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En Salta se maneja cada vez peor: una problemática que exige algo más que controles

Los siniestros, las imprudencias y el desprecio cotidiano por las normas muestran un problema que excede a motos, camionetas o automóviles. La verdadera discusión pasa por la conducta de quienes manejan, la prevención y la necesidad de construir una nueva cultura vial.
Imprudencias. Fotografías ilustrativas

Hay una frase conocida que sostiene que se maneja como se es en la vida. Puede sonar exagerada, pero basta observar durante algunos minutos el tránsito de Salta para encontrar razones que obligan, al menos, a reflexionar. Maniobras riesgosas, excesos de velocidad, distracciones con el teléfono y una preocupante falta de consideración hacia el otro se convirtieron en escenas demasiado habituales.

Las motocicletas, que por sus características podrían ser incluso una alternativa para aliviar parte de la congestión en la ciudad, aparecen una y otra vez involucradas en siniestros viales. Muchas veces, detrás de esos episodios, aparecen conductas imprudentes, como sobrepasos indebidos, circulación entre vehículos, velocidades inadecuadas o maniobras realizadas sin medir las consecuencias.

Algo similar ocurre con las camionetas de gran porte. En Argentina, las pick-ups y vehículos 4x4 ocuparon en buena medida el lugar simbólico que durante décadas tuvieron los automóviles de lujo o deportivos. Son vehículos modernos, potentes, seguros y con enormes prestaciones, pero ninguna tecnología puede compensar una conducción irresponsable. Cuando esa potencia se utiliza como si las calles y rutas fueran una pista, el vehículo puede transformarse en un elemento extremadamente peligroso.

Sin embargo, sería un error estigmatizar a una motocicleta, una camioneta o cualquier otro vehículo. Ninguno es peligroso por sí mismo, el  riesgo aparece cuando quien conduce decide ignorar las reglas mínimas de convivencia.

Motociclistas que adelantan de manera temeraria, automovilistas que aceleran ante una luz amarilla para ganarle por décimas de segundo al semáforo, conductores que exceden las velocidades máximas, vehículos que llegan a una esquina sin disminuir la marcha y personas que escriben mensajes mientras manejan forman parte de una larga lista de comportamientos naturalizados.

Son segundos de imprudencia que pueden terminar en consecuencias irreversibles. No solamente por las lesiones o las vidas que pueden perderse, sino también por el enorme impacto emocional y económico que cada siniestro provoca sobre las familias involucradas y sobre el propio Estado, que debe destinar recursos sanitarios, policiales y judiciales para atender sus consecuencias.

Una emergencia que requiere otras respuestas

Salta parece transitar una verdadera emergencia vial, y esa realidad obliga a preguntarse si las respuestas tradicionales alcanzan.

El problema difícilmente se resuelva únicamente aumentando los controles de documentación. Licencia de conducir, seguro, cédula o revisión técnica son indispensables, pero tener todos los “papeles en regla” no convierte automáticamente a una persona en un conductor responsable. Muchos vehículos involucrados en graves siniestros cumplen formalmente con esos requisitos.

La discusión debe avanzar hacia una prevención mucho más profunda. Tecnología para controlar velocidades y detectar infracciones, dispositivos que permitan sancionar conductas peligrosas, infraestructura adecuada, señalización, educación vial permanente y controles orientados verdaderamente a modificar comportamientos deberían formar parte de una política integral. Porque, en definitiva, el tránsito también es un problema cultural.

Respetar una prioridad de paso, detenerse ante un semáforo, no ocupar el espacio del otro, evitar una maniobra para “ganar” algunos segundos o aceptar que las normas también deben cumplirse cuando nadie parece estar mirando son formas elementales de convivencia.

Ahí reaparece la comparación inicial, muchas veces manejamos como actuamos en otros ámbitos de nuestra vida. El intento de “avivarse”, adelantarse, colarse o sacar una ventaja mínima sobre los demás termina trasladándose también a la calle.

Cambiar esta realidad requiere sanciones, controles y tecnología, pero fundamentalmente de educación. Las nuevas generaciones pueden tener un papel decisivo en ese camino. La formación vial debería comenzar mucho antes de obtener una licencia de conducir y convertirse en parte de una educación ciudadana basada en el respeto por las reglas y, sobre todo, por la vida del otro.

Los siniestros no deberían ser asumidos como una fatalidad inevitable, porque detrás de buena parte de ellos existen decisiones humanas que podrían haberse evitado.

El momento de comenzar a transformar esa realidad es ahora. Manejar mejor pasa por entender que compartir una calle también es una forma de convivir en sociedad.

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