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VIDEO. Conoció cárceles tras la detención de su hijo, inspiró una película y en Salta para concientizó sobre el servicio penitenciario

“Con la baja de la edad de imputabilidad van a meter a los pibitos en un container y cuando salgan a los 40 no habrán aprendido nada”, dijo Andrea Casamento, cuya historia se hizo conocida a partir de "La mujer de la fila", la película protagonizada por Natalia Oreiro e inspirada en su vida. 

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Andrea Casamento llegó a Salta para participar de un ciclo de cine-debate y mantener encuentros con familiares de detenidos. En diálogo con El Tribuno, cuestionó las condiciones de las cárceles argentinas, aseguró que las familias terminan sosteniendo buena parte de la vida cotidiana de los presos y advirtió sobre las consecuencias de bajar la edad de imputabilidad sin una política integral destinada a los adolescentes.

¿Qué balance hace desde aquel momento en que detuvieron a su hijo hasta ahora? ¿En qué le cambió la vida?

Me cambió la vida, primero, porque mi hijo recuperó la libertad. Pero también me cambió conocer la cárcel. Yo tenía 40 años y la cárcel era un lugar que conocía de oídas, sabía que existía, pero estaba muy lejos de mi realidad. Nunca pensé que podía estar en esa situación. La verdad es que lo que pasaba dentro de las cárceles no me importaba porque era algo muy lejano a mí. Cuando la conocí, me interpeló para siempre.

La conoció a partir de la detención de su hijo.

Sí. Mi hijo estuvo seis meses preso y después fue absuelto porque se comprobó que no tenía nada que ver con el hecho que se le imputaba. Pero conocí la cárcel y empecé a preguntarme cómo podía ser que uno llegara a un lugar y no hubiera un cartel que indicara qué podía llevar, qué no, qué día o a qué hora. No podía creer que no comieran si nosotros no llevábamos la comida. Quienes hayan visto los afiches de la película van a ver que se llama 'La mujer de la fila' justamente porque somos mujeres cargando bolsos llenos de comida y haciendo fila para ver a nuestros familiares. Y no llevamos comida para que coman algo rico: llevamos comida porque, si no, no comen.

Esa comida después se reparte entre cuatro o cinco personas. Somos las familias quienes sustentamos la cárcel. Eso pasaba hace 20 años y sigue pasando ahora.

¿El Servicio Penitenciario no les garantiza la alimentación?

No alcanza el presupuesto. Si uno mira cómo se conforma el presupuesto del Servicio Penitenciario, alrededor del 80% se destina a los sueldos del personal, que también son bajos. Y con el resto hay que brindar salud, educación, comida y ropa. Es imposible. Vengo ahora de Paraguay, donde se destina alrededor de un dólar y medio por día para que una persona presa coma, se eduque y tenga servicios médicos. En Argentina debe andar por cifras similares. Los números no dan.

Yo creía que si a alguien le dolía una muela iba al dentista; que tendría, no digo lujos, pero por lo menos cuatro comidas al día y una sábana. Y hay lugares donde viven diez personas en un espacio reducido y tienen que compartir colchones. Hay cárceles de este país donde el agua ni siquiera es potable.

Entonces la pregunta es: ¿cómo el Estado decide encerrar personas en lugares donde no puede darles de comer ni educarlas? Ahí empecé a pensar que esto de que las cárceles son para la rehabilitación y no para el castigo es teórico. Lo que estamos avalando es enjaular personas para que cumplan un castigo.

¿Qué fue lo que más la interpeló de esa realidad?

Pensar qué hubiera pasado si a mi hijo le tocaban 20 años en ese sistema. ¿Cómo hacer para que después no salga enojado? ¿Cómo hacer para que no se convierta en un delincuente? Empecé a mirar todo eso y después entendí que no era solamente lo que me pasaba a mí: les ocurría a otras compañeras. Ahí armamos la asociación de familiares.

Después vimos que no les pasaba solamente a las mujeres de la provincia de Buenos Aires, sino en todas las provincias. Y más tarde descubrimos que sucede en todos los países de la región. Formamos una red internacional de organizaciones de familiares y todas las mujeres decimos lo mismo: tenemos que trabajar el doble, para sostener nuestra casa y para sostener la cárcel.

