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Al amanecer del 20 de agosto de 1965, día de la fiesta patronal de Coronel Moldes, llegamos a esa localidad en el coche motor (Ganz Mod.1936) que por entonces cubría el servicio de pasajeros entre Salta y Alemanía. Nos había invitado Sergio Mintzer, compañero de la Facultad de Ciencias Naturales y aunque por su apellido germano engañe, era moldeño hasta los tuétanos.
No bien pisamos el andén de la estación nos llevamos una sorpresa: a la puerta, había un cochero con su carruaje idéntico a los de la plaza 9 de Julio (Victoria) y que obviamente, por unos pesos podía llevar dos o tres pasajeros –más no entraban- hasta el centro del pueblo, distante a un kilómetro. Poco después nos enteramos que en la siguiente estación, Castañares, había otro cochero que cubría los 6 o 7 kilómetros que había hasta el pueblo de La Viña. La diferencia era que al coche del "viñatero", lo tiraba una yunta de equinos dada la distancia a recorrer.
Pero de la sorpresa de encontrar un coche de plaza en Moldes pronto pasamos a otra más sustanciosa: en el pasado casi reciente, se aparecía en el pueblo un cochero fantasma que ponía los pelos de punta a los lugareños. Era cuando la localidad aún carecía de luz eléctrica.
La historia
La historia fue contada por un criollo del lugar al que apodaban "Leche Momy", en contraposición, según decían, a su afición por empinar el codo con jugos de uva procedentes de Cafayate. El asunto es que en ese grupo de lugareños reunidos bajo la carpa del baile popular con el que se daba por concluida la fiesta patronal de San Bernardo, don "Momy", contó la historia del cochero que sabía asustar en el Moldes de antaño. "El auriga o cochero había comenzado a asustar –dijo Momy- allá por los años de 1920, luego que falleciera trágicamente al ser arrollado por un tren en un paso a nivel rural cercano a Osma.
Al parecer, el hombre conocido como Serafín, estaba realizando un flete de mercadería hasta aquel paraje despachado por un almacenero sirio de Moldes. Al momento de la tragedia, el cochero conducía un carruaje que aquí en Salta le llamaban "breque" y que era tirado por dos caballos. El coche era de cuatro ruedas, dos de ellas articuladas, tenía toldo y podía transportar además del conductor, hasta seis personas sentadas. Pero como ocurrió en este caso, el "breque" también servía para hacer fletes con cargas menores.
El hecho es que en aquel paso a nivel que ya no existe, el carruaje fue atropellado por una locomotora a vapor que arrastraba varios vagones procedentes de Salta. El impacto fue tremendo y en el acto dejaron de existir Serafín, conductor del "breque", un changuito que siempre lo acompañaba y los dos caballos de tiro. La muerte del cochero causó en Moldes, como es de imaginar, gran consternación pues además de ser el hombre muy conocido era muy estimado en el pueblo. Pero como siempre ocurre, luego de sus exequias, los rezos de las nueve noches y la implantación de una cruz en su sepultura y otra en el paso a nivel de Osma, el recuerdo del difunto comenzó a declinar con el paso del tiempo hasta que finalmente pasó al olvido. Cosa que al parecer no fue muy del agrado del finado Serafín, a punto tal que años después del lamentable suceso, los moldeños comenzaron a escuchar de noche el paso de un carruaje por el callejón de la estación (RP47) casi siempre después de las doce. Al principio ese ruidaje, característico del andar de los carros, no les llamó la atención pero así fue hasta que una vecina acuciada por la curiosidad se le dio por espiar por el postigo de su ventana, y así enterarse de quién era el que a deshora de la noche pasaba por el callejón, ya que por esos tiempos eran pocos los que en Moldes tenían esa movilidad, pues la mayoría trajinaba en sulky.
El paso del carro
Y así fue que la curiosa mujer eligió una noche de luna para develar lo que tanto le intrigaba. Se ubicó detrás de la ventana y allí esperó pacientemente el paso del carro, espera que al rato dio sus resultados. Bien pasada la medianoche, por el callejón de siempre vio venir un carro, pero no uno cualquiera sino el de Serafín, el mismo que el tren hacía años había destruido en Osma. Y peor aún, lo conducía su difunto dueño, lo acompañaba el changuito de siempre y era tirado por sus dos zainos, todos muertos casi una década atrás.
Al ver esto, la mujer casi se desmaya y aún más cuando alguien llamó a la puerta de su casa. Aterrada pero movida por una fuerza superior a su voluntad, caminó por el zaguán y entreabrió la puerta de calle. Y allí, a su frente estaba el mismo chico que había muerto con el cochero hacía años, entregándole un paquete largo envuelto en papel mientras le pedía que lo guardara, que no lo abriera pues alguna vez volvería por él. Y antes de irse dejó una velada amenaza: "si no cumples, serás una condenada en vida" y desapareció en la oscuridad.
Aterrorizada, al día siguiente bien temprano, la mujer recurrió al párroco del pueblo pero cuando llegó al templo vio que eran varios los vecinos que estaban en la misma situación. Con temor, habían concurrido con sus paquetes de papel entregados aquella noche por el chico, paquetes que al ingresar a la iglesia misteriosamente había levantado temperatura. Y cuando el cura supo lo de la calentura de los paquetes y de lo ocurrido por la noche, de inmediato echó mano al acetre con agua bendita y cuando con el hisopo salpicó los bultos, se escuchó clarito en el templo el silbo característico de cuando el agua cae sobre una superficie muy caliente. Ante ello todos abandonaron el lugar más aterrorizados que antes pero sin abandonar los paquetes.
Consejos de Eulogia
Al mediodía, el pueblo hervía de comentarios, todo el mundo estaba atemorizado hasta que alguien atinó a dar un consejo: "hay que consultar sobre esto –dijo- a doña Eulogia". Esta señora era una viejita casi centenaria que vivía al final del pueblo, camino a La Viña y que según decían, era la sabiduría andante. Y hasta allí llegaron varios de los asustados a consultar con la sabia anciana. Doña Eulogia escuchó atentamente y al final dijo que ella, que había conocido muy bien a Serafín el finado, sabía que el alma de este difunto estaba despechado por tanto olvido, pero si se lo comenzaba a recordar, su alma se aquietaría. Hay que echarles responsos en la tumba, llevarle flores y encenderle velas los lunes que es el día de las almas. Si hacen esto, Serafín dejará de andar penando y asustando a la gente del pueblo", concluyó doña Eulogia.
Y así fue, todos los moldeños comenzaron a cumplir con los consejos arrimados por la anciana: encargaron misas, responsos, llevaron flores a su tumba y repusieron las cruces del cementerio y del viejo paso a nivel de Osma. A los pocos días, el breque de Serafín dejó de circular y lentamente Coronel Moldes comenzó a ser el de antes, el de los años de 1920", y así "Momy" concluyó su historia de Serafín, el "cochero fantasma".
La rueda de amigos quedó en silencio hasta que uno de ellos, el apático y y escéptico que nunca falta en los pueblos chicos y grandes tambien, rompió el silencio y sentenció: "Eso fue todo armado por el cura con algunas viejas del pueblo para engordar la limosna". Y dicho esto se levantó molesto y abandonó la rueda de amigos. Uno de ellos alcanzó a decir: "Ufa, este siempre el mismo… como es comunista…".
La muerte del comunista
Minutos después, gran revuelo de gente. A la puerta del baile había caído como fulminado por un rayo don Liborio Liendro, "don contrera" como le decían, el mismo que bastante molesto acababa de abandonar la rueda de amigos. Creer o reventar.