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Las pantallas ocupan una porción cada vez mayor de la vida adolescente. El celular acompaña buena parte de la jornada, las redes sociales atraviesan las relaciones y el entretenimiento, la comunicación y hasta el aprendizaje pasan en muchos casos por un dispositivo.
José Ignacio Alonso abordó esa realidad y presentó datos internacionales que, según señaló, muestran promedios de utilización de pantallas de entre siete y ocho horas diarias entre adolescentes.
"Desde Estados Unidos, Europa, Noruega, lo que está claro es que el uso promedio de la pantalla son de 7 u 8 horas en adolescentes", señaló. Agregó que en países como Sudáfrica y Brasil los registros mencionados llegan a unas nueve horas diarias. El especialista indicó además que entre el 25% y el 27% reportaron síntomas de ansiedad y depresión y señaló una correlación entre el uso de pantallas y esa sintomatología.
Sin embargo, puso una distinción sobre la mesa: no todo uso de una pantalla es igual.
Alonso diferenció el consumo pasivo, caracterizado por permanecer desplazándose constantemente por contenidos en las redes sociales, de un uso activo destinado al aprendizaje, la comunicación o la interacción.
La cantidad de horas constituye así una variable relevante, pero no explica por sí sola el vínculo que un adolescente mantiene con la tecnología. El análisis también debe contemplar qué lugar ocupa la pantalla en su vida, qué actividades desplaza y cuáles son las características emocionales de quien la utiliza.
Precisamente allí aparece la vulnerabilidad. Alonso explicó que cuanto mayores sean las dificultades emocionales, mayor puede ser el riesgo de que las pantallas o las sustancias ocupen un lugar problemático.
Frente a este escenario, el psiquiatra ubicó a la familia y a los adultos responsables entre los principales factores protectores.
La comunicación, la escucha, el acompañamiento y la construcción de vínculos de confianza son herramientas que permiten detectar dificultades y generar alternativas frente a una vida excesivamente concentrada en lo digital. A ello sumó el deporte, las actividades recreativas y los espacios de socialización fuera de las pantallas.
La propuesta no pasa simplemente por prohibir la tecnología, sino por acompañar su utilización y generar otros ámbitos en los que los adolescentes puedan relacionarse, desarrollar intereses y construir vínculos.