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Bullying: por qué no es un conflicto entre chicos y cual debe ser el rol de la familia para prevenir situaciones de violencia

La psicóloga María de los Ángeles Fernández habló habló sobre el bullying en los jóvenes y remarcó la importancia de los padres para prevenir o resolver un caso de violencia sostenida.
Jueves, 06 de agosto de 2026 18:14

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El bullying es una forma de violencia sostenida que se caracteriza por el acoso reiterado hacia un niño o adolescente que, por diferentes motivos, no logra defenderse por sus propios medios. A diferencia de una discusión o una pelea aislada, implica una intención constante de dañar.

En una entrevista con El Tribuno, la psicóloga María de los Ángeles Fernández, fundadora de Jugarapia, explicó que el acoso escolar es una forma de violencia sostenida que afecta la autoestima, la identidad y la salud mental de niños y adolescentes. Además, destacó el papel fundamental de las familias, la escuela y el grupo de pares para prevenir y detectar estas situaciones.

El bullying deja secuelas en la identidad

Una de las principales consecuencias del acoso sostenido es el deterioro de la autoestima y la construcción de la identidad. Cuando una persona recibe durante mucho tiempo insultos, burlas o descalificaciones, esas etiquetas pueden terminar siendo incorporadas como parte de la imagen que tiene de sí misma.

Por ese motivo, cambiar de colegio no siempre resuelve el problema. Si el daño ya impactó en la forma en que el niño o adolescente se percibe, las consecuencias pueden mantenerse incluso en un nuevo entorno.

El bullying quiebra la identidad. Es mucho más que el cambio de colegio. Si yo me siento tonto porque me dijiste tonto, voy a otro colegio y me sigo sintiendo así y me defino como tonto, ese es el impacto del bullying, pasa a ser parte de la identidad. Lesiona la autoestima y lesiona la identidad del niño”, expresó.

Las secuelas también pueden extenderse a largo plazo y afectar la salud mental. María afirma que “siempre se asocia el hablar del bullying con hablar de las circunstancias de llegar al suicidio. La mayoría de los casos de los chicos, de adolescentes, que se han suicidado tienen toda una historia de bullying por detrás, por eso hay que hablarlo con mucha seriedad”.

La importancia de intervenir a tiempo

Antes de que una situación se convierta en bullying, las familias pueden enseñar herramientas para resolver conflictos y defenderse de manera saludable. Sin embargo, una vez que el acoso se instala y el niño ya no puede enfrentar la situación por sí solo, la intervención de los adultos deja de ser una opción para convertirse en una necesidad.

La participación de padres, docentes y directivos resulta fundamental para detener la violencia y evitar que continúe escalando.

La violencia también afecta a quien la ejerce

Los niños y adolescentes que ejercen violencia suelen haber atravesado experiencias de maltrato, humillación o distintos tipos de violencia en otros ámbitos de su vida. Esto no justifica sus conductas, pero sí permite comprender que muchas veces reproducen formas de vincularse que aprendieron previamente.

“Normalmente, la mayoría de los chicos que ejercen violencia y necesitan ponerse en ese lugar de líder negativo, de que ejerzo fuerza y me tienen miedo, son víctimas, han sido víctimas de violencia o están siendo víctimas de violencia. Por eso es un mecanismo de defensa inconsciente, en donde yo te hago sufrir a vos para elaborar pasivamente lo que yo sufrí, o sea, yo fui víctima de bullying, o de violencia, acoso, abuso, lo que fuera en mi familia o en mi grupo de referencia, entonces lo ejerzo con vos como una forma de aliviarme un poquito, que en realidad no sirve”, explicó.

Y agregó: “La violencia es una forma de vincularse, si a mí me violentan y me enseñan o me tratan mal, me faltan el respeto, me humillan, me gritan, me tratan mal y yo creo que así se trata, y desde ese lugar, obviamente es una víctima, estamos hablando de un niño y es tan víctima el que ejerce violencia como el que es violentado”.

El grupo tiene un papel decisivo

En los casos de bullying no solo intervienen la víctima y quien agrede. El resto del curso o del grupo también influye en el desarrollo de la situación.

La psicóloga detalla que los compañeros pueden convertirse en observadores pasivos o actuar para frenar la violencia, acompañar a quien está siendo excluido y comunicar lo que ocurre a un adulto de confianza. La educación en valores como el respeto, la empatía y la solidaridad permite fortalecer este rol preventivo.

