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Cuando pedir ayuda también es defenderse: una mirada sobre el bullying

María de los Ángeles Martínez, de Jugarapia, explica cómo reconocer estas situaciones, por qué los adultos deben intervenir y la importancia de escuchar antes de ofrecer soluciones.
Domingo, 09 de agosto de 2026 00:00

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Una burla, una discusión o una pelea aislada entre chicos no necesariamente constituyen bullying. El problema aparece cuando el hostigamiento se sostiene en el tiempo, existe intención de dañar y quien lo recibe queda atrapado en una relación desigual en la que no encuentra herramientas para defenderse por sus propios medios.

Para María de los Ángeles Martínez, de Jugarapia, comprender esa diferencia resulta fundamental para poder prevenir. "El bullying es acoso escolar. Es un acoso sostenido, o sea, no es una burla, una pelea de un día", explicó. La víctima, por su personalidad, su ubicación dentro del grupo u otras circunstancias, queda en una situación de vulnerabilidad frente a quien la agrede.

Ese desequilibrio obliga también a revisar una respuesta frecuente entre los adultos: decirle al chico que simplemente se defienda. La especialista señaló que las herramientas que ofrecen los padres deben adecuarse a la personalidad y las posibilidades de cada hijo. Hay chicos que, frente a la recomendación de devolver un empujón, responden que no quieren o que no pueden actuar de esa manera.

"Tienen que intervenir los adultos"

Cuando el hostigamiento ya se instaló, sin embargo, la responsabilidad cambia. "Cuando se instala el bullying y yo estoy en una situación en donde no puedo defenderme solo, sí o sí tienen que intervenir los adultos", remarcó. La resolución del problema ya no puede quedar exclusivamente en manos del niño o adolescente.

Uno de los aspectos sobre los que María de los Ángeles puso mayor énfasis es la profundidad que puede alcanzar el daño. La repetición de las agresiones puede provocar que aquello que inicialmente dice otro termine incorporándose a la percepción que el chico tiene de sí mismo.

"El bullying realmente quiebra la identidad", sostuvo. Y agregó: "No es solamente un problemita que pasó con tal, sino que pasa a ser parte de la identidad, lesiona la autoestima y lesiona la identidad del niño".

Las consecuencias del acoso

La especialista ejemplificó ese proceso con un chico al que reiteradamente le dicen que es "tonto". Aunque sea trasladado a otro establecimiento y deje de convivir con quienes lo hostigaban, puede continuar sintiéndose y definiéndose de esa manera. Por eso, cambiarlo de colegio no necesariamente elimina las consecuencias del acoso.

María de los Ángeles insistió en quitarle al fenómeno cualquier apariencia de normalidad. Más allá de la palabra inglesa que se popularizó para definirlo, señaló que se está hablando de violencia y de problemas de convivencia dentro de los grupos de chicos.

Otro factor que puede aumentar la vulnerabilidad es la necesidad de ser aceptado. Algunos chicos soportan situaciones que les generan sufrimiento porque quieren permanecer dentro de determinado grupo.

La especialista señaló que incluso los padres pueden presionar, sin proponérselo, para sostener determinadas amistades porque son hijos de sus propios amigos o porque se trata de un grupo que resulta cómodo para las familias. Sin embargo, consideró necesario enseñar que también puede ocurrir que alguien no sea elegido y que esa frustración debe ser transitada.

"No pasa nada, estás exagerando"

La respuesta adulta, planteó, no debería ser minimizar lo ocurrido con expresiones como "no pasa nada" o "estás exagerando". Ante un hijo que cuenta que fue excluido, propone preguntar qué sintió y acompañar ese malestar antes de ofrecer una solución.

También el cuerpo puede dar señales. La tensión, los nervios, la incomodidad o determinadas sensaciones físicas pueden advertir que una relación o una situación están generando malestar. Para María de los Ángeles, la educación emocional implica ayudar a los chicos a identificar lo que sienten en lugar de adormecer esas percepciones desde el mundo adulto.

La intervención tampoco debería concentrarse exclusivamente en quien recibe la violencia. María de los Ángeles planteó que muchos menores que buscan ocupar el lugar de "líder negativo", ejercer fuerza o conseguir que otros les tengan miedo pueden haber atravesado ellos mismos situaciones violentas.

Un niño que ha vivido entre humillaciones, gritos, malos tratos, acoso o abuso puede incorporar la violencia como una forma de relacionarse y luego reproducirla con otros. "Es tan víctima el que ejerce violencia como el que es violentado", afirmó.

El planteo no implica justificar las agresiones. La especialista propone ampliar la intervención: proteger a quien está siendo hostigado y, al mismo tiempo, intentar comprender qué sucede con el menor que ejerce la violencia.

