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Cuando la tierra tembló en Cerrillos: una noche de miedo, fogatas y solidaridad

Eran las 3. 09 del 25 de agosto de 1948, cuando un violento sismo estremeció el norte. Epicentro: Estancia "El Rey", Anta. 
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La familia dormía tranquilamente aquella fría noche del 24 y 25 de agosto de 1948. Padre, madre y sus tres hijos, el más pequeño de solo dos meses, ocupaban un dormitorio de aquella casona de adobe construida casi un siglo antes.

De pronto, la tierra se estremeció con violencia y comenzó a temblar mientras se escuchaba un ruido subterráneo como si decenas de carros estuviesen descargando piedras. Las paredes se arqueaban como si fuesen de tela en tanto la lámpara que colgaba del techo se movía de un lado a otro mientras la luz titilaba. El primero en reaccionar ante semejante sacudón fue el padre que bien logró incorporarse, corrió hacia la cama del hijo más cercano. Lo levantó en brazos con colchas y colchoncito y lo llevó hasta el patio luego lograr de atravesar un zaguán y una galería. Bajo el encatrado de una enredadera que estaba en flor, dejó al pequeño y las cobijas y de inmediato regresó a las zancadas por el resto de la familia, mientras la tierra se seguía sacudiendo y el río subterráneo de piedra no se acallaba. Ya en el dormitorio tomó el segundo niño también con sus cobijas, tratando a la vez de ayudar a su mujer que caminara en la oscuridad pues la luz finalmente se había cortado en todo el pueblo. La madre se negaba a dejar solo al más pequeño pero aun así salió de la habitación convencida por su esposo que pronto regresaría por la tercera criatura. Y así, casi a los tropezones caminaron hasta alcanzar el encatrado. El padre, tal cual lo prometido, regresó de inmediato por el más pequeño para intentar rescatarlo de un lugar que parecía derrumbarse de un momento a otro. Lo rescató y cuando lo dejó en los brazos de su desconsolada madre el movimiento del suelo por fin cesó. Y aunque no se crea, la tierra había vibrado con inusitada violencia al principio por unos 25 segundos a partir de las 3 y diez de la madrugada.

Pero la tarea de aquel padre que casi mudo corría de la casa al patio no había finiquitado. A las zancadas regresó a la casona desoyendo a su mujer que le pedía casi a los gritos que no lo hiciera pues los últimos estertores del sismo habían derrumbado con gran estrépito una pared lindera de más de dos metros de alto y unos tres de largo, mientras que desde un árbol cercano, se escuchaban los aleteos y píos de los pájaros que caían entre las ramas a causa del sismo. Pero el marido obstinado como él solo, ingresó a la casona y de la cama grande atinó a levantar colchón y cobijas que trasladó al hombro hasta el encatrado cuando del sismo solo quedaba un rumor.

Ya más calma la familia, padre y madre se dieron a la tarea de acomodar cobijas para proteger a los pequeños de tres años y medio el primero, dos el segundo y dos meses el menor. Ahora ya estaban sobre un buen colchón de lana, tapados con mantas y almohadas y por suerte con el suelo seco. Fue entonces que la madre, devota de la Virgen del Valle por herencia de su madre, comenzó a orar para agradecer que haya cesado el temblor. Y en eso estaba cuando un nuevo movimiento de la tierra hizo que el temor regresara y ella intensificara las oraciones a la Virgen. De pronto y en medio de la oscuridad, se escuchó el derrumbe con gran estrépito de otra pared. Esta vez era una tapia del sector norte del inmueble, ubicada a pocos metros del encatrado que cobijaba a la familia. Son las réplicas dijo el padre y a poco agregó: "seguramente habrá otros más…". Y dicho esto, se encaminó hacia la casa y cuando su compañera preguntó razones respondió que trataría de descansar pues el colchón aun siendo grade no alcanzaba para todos.

El pasador

Pero el padre no pudo descansar mucho pues a poco de recostarse en una de las camas, sintió que una de las puertas de calle vibraba. Salió corriendo hacia el encatrado pero su mujer, ya más serena, le hizo caer en cuenta que la causa de las vibraciones de las puertas las generaba el tren que a esa hora solía pasar rumbo a Quijano para regresar a Salta a las 7.

