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La bicicleta de Juan Ramón Aguilera no es solamente un medio de transporte. Es su herramienta de trabajo, su compañera de todos los días y, de alguna manera, la síntesis de una vida entera dedicada a buscar la manera de salir adelante.
Se la ve preparada con cuidado, pensada para llamar la atención y mostrar los productos que lleva. Juan sabe que en la calle hay que mirar qué funciona, qué quiere la gente y cómo presentarlo. Porque, según aprendió después de casi toda una vida de ventas, “la gente compra lo que ve”. Por eso, mientras pedalea, observa. Prueba. Cambia. Se reinventa.
“Siempre me dedico a vender en la calle”, cuenta. Durante un tiempo tuvo una revistería, pero el negocio dejó de ser rentable. “Ya no se vende nada, ni diario”, explica. Entonces buscó otra alternativa: empezó a vender helados y también maní.
Hoy, parte de su mercadería son golosinas, aunque su actividad puede cambiar según el lugar, el clima y la oportunidad. “Siempre estoy buscando qué puedo vender. Qué se puede hacer”, dice.
No todos venden lo mismo. Juan lo sabe bien. Hay quienes tienen facilidad para vender gelatinas, otros Coca-Cola o cigarrillos. Él encontró su especialidad en las golosinas. “A mí me sale esto, pero si voy a vender Coca, no vendo”, reconoce con una sonrisa.
Una bicicleta armada de a poco
La bicicleta que hoy utiliza no apareció de un día para el otro. La fue armando de a poco, incorporando elementos y pensando especialmente en algo que para él resulta fundamental: que los productos estén a la vista. “Ya veo que a la gente le gusta ver”, explica.
Por eso procura que todo esté expuesto y cuidado. También sabe que dejar demasiado tiempo la mercadería al aire libre o bajo el sol puede arruinarla. La tierra, el calor y las condiciones de la calle son parte de los obstáculos cotidianos.
La solución fue adaptar su bicicleta y renovar permanentemente lo que necesita. “Estoy vendiendo y renovando, renovando”, resume. Y siempre en bicicleta.
Para Juan, además de ser una herramienta económica, pedalear tiene otro beneficio. “Andar en bici y caminar es algo saludable”, sostiene. Recorre grandes distancias y asegura que la bicicleta “ayuda un montón”.
Trabajar para que a sus hijos no les falte nada
Juan vive en barrio Primavera junto a su esposa y sus tres hijos: una adolescente de 14 años y dos chicos de 12 y 10.
La mayor parte de sus esfuerzos tiene un objetivo concreto: ellos. “Tratamos de no caer para que no pasen grandes necesidades, que no les falte nada”, cuenta.
La organización familiar también explica por qué eligió durante tantos años un trabajo que le permite manejar sus horarios. Llevar a sus hijos a la escuela, acompañarlos al médico y estar presente en sus actividades son responsabilidades que forman parte de su vida cotidiana. “Cuando tuve familia tuve que estar con ellos”, explica.
Para Juan, ser independiente laboralmente tiene un costo, pero también una ventaja. “Es sacrificado, pero a la vez puedo manejar mi tiempo”, resume.
Los números de una calle cada vez más difícil
El trabajo en la calle no garantiza un ingreso estable. Juan explica que sus mejores jornadas son los sábados, domingos y feriados. Paradójicamente, trabaja más cuando la mayoría descansa. “Yo voy al revés de la gente”, dice.
Un buen día puede representar entre $150.000 y $200.000 de ventas, aunque aclara inmediatamente que se trata de facturación, no de ganancias. Durante los días de semana, el movimiento puede caer hasta unos $40.000 o $50.000, una cifra que muchas veces no alcanza para cubrir todas las necesidades. Y ni siquiera puede salir todos los días.
Generalmente trabaja unas seis o siete horas y suele hacerlo durante la tarde. Los domingos, por ejemplo, puede comenzar por la mañana y luego trasladarse hasta la cancha de los barrios.
Allí encontró una clientela que ya lo conoce. “Ya todos tienen mi alias, tienen todo. Ya ni me preguntan el alias: ‘ya te pagué’, ya listo”, cuenta entre risas.
Es una señal de algo que para él resulta fundamental: la confianza que se construye después de años de estar en el mismo lugar, ofreciendo productos y tratando bien a la gente. “Un vendedor siempre tiene que salir confiado”.
Juan conoce de primera mano lo que significa levantarse cada día sin saber exactamente cuánto va a vender. Pero también aprendió que el ánimo es parte de la mercadería. “Un vendedor siempre tiene que salir confiado para vender, porque si se bajonea no vende nada”, afirma. Por eso trata de ponerle ganas incluso cuando las ventas son escasas. “Hay que buscar la vuelta”, repite.
Es una frase sencilla, pero resume buena parte de su historia. Cuando dejó de funcionar la revistería, buscó otra cosa. Cuando la venta de determinados productos no resultó, cambió. Cuando llega el calor, modifica el rubro. Cuando tiene una oportunidad en una cancha, va. La bicicleta se convierte así en un pequeño negocio ambulante que se mueve con él y que se adapta a cada jornada.
Una vida entera trabajando
Juan lleva casi toda su vida como comerciante y emprendedor. No habla del trabajo como una actividad pasajera ni como una solución temporal. Para él, trabajar es una forma de vida y también una manera de enseñarles algo a sus hijos. “Tenemos que trabajar, que los chicos estudien, para ser una persona digna”, sostiene.
También cuestiona a quienes se resignan frente a la falta de empleo. Su mensaje es directo: hay que salir a buscar oportunidades, aunque sean pequeñas y aunque impliquen comenzar de cero.
“Siempre está peleando por algo que valga la pena”, dice sobre esa actitud que considera necesaria para sostener a una familia.
Y agrega otra clave de su oficio: tratar de ser una buena persona. No solamente por convicción, sino porque en la calle las relaciones también construyen el negocio. Los clientes vuelven cuando encuentran respeto, confianza y buena predisposición.
“No se puede andar con mala cara”
Para Juan, vender también significa sonreír. “Todo vendedor siempre contento, alegre para la gente”, aconseja.
No se puede salir a trabajar “con mala cara”, sostiene. Hay que estar bien dispuesto, ser respetuoso y tener “buena onda”.
En su caso, asegura que esa actitud le sale naturalmente. “Menos mal que vendo esto, me sale natural”, dice.
Quizás allí esté otra de las claves de su permanencia en la calle: no solamente vende golosinas. Vende también una forma de vincularse con quienes se cruzan con él.
La próxima parada
La jornada de Juan no termina necesariamente en un solo lugar. Si el domingo comienza por la mañana, puede terminar por la tarde en la cancha de los barrios. Si cambia el clima, cambia también el producto. Cuando hace calor, los helados vuelven a aparecer como una opción. “Depende de cómo viene la mano”, explica.
Y así continúa: pedaleando, vendiendo, observando y pensando cuál será la próxima oportunidad.
Su bicicleta avanza por la ciudad cargada de golosinas y de historias. Detrás de cada producto hay horas de trabajo, una familia que sostener y una vida entera aprendiendo a no quedarse quieto.
Porque si algo define a Juan Ramón Aguilera es precisamente eso: cuando una puerta se cierra, él pedalea hasta encontrar otra.
Y mientras lo hace, sostiene una convicción que aprendió en la calle y que parece resumir su manera de vivir: hay que trabajar, pelear por la familia, tratar bien a la gente y, sobre todo, buscar siempre la vuelta.