“Me gusta hablar mucho del grupo. Yo digo, somos 30 en el colegio, hay 2 que ejercen violencia sobre uno que es el débil, ¿y los otros 28 que quedan?, porque ahí es donde está la fuerza para hacer prevención o por lo menos detección del bullying. Nosotros como padres tenemos que educar en valores y decirle a un chico que si está viendo que alguien lo maltrata, tiene que reaccionar de alguna forma, como mínimo respetarlo. Eso es educación desde la casa, el colegio hace lo que puede, pero la educación de valores está en la familia”.

Bullying más allá de las escuelas

En la actualidad, el problema se ha profundizado porque el acoso ya no termina cuando finaliza la jornada en las escuelas. Las redes sociales permiten que las agresiones continúen fuera del ámbito educativo, prolongando el sufrimiento de las víctimas y dificultando que puedan encontrar un espacio seguro.

“Antes se cortaba cuando terminaba el horario escolar y ahora trasciende el horario escolar, invade toda la vida de los chicos, por eso es mucho más traumático y estamos hablando de bullying como situación de trauma, de quiebre, de ruptura, porque realmente por eso modifica la identidad, porque yo paso a ser lo que los otros me dicen que soy, entonces lesiona la autoestima, se ponen en peligro, vulneran sus posibilidades, su libertad, van como acomodándose a lo que el otro quiere”.

Educar para reconocer las emociones

La educación emocional aparece como una herramienta central para prevenir situaciones de violencia. Enseñar a niños y adolescentes a identificar cómo se sienten, reconocer cuándo una relación les genera malestar y expresar esas emociones favorece la búsqueda de ayuda antes de que el problema se agrave.

La frustración, el enojo, el rechazo o la tristeza forman parte del desarrollo y no deben ser minimizados ni negados. Escuchar esas emociones permite comprender lo que está ocurriendo y encontrar soluciones adecuadas.

“Cuando en psicología hablamos de adaptación, que es uno de los aspectos que uno tiene que evaluar para saber si una persona está saludable o no, usamos dos mecanismos, la acomodación o la asimilación. Cuando nosotros nos acomodamos modificamos algo nuestro, modifico mi conducta, mi lugar. Si yo me asimilo, modifico la situación de afuera. La salud mental tiene que ver con usar los dos, el chico que sufre bullying solo se acomoda, me pongo en el lugar que ustedes me dijeron que tengo que estar y cumplo el rol de sonso, de débil, de lo que fuera que ustedes me dicen que tengo que cumplir”.

“Entonces deja de tener la libertad de ser quien es, de sentir lo que siente y de percibir lo que percibe. Por eso los papás y la educación emocional tienen que ver con esto, con cómo te estás sintiendo en vez de darle el sermón de "no, vos tenés que ir y defenderte" y el chico no procesa nada y decir "¿y qué sentiste?".

Elegir amistades también es una forma de prevención

Aprender a construir vínculos saludables constituye otra estrategia para reducir el riesgo de sufrir bullying. La posibilidad de elegir amigos que respeten los propios valores, generen bienestar y permitan sentirse aceptado fortalece la confianza y disminuye la dependencia de grupos donde predominan la exclusión o el maltrato.

Al mismo tiempo, enseñar que no es necesario ser amigo de todos, pero sí tratar a cada persona con respeto, ayuda a evitar conductas discriminatorias y de violencia.

La familia como principal espacio de aprendizaje

La educación en valores comienza en el hogar. La construcción de una identidad sólida, la autoestima, la capacidad para pedir ayuda y el respeto hacia los demás son herramientas que se desarrollan principalmente dentro de la familia.

Los adultos también cumplen un papel importante al enseñar con el ejemplo que pedir ayuda no es un signo de debilidad, sino una conducta saludable cuando una situación supera los propios recursos.

Un adulto de confianza puede marcar la diferencia

Todos los niños y adolescentes deberían identificar al menos un adulto de referencia en los espacios donde transcurren gran parte de su tiempo, especialmente en la escuela.

Saber a quién acudir cuando sienten miedo, angustia o inseguridad facilita la detección temprana de situaciones de violencia y permite que las instituciones actúen antes de que las consecuencias sean más graves.

“Yo siempre les digo a los nenes, “papá y mamá nunca te van a dejar en un lugar solo sin saber que hay una persona que te está cuidando”. Y este es un ejercicio que tenemos que instalar en los chicos. En la escuela tiene que haber una persona de referencia a la cual yo pueda ir y decir, “tengo miedo”, “esta situación me pone tensa”, “estoy nerviosa”, “estoy transpirando”, “me duele la panza cada vez que salgo al recreo. Y ese adulto tiene que poder saber pedir ayuda, o decir “yo me voy a hacer cargo”. Siempre enseñarle a los chicos que hay alguna persona, por lo menos una persona, en el lugar donde está, donde nosotros elegimos que se quede, que lo puede ayudar”, finalizó.

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