Pero aun había que esperar en vela el amanecer y para que el sol asome faltaban dos largas horas. De afuera llegaba el murmullo de la gente que atemorizada había ganado la calle y por miedo se negaba a regresar a sus casas. Esa madrugada casi todo el pueblo de Cerrillos amaneció en la plaza, el parque infantil y en todos los terrenos baldíos que por entonces abundaban. También se había juntado gente en la playa del ferrocarril junto a la estación, y en un baldío que había en la esquina del camino al cementerio y la calle principal del pueblo (RN9). En todos esos lugares la gente había echado mano a la leña y prendido fogatas para resguardarse del frío y de alguna manera también para iluminarse: la luz se había cortado.

Según testimonios brindados por vecinos dados a la tarea de recorrer el pueblo en automóvil para observar los daños, aquella noche en la plaza del pueblo se habían encendido varias fogatas. En una de ellas habían notado la presencia de don Abraham Ahanduni con sus hijos; en el lado opuesto a don Juan Macaferri quien había hecho encender grandes leños mientras su esposa (no vidente) ocupaba bien arropada, una silla-hamaca. A esa gran fogata se habían acercado numerosos vecinos, entre ellos las hermanas Luna que no paraban de orar rosario en mano; las familias de Cesar Rossi, de Néstor Sánchez, mientras que sobre la calle principal otro fuego cobijaba a don León Rodríguez dueño del Hotel y Bar "El Criollo" (años después sería el Bar de "La Cirila" y luego "Makú 70"); a las familia de Carím Mázere, de Amalia Sueldo y al herrero Dolores González. Y detrás de la Municipalidad ardía la fogata de la familia numerosa de don Eusebio Morales, placero y "escultor verde" de Cerrillos.

Sobre la calle principal de Cerrillos, en el espacio que había entre los cordones de las veredas y la cinta asfáltica de la ruta nacional, los vecinos habían encendido fuego y don Luis Oliver y Marcelo Santillán que habían recorrido el pueblo en automóvil, recordaban a las familia de Juan Plá, Arturo Russo, Abel Ruiz, Florentín Sayus y don Enrique Giampaoli que bien arropado, junto a su esposa se defendían del frío con un inmenso brasero. Más al centro, otra gran fogata cobijaba a Nicolás Defasio, Alberto Díaz, Nincasio Tejerina, el dueño del único colectivo de Cerrillos. Mientras Lorenzo Montoya, Juan Sánchez y José Luis Berrettoni habían hecho fuego en un baldío cercano donde se había juntado mucha gente. Por la calle a Rosario de Lerma contaron que también habían visto varias fogatas al igual que para el lado de La Merced.

En la Escuela Nacional N° 148 de La Falda que por entonces funcionaba en la sala de la finca de don Pedro Peretti, el temblor derrumbo los techos de teja y tejuela mientras que en el pueblo el edificio de la Escuela "Manuel Solá" no sufrió daño alguno. Lo mismo ocurrió en las viejas construcciones que alojaban las escuelas nacionales de Las Blancas que por entonces funcionaba sobre la actual RP24 (camino a Colón), Las Palmas que ocupaba una parte de la sala de esa finca propiedad de don Emilio Espelta y la de Río Ancho, construida sobre el viejo cauce del río homónimo. Ninguna de estas tres edificaciones de adobe habían sufrido daño, al igual que la Iglesia, la Municipalidad y la Comisaría.

En muchos inmuebles particulares los daños constatados solo fueron derrumbes de medianeras y tapias. Y aunque este temblor catalogado como terremoto por su intensidad (7.0 grados Richter) no tumbó ninguna casa del pueblo, ni siquiera las que por entonces tenían galería a la calle.

Primeras noches

Debido al temor, por tres noches muchas familias de Cerrillos durmieron en carpas, bajo las enramadas de los árboles de la plaza o de sus casas. Otras, utilizaron sus automóviles pero a medida que pasaron los días y mermaron las replicas del sismo, los hogares volvieron a la normalidad. Pero bueno, el tiempo que todo o casi todo lo cura, hizo su trabajo y meses después, el 25 de agosto, pasó a ser por Decreto Arzobispal de monseñor Roberto J. Tavella, el día de la entronización de las imágenes del Señor y la Virgen del Milagro, una disposición que rigió por muchos años. Antes de ello, esta ceremonia se realizaba en septiembre, solo unos días antes del novenario.

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