inicia sesión o regístrate.
Cada 28 de agosto, la Argentina conmemora el Día de la Ancianidad. Pero, más que una fecha en el calendario, debería ser una oportunidad para preguntarnos qué lugar estamos dando a nuestros adultos mayores y qué sociedad queremos construir para ellos.
Hablar de vejez es hablar de la vida en una etapa que puede ser la mejor que hayamos experimentado, cuando ya nos hemos postergado por el trabajo, la familia o las aspiraciones de progreso económico. Pero ahora es momento de cumplir aquellos sueños que fueron relegados y hacer lo que siempre quisimos hacer.
Una persona mayor no tiene una edad avanzada. Tiene todas las edades acumuladas en su interior porque conserva la inocencia de un niño y los sueños de un joven, y ha ganado conocimiento, sabiduría y el poder de la experiencia. Hablar de gente mayor es hablar de historias, experiencias, esfuerzos, familias construidas, trabajos realizados, sueños cumplidos y también de sueños que todavía esperan una oportunidad.
Cuidados
Sin embargo, muchas veces nuestra sociedad parece mirar a las personas mayores solamente desde sus necesidades. Se habla de jubilaciones, medicamentos, enfermedades o cuidados, pero se olvida algo fundamental: las personas mayores no son solamente personas que necesitan cuidados; son personas que tienen derechos, capacidades, deseos y mucho para aportar.
El Día de la Ancianidad tiene sus raíces en una decisión histórica de nuestro país. El 28 de agosto de 1948, durante el gobierno de Juan Domingo Perón, Eva Perón proclamó los Derechos de la Ancianidad, un conjunto de principios destinados a reconocer la dignidad y la protección de las personas mayores.
Aquel documento representó un importante antecedente en materia de derechos sociales y planteó cuestiones que siguen teniendo plena vigencia: el derecho a la asistencia, a la vivienda, a la alimentación, al vestido, al cuidado de la salud, al esparcimiento, al trabajo, a la tranquilidad y al respeto.
Con el paso de las décadas, la mirada sobre la vejez fue evolucionando. Hoy entendemos que las personas mayores deben ser consideradas sujetos plenos de derechos y que la sociedad tiene la responsabilidad de garantizarles una vida digna, autónoma y libre de discriminación.
Pero las leyes y las declaraciones, por sí solas, no alcanzan. El verdadero desafío comienza en nuestra vida cotidiana. Comienza cuando visitamos a un adulto mayor que vive solo. Cuando escuchamos con paciencia a nuestros padres o abuelos. Cuando no tratamos a una persona mayor como si fuera invisible. Cuando respetamos sus decisiones. Cuando evitamos los prejuicios que identifican la vejez con la incapacidad. Cuando una institución abre sus puertas para que los adultos mayores puedan participar, expresarse y sentirse protagonistas.
También comienza cuando enseñamos a nuestros niños que respetar a una persona mayor no es simplemente una cuestión de educación: es reconocer el valor de toda una vida.
La soledad es quizás una de las formas más silenciosas de exclusión. Una persona puede estar rodeada de gente y, sin embargo, sentirse profundamente sola. Por eso, acompañar, escuchar, conversar, compartir un mate, una caminata o simplemente dedicar unos minutos de nuestro tiempo puede tener un enorme significado.
El trato
Necesitamos construir una sociedad donde nadie sea descartado por cumplir años. Una sociedad que comprenda que envejecer no significa dejar de participar, aprender, amar, trabajar, crear proyectos o soñar. Y hay algo más que deberíamos recordar: todos, si tenemos la fortuna de vivir muchos años, vamos camino a ser adultos mayores.
La forma en que hoy tratamos a quienes ya llegaron a esa etapa de la vida será, algún día, la forma en que nuestra propia sociedad nos tratará a nosotros. Por eso, el 28 de agosto no debería ser solamente una fecha para saludar a nuestros mayores. Debería ser una invitación a comprometernos.
Compromisos
A recuperar los vínculos entre generaciones. A combatir el edadismo y la discriminación. A fortalecer las redes comunitarias. A promover el voluntariado. A generar espacios donde las personas mayores puedan participar activamente y sentirse valoradas.
Porque una sociedad verdaderamente solidaria no se mide solamente por la manera en que acompaña a quienes comienzan la vida, sino también por la manera en que abraza a quienes han recorrido gran parte del camino.
El Día de la Ancianidad nos recuerda algo sencillo, pero profundo: cada persona mayor representa una historia que merece ser escuchada, una vida que merece ser respetada y una dignidad que nunca debe perderse.
Y quizás el mejor homenaje que podamos hacerles no sea solamente recordarlos el 28 de agosto, sino procurar que durante los otros 364 días del año tengan algo que todos necesitamos para vivir: respeto, compañía, afecto y la certeza de que todavía tienen un lugar importante en nuestra sociedad.
Buen trato a las personas mayores.
.