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Ante un auditorio que siguió atentamente cada una de sus anécdotas, "Lucha" habló del esfuerzo detrás de los triunfos, de los viajes interminables entre Rosario y Buenos Aires, de las frustraciones, del miedo y de la importancia que tuvo el trabajo mental a lo largo de su carrera. También recordó a quienes la acompañaron desde sus primeros pasos y a los entrenadores que la llevaron a exigirse cada vez más.
Quería arrancar por aquella nena chiquita en Rosario, en tus comienzos. ¿Cómo empezó todo?
Primero, agradecer este espacio. Hoy, como deportista retirada desde hace unos cuantos años, creo que está buenísimo que nosotros podamos transmitir todo lo que el deporte nos inculcó y las herramientas que nos dio. Siempre digo que a mí el deporte realmente me ayudó en un montón de aspectos. Yo era una niña muy, muy introvertida. Creo que mi familia no solamente no se imaginaba dónde iba a llegar deportivamente, tampoco se imaginaba que pudiera estar acá sentada hablando. Fui siempre muy introvertida, muy callada y me costaba mucho la parte social.
"Nunca imaginé la carrera que iba a tener ni todo lo que lograría con la camiseta argentina".
El deporte me dio esas herramientas para encontrar un lugar donde sentirme acompañada, contenida, tener amistades, empezar a compartir y expresar mis emociones. Con apenas ocho años empecé en un club muy de barrio, chiquito. Mi hermana, que es más grande, fue la que me llevaba, escondida de mis padres, porque yo hacía un montón de deportes: tenis, vóley, natación, danza. Me acuerdo de que mi hermana me iba a buscar a algunos deportes y me decía: "No, vení, te podés unir con nosotras". Así que terminé en el hockey por mi hermana.
¿Y qué imaginabas vos a esa edad? ¿Qué soñabas?
La verdad es que siempre me gustó el deporte en general. De hecho, mis padres fueron muy deportistas y mis hermanos también. Una vez que arranqué hockey, por suerte tuve un entrenador que todo el tiempo me desafiaba a buscar algo diferente, una técnica individual distinta. Me hacía entrenar con plomo en el palo, hacer cosas aéreas con la bocha. Todo el tiempo me llevaba a tratar de hacer algo diferente y la verdad es que me gustaba ese desafío.
Siempre fui una persona muy exigente conmigo misma y de chica tuve un sueño muy claro, que era representar a mi país. Siempre soñaba con decir: "Ojalá algún día se me dé poder vestir la camiseta argentina, jugar algún Mundial, los Juegos Olímpicos y representar al país de la mejor manera". Sinceramente, nunca imaginé la carrera colectiva que podía llegar a tener ni que el deporte me fuera a regalar tantos momentos.
Después de esa infancia y primera juventud en Rosario vino una etapa de desarraigo. ¿Cómo viviste tener que empezar a viajar a Buenos Aires?
Fue muy difícil, quizás también por mi personalidad, porque necesitaba mucho de mi familia y de mis afectos. Me costó mucho trasladarme a Buenos Aires para los entrenamientos. Fue un cambio muy importante porque, así como uno puede tener un sueño grande, los esfuerzos van con la misma intensidad. Para conseguir esos objetivos uno tiene que ser constante, disciplinado, resiliente, perseverante. Todo eso va de la mano.
"Los deportistas de alto rendimiento llegan por la cabeza que tienen"
Yo era muy feliz dentro de un campo de juego. Sentía que "Lucha" era parte del deporte, que tenía que estar en una cancha de hockey. Pero la convocatoria al seleccionado llegó cuando tenía apenas 14 años y empecé a hacer esos viajes a Buenos Aires. Me iba del colegio para poder entrenar y volvía. A veces me tocaba salir los domingos a las tres de la mañana en un colectivo para hacer cuatro horas de viaje. Llegaba, entrenaba, me duchaba, volvía a Rosario, iba al colegio... Así empezás a tener un estilo de vida que después duró muchos años.
Tenías 14 años y te convocaban al seleccionado. ¿Qué sentías? ¿Qué te pasaba por dentro?
Al principio, mucho miedo. Como todo lo nuevo, como todo lo que uno puede interpretar como un cambio. Decía: "Esto va a ser difícil porque tengo que ir a Buenos Aires con personas nuevas, entrenadores nuevos". Pero no lo dudé porque era lo que me hacía feliz.
"La competencia más dura es contra uno mismo. Uno va a entrenar y quiere rendir al ciento por ciento; igual en un partido"
Y obviamente fue fundamental la contribución y el acompañamiento de mi familia, que siempre estuvo al lado mío, desde lo emocional hasta lo económico. Yo tenía muy fuerte el sueño de vivir de ese deporte, pero cuando empezamos era difícil vivir del hockey. Era casi imposible. Ni siquiera existía una beca del Estado cuando yo arranqué. Empecé con jugadoras mucho más grandes y después fue toda una revolución la que creamos.
"Piedras en el camino vamos a tener, es parte de la vida. Si vos sabés que estás en el lugar correcto, siguiendo lo que más deseás".
Con los años llegó la beca y, en mi caso, pude cumplir el sueño de vivir y dedicarme profesionalmente al deporte. Pero antes de todo eso fueron muchos años de viajes, de esfuerzo, de entrenamientos y torneos en un anonimato puro. Éramos el seleccionado argentino de hockey femenino; todavía no éramos Las Leonas. Y se hizo muy difícil.