¿Por qué son principalmente las mujeres las que acompañan a las personas detenidas?

Casi el 90% de la población penal son varones y el rol del cuidado siempre se nos delega a las mujeres. Son las madres, las esposas, las hijas las que van, llevan comida y hacen un esfuerzo para sostener a esa persona.

Andrea Casamento en una entrevista con El Tribuno.

En las cárceles de mujeres ocurre algo diferente: reciben muchas menos visitas. Muchas veces hay otra mujer, por ejemplo una abuela, que quedó al cuidado de los hijos de la detenida y tampoco tiene tiempo ni recursos para visitarla. El acompañamiento sigue recayendo sobre las mujeres.

¿Cómo observa la situación actual de la Argentina en materia de derechos y políticas penitenciarias?

Creo que en Argentina, y también en otros países, estamos atravesando un retroceso respecto de garantías de derechos importantes. Muchas veces aparece como ejemplo el sistema de Bukele, pero Argentina no tiene el mismo tipo de delitos que El Salvador. No tenemos maras.

Además, lo que ocurrió allí no fue solamente construir una megacárcel. También hubo una ocupación de los barrios donde estaban los narcos y las maras y apareció el Estado para garantizar educación y salud a esos niños. Cuando el Estado empieza a ocupar esos lugares, la situación comienza a mejorar porque se reduce el espacio para ese tipo de delitos. Creo que eso fue lo que realmente funcionó. La megacárcel es lo que se muestra para la galería.

¿Qué política carcelaria observa actualmente en la Argentina?

No hay ninguna. Si la política es pegarles a personas que van a reclamar por los derechos de los jubilados y encerrarlas en una jaula porque cortaron una calle, lo que terminás haciendo es colapsar las cárceles. Y al colapsarlas también juntás unos con otros. Un pibe que está ahí porque cortó una calle termina aprendiendo del otro que es narco. No hay una política de reinserción ni una mirada sobre para qué encerramos a la gente.

Si una persona es violenta, la encerramos para que deje de pegarle a una mujer. Pero pensar que solamente encerrándola vamos a conseguir que corrija esa conducta es una ilusión. Hay que trabajar con esa persona, entender por qué es violenta y generar herramientas para que cuando salga no vuelva a violentar a esa mujer ni a ninguna otra.

¿La falta de políticas de reinserción explica parte de la reincidencia?

Siempre. Y no es de ahora, viene desde hace muchísimo tiempo. No tenemos números demasiado claros sobre el índice de reincidencia, pero cuando uno habla con personas que cumplen condenas largas escucha: “Esta es mi segunda condena” o “esta es mi tercera condena”.

Entonces hay que pensar que algo no está funcionando. Si el Estado tiene a una persona durante diez años y no pudo hacer nada para que cambie, y esa persona sale y vuelve a hacer lo mismo, estamos gastando dinero en algo que no nos está dando lo que todos los ciudadanos pretendemos: estar más seguros y que no nos roben. Hay que empezar a mirar ahí.

Su hijo tenía 18 años cuando fue detenido. ¿Qué piensa de la baja de la edad de imputabilidad?

Es un problema, porque no se trata solamente de bajar la edad. Si lo que el Estado tiene para ofrecerles a esos chicos es lo mismo que tiene para ofrecerles a los adultos, va a fracasar. Ya está fracasando con los adultos: veamos la reincidencia. Si les ofrecemos a los chicos exactamente lo mismo, estamos en problemas.

Es cierto que había un gris en la Ley Penal Juvenil que había que pensar y acomodar. Pero la pregunta es: ¿a dónde los van a poner? Como dijo Patricia Bullrich, van a ponerlos en la cárcel de Ezeiza, van a abrir un container y van a tirar pibitos ahí. Pibitos que van a entrar muy jóvenes, que pueden salir a los 40 y que no van a haber aprendido nada en la vida.

