden a repetir aquello que resulta recompensado. El punto no es que los jueces vendan fallos. Es algo más elemental: el costo reputacional de una decisión impopular siempre existió; lo nuevo es que ahora se cobra en tiempo real y es cuantificable. Un magistrado que resuelve conforme al derecho pero contra la tendencia paga en horas lo que antes se saldaba en años, o no se saldaba nunca. La independencia judicial, así, no se juega solo en el diseño institucional: se juega en la capacidad de sostener una decisión cuando el castigo llega en forma de miles de citas hostiles y llega esta misma tarde.

De esta manera, podemos afirmar que los trolls no son insultadores anónimos sino operadores de encuadres. Su función no es persuadir sino ocupar el espacio de la conversación, elevar artificialmente la percepción de consenso y desplazar el eje desde el contenido de la decisión hacia la persona que decide. Las redes no distribuyen información al azar; operan como cámaras que amplifican los mensajes congruentes con el encuadre dominante de cada comunidad, y el troll explota esa arquitectura. Aplicado a la justicia, el efecto es preciso: una campaña coordinada puede fabricar la apariencia de una demanda social masiva contra un magistrado sin que exista, detrás, sociedad alguna. El costo social que describe Homans es real; lo que no siempre es real es el público que lo impone. Un juez que lee esa saturación como opinión pública no está cediendo ante la sociedad: está respondiendo a un artefacto.

Frente a este ecosistema de interpelaciones algorítmicas, la intervención del Poder Judicial no puede quedar supeditada a la improvisación táctica ni a la reacción espasmódica ante la contingencia digital. Desde los aportes de la gestión estratégica de la comunicación, habitar el espacio público institucional exige superar la acumulación de actos aislados para orientar la intervención hacia objetivos claros. En este sentido, distinguir entre la acción a corto plazo y una verdadera visión estratégica permite advertir que, cuando los operadores judiciales carecen de una dirección deliberada sobre su presencia en redes y medios, el vacío resultante no permanece inerte: es ocupado de inmediato por la proliferación del rumor y por flujos de interpretaciones desreguladas. Planificar la comunicación en el ámbito de la justicia implica, por lo tanto, reconocer que la palabra pública no constituye un mero trámite del expediente, sino un puente fundamental de vinculación con la sociedad que, gestionado con rigor, restringe los márgenes de opacidad institucional y reduce la vulnerabilidad ante la fabricación artificial de consensos.

En el actual entramado algorítmico, la presión sobre las decisiones judiciales rara vez se ejerce mediante argumentos jurídicos transparentes; opera, por el contrario, a través de un ocultamiento deliberado donde los flujos de sentido y los encuadres digitales funcionan como mecanismos cerrados cuyos engranajes nadie ve. Los operadores de la opinión en redes no buscan un debate racional, sino colonizar el espacio público mediante una lógica invisible que instala sospechas, desfigura los procesos y condiciona el clima social antes de que el propio expediente hable. Cuando el Poder Judicial se subsume a esta lógica y confina su vínculo con la comunidad al ritual de los estrados, abdica al único terreno donde su autoridad se renueva: la deliberación pública. En ese vacío, la legitimidad institucional queda a merced de espejismos digitales que fabrican el simulacro de una multitud furiosa, ariete de intereses que operan en las sombras.

Temas de la nota

PUBLICIDAD

Te puede interesar

PUBLICIDAD
PUBLICIDAD

Temas de la nota

Últimas noticias

PUBLICIDAD