"Generación de crital"

María de los Ángeles cuestionó también la expresión "generación de cristal". Según planteó, muchas veces fueron los propios adultos quienes intentaron evitar permanentemente que sus hijos se frustraran, se aburrieran o atravesaran emociones desagradables.

"No te frustres. No te aburras", resumió sobre esa tendencia. Frente a ella, sostuvo que los chicos necesitan poder experimentar frustración, enojo y desagrado. "Tiene que sentir lo que tenga que sentir", afirmó. Atravesar esas emociones también permite desarrollar herramientas para enfrentar situaciones difíciles.

Una de esas herramientas es saber pedir ayuda. La especialista remarcó que reconocer "esto me duele" o "con esto solo no puedo" no convierte a un chico en débil. Los adultos también deben transmitir ese aprendizaje con el ejemplo, mostrando que existen situaciones en las que ellos mismos necesitan recurrir a otros.

En la relación con los adolescentes, María de los Ángeles propone reemplazar algunas respuestas automáticas por preguntas. Ante una amistad que preocupa, por ejemplo, recomienda indagar por qué el chico eligió a esa persona, qué encuentra en ese vínculo y cómo se siente cuando están juntos.

"Elegir el que te haga sentir bien"

"Hay que enseñarles a elegir el que te haga sentir bien, el que coincida con tus valores, con tu educación, el que tenga tus intereses", explicó. Pero marcó también un límite: elegir libremente a los amigos no habilita a maltratar a quienes quedan afuera. "Yo no te quiero, pero no por eso te voy a tratar mal", ejemplificó.

Esa lógica de preguntar antes de resolver atraviesa buena parte de su planteo. Frente a un hijo angustiado, los interrogantes pueden ser sencillos: "¿Qué te está pasando?" o "¿Cómo te sentís?". Escuchar la respuesta puede permitir descubrir un sufrimiento que de otra manera permanece oculto.

Cuando los chicos son más pequeños, además, deberían aprender a identificar quién es el adulto al que pueden recurrir en cada lugar. En la escuela tiene que existir una persona de referencia a la que puedan decirle que sienten miedo, nervios o incluso que les duele la panza cada vez que salen al recreo.

Ese adulto podrá llamar a la familia, recurrir al gabinete escolar, buscar ayuda profesional o intervenir con el grupo. Lo importante, para María de los Ángeles, es que el chico sepa que existe alguien capaz de escucharlo y hacerse cargo de activar la ayuda necesaria.

El mensaje final atraviesa toda su mirada sobre el bullying: preparar a un chico para enfrentar dificultades no significa exigirle que pueda resolverlas siempre solo. También significa enseñarle a reconocer qué siente y que pedir ayuda es parte de cuidarse.

El grupo puede romper el círculo de violencia

En una situación de bullying, la mirada suele concentrarse en dos protagonistas: quien agrede y quien recibe la agresión. María de los Ángeles Martínez propone incorporar a un tercero que puede resultar decisivo: el grupo que observa.

La prevención no implica obligar a los chicos a ser amigos. Pueden elegir con quién compartir su tiempo y a quién invitar a su casa. El límite está en comprender que ninguna diferencia, rechazo o falta de afinidad habilita el maltrato. Por eso, los compañeros pueden convertirse en una barrera frente al bullying: no festejar una humillación, no acompañar al agresor y reconocer que lo que ocurre es violencia.

"Caja de herramientas" que se construye en casa

Los padres no pueden impedir que sus hijos alguna vez sean rechazados, reciban un comentario desagradable o atraviesen una frustración. Sí pueden ayudarlos a construir herramientas para enfrentar esas experiencias sin que definan quiénes son.

María Martínez habla de una "caja de herramientas" afectivas que se construye fundamentalmente en la familia. Allí entran la educación en valores, el fortalecimiento de la identidad, la libertad para expresar lo que sienten y la capacidad de reconocer cuándo necesitan ayuda. También implica permitirles experimentar emociones desagradables. "Se tiene que frustrar, se tiene que aburrir, tiene que sentir desagrado, tiene que sentir enojo", afirmó.

El bullying ya no termina cuando termina la escuela

La tecnología modificó una de las características históricas del acoso entre pares: el límite espacial y temporal. Antes, alejarse de la escuela podía significar también alejarse durante algunas horas de quien hostigaba. Hoy una agresión puede continuar en WhatsApp, redes sociales, clubes y otros espacios.

"Antes se cortaba cuando terminaba el horario escolar y ahora trasciende el horario escolar. Invade toda la vida de los chicos", describió María Martínez. Esa continuidad contribuye a que la experiencia resulte más traumática porque reduce los espacios en los que la víctima puede sentirse fuera del alcance del hostigamiento. El desafío para los adultos también cambia.

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