Para aprender a jugar a la pelota tenés que ir al parque. No podés aprender a jugar a la pelota dentro de un ascensor. De la misma manera, no se puede aprender a vivir en libertad dentro de una cárcel. Es imposible.

Vivir en libertad se aprende en la vida misma. De manera paulatina aprendés una profesión, a trabajar, un oficio; al principio te equivocás y después vas aprendiendo. Eso es lo que necesita un chico.

¿Cómo está hoy su hijo después de aquella experiencia?

Mi hijo estuvo poquito tiempo preso. Una vez le pregunté si le molestaba que yo siguiera hablando de estos temas. Me dijo: “Yo quiero seguir mi vida y no quiero hablar más de este tema. Vos decí todo lo que tengas para decir”. Siempre se lo respeté.

Natalia Oreiro protagoniza la película "La mujer de la fila".

De hecho, el nombre de mi hijo no es el mismo que aparece en la película. Hoy tengo una nieta de cinco años y él hizo su vida, fue creciendo. Y bueno, con esta madre que le tocó, que sigue hablando de estos temas, ¿qué va a hacer?

Su historia también incluye haberse enamorado de una persona que estaba detenida. ¿Cómo atravesó ese proceso?

Uno se enamora. Quizás lo más trabajoso es explicar cómo seguimos juntos después de 20 años. Y seguimos porque somos compañeros, porque encontramos una manera de crecer y de intentar ser mejores en esta vida, porque uno y otro nos sumamos. Tenemos un hijo que ya tiene 21 años.

La película muestra también el prejuicio del entorno hacia la cárcel y las personas detenidas. ¿Usted lo sufrió?

Sí, pero era el mismo prejuicio que yo tenía antes. A mí esto no me iba a pasar. La cárcel no es algo lindo ni es fácil de hablar. Cuando se enferma un hijo o tu marido, una enfermedad es algo que uno puede entender y acompañar. La cárcel es diferente porque existe mucho prejuicio: se supone que ahí va lo peor de lo peor, los más malos de los malos, lo más oscuro de lo más oscuro. Ese prejuicio existe.

¿Cómo compatibiliza su defensa de los derechos de los presos con el reclamo de una víctima para que se cumpla una condena?

Cuando te matan un hijo no hay años de condena que alcancen. ¿Cuál sería la justicia? Tu hijo ya no está y eso no se paga con el dolor del otro. Si lo que pretendemos es que el otro sufra eternamente porque mi hijo no está, igualmente mi hijo no va a volver. No se puede mensurar el dolor.

Mientras tengamos la cárcel como sistema para separar a determinadas personas de la sociedad, tenemos que intentar que sea lo menos salvaje posible. Hoy es muy salvaje.

Si una persona necesita un medicamento y no lo tiene, alguien puede decirme que afuera también hay gente que necesita medicamentos y no los tiene. Es cierto, pero esa persona que está afuera está libre y tiene la posibilidad de buscar ayuda. Si nosotros decidimos encerrar a alguien con llave, tenemos la obligación de darle ese medicamento.

El Estado no puede decidir que hay vidas de primera y vidas de segunda. Debe garantizar la salud para todos, incluso para aquellos a quienes decidió encarcelar.

¿El Estado debe garantizar también que la condena se cumpla en las condiciones establecidas por la ley?

Integralmente. Así como nos ocupamos de que se cumplan los 20 años de una condena, tenemos que ocuparnos de que esos 20 años se cumplan como manda la ley. Porque si esa persona está presa porque incumplió la ley, el Estado no puede incumplirla también.

¿A qué vino a Salta?

Vine invitada por la Facultad de Humanidades, que comienza un ciclo de cine-debate. Se va a proyectar la película en la universidad y después habrá un foro, un espacio de conversación.

También quiero agradecer al Mecanismo de Prevención de la Tortura de Salta, que habilitó un espacio para que podamos conversar con familiares. La idea es que en cada lugar al que vamos pueda generarse un espacio para que los familiares cuenten qué les pasa y puedan hacer, desde Salta y desde sus lugares, lo mismo que nosotros hacemos desde Buenos Aires.

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