"Cuando quedé afuera de Atlanta 1996 volví en el colectivo y estuve las cuatro horas llorando, por todo el esfuerzo que había hecho".
Fue una etapa que sufrí bastante. Me acuerdo de estar haciendo el bolso para salir hacia Buenos Aires a las doce de la noche y preguntarme: "¿Qué estoy haciendo? ¿Realmente vale la pena todo lo que estoy haciendo?". Irme sola, estar muchas veces lejos de mi familia, de mis amigos, mientras ellos tenían un estilo de vida adolescente normal y corriente. Fue difícil.
¿En esa época lo tuyo era una obsesión o un deseo? ¿Tenías claro qué perseguías?
Empezó como un deseo y terminó como una obsesión.
Creo que fue un poco de la mano. En la época en que llega Cacho (Vigil) y otras personas del deporte, realmente reeducaron a un grupo de jugadoras que entrenaba con la Selección tres o cuatro veces por semana para empezar a entrenar todos los días, en doble turno. Nos dijeron: "Si ustedes quieren llegar a ser campeonas mundiales y mantenerse, hay que hacer un cambio radical".
Y así fue. La que no podía físicamente o mentalmente, o la que no estaba de acuerdo, daba un paso al costado. Empezamos a hacer un cambio en los entrenamientos, en la gimnasia. Me acuerdo de que en aquellos años, 1996 o 1997, no era muy común que las deportistas hicieran levantamiento de pesas. Tuvimos que meternos en un mundo diferente, en otro tipo de entrenamiento.
¿Cómo era esa rutina? ¿Qué incluía?
De todo. A las ocho empezabas. Si a las ocho no estabas lista para correr, no podías entrenar. Y muchas jugadoras quedaban afuera. Terminabas el entrenamiento a las doce, tenías baños de hielo, te ibas a descansar y a las cuatro arrancabas de nuevo.
Si necesitabas kinesiología, ibas a kinesiología. Si necesitabas nutricionista, al nutricionista. Tu estilo de vida pasaba a estar las 24 horas pensando en el deporte: dormir bien, alimentarte bien, descansar, trabajar la parte mental, que va de la mano con la parte física.
Entrenás lo físico, lo técnico, lo táctico, pero tenés una parte todavía más importante, que es la cabeza. Los deportistas de alto rendimiento llegan adonde llegan por la cabeza que tienen, más que por el entrenamiento. Permanentemente tenés que levantarte de las frustraciones, hacer las cosas con miedo, porque el miedo no se va. Lo tenés que traspasar.
¿Con quién hiciste ese trabajo mental? Hoy se habla muchísimo de esa cuestión.
Primero, la competencia más dura es contra uno mismo. Uno va a entrenar y quiere rendir al ciento por ciento. Vas a un partido y también querés rendir. Y tenés la presión de que Argentina gane, de ganar una final olímpica o un campeonato del mundo. Estás permanentemente con ese tipo de presión.
Llevarlo solo como deportista es difícil. Necesitás la contención de tu familia, de tus amigos, pero sobre todo de un psicólogo preparado para el alto rendimiento.
Fueron años muy duros. Incluso hubo una frustración importante cuando quedaste afuera de los Juegos Olímpicos de Atlanta 1996.
Sí, fueron durísimos desde lo emocional, por el esfuerzo que hacíamos, y más para las jugadoras del interior, que teníamos que estar viajando permanentemente a Buenos Aires. Yo ya estaba citada en 1994, 1995, y quedé afuera de Atlanta 1996.
Todavía se lo recrimino a ese entrenador. Él también se lo debe estar recriminando —risas—. Pero nada, lo amo a Chiche Mendoza, que era el entrenador de la Selección en ese momento. Eligió llevar jugadoras más experimentadas porque yo era muy chica.
Igual me tendría que haber dado la posibilidad —risas—. Pero creo que eso también me ayudó mucho a potenciarme. Me acuerdo de que volví en el colectivo y estuve las cuatro horas llorando, por todo el esfuerzo que había hecho, por entrenar todos los días. Uno siempre quiere que se le dé.
Has llorado de tristeza, de dolor y también de alegría. Y con Cacho Vigil también pasaste momentos bravos. ¿Cómo era esa relación?
Con Cachito siento que ahora me puedo sentar y reírme, pero en su momento era amor y odio, porque él era muy, muy exigente conmigo. Y yo notaba la diferencia con el resto de las jugadoras. La verdad es que me hacía enojar.
Lo que dejó la entrevista
- Una Aymar más allá de las medallas. La charla mostró el detrás de escena de una carrera extraordinaria: viajes de madrugada entre Rosario y Buenos Aires, entrenamientos, renuncias personales, miedo, frustraciones y una exigencia que comenzó cuando todavía era adolescente.
- La cabeza como factor decisivo. Fue probablemente el concepto central. Aymar sostuvo que en el alto rendimiento la fortaleza mental termina siendo incluso más determinante que el entrenamiento físico y explicó que trabajó con profesionales de la psicología durante su carrera.
- El miedo no desaparece. En lugar de presentar al deportista de elite como alguien inmune al miedo, planteó lo contrario: el miedo existe y hay que aprender a atravesarlo.