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El arzobispo de Salta, Mario Antonio Cargnello, realizó su llamado durante la celebración de la última Fiesta en honor al Señor y la Virgen del Milagro. Frente a las autoridades presentes, entre ellas la vicepresidenta Victoria Villarruel y el gobernador Gustavo Sáenz, sostuvo que la paz que se pide a los santos patronos debe transformarse en una forma de vida y en acciones concretas hacia los demás.
Uno de los momentos más contundentes de su homilía estuvo dedicado al avance de la droga y el narcotráfico, una problemática que, según advirtió, afecta especialmente a niños, jóvenes y familias. “El narcotráfico es genocida, ser cómplices de ese negocio infame es un pecado gravísimo, clama el cielo”, afirmó Cargnello.
El arzobispo pidió no acostumbrarse a una situación que genera sufrimiento y destruye vidas. “No naturalicemos el uso y la difusión de la droga que está haciendo estragos entre nuestros jóvenes y también en la sociedad”, expresó.
En ese sentido, convocó a la comunidad a decir “basta” en nombre de quienes perdieron la vida por esta problemática, de los jóvenes atrapados en las adicciones y de las familias que padecen sus consecuencias.
En los barrios de la zona sudeste, la advertencia de la Iglesia encuentra su correlato en los testimonios de quienes acompañan a niños, adolescentes y familias atravesadas por el consumo, la pobreza, el abandono y la falta de oportunidades.
Alicia Coria, referente barrial de la zona sudeste, trabaja junto a la Iglesia, Cáritas y distintos espacios comunitarios. En diálogo con El Tribuno, describió la situación que observa especialmente en San Javier, San Benito y los sectores cercanos al vertedero.
“La droga avanzó como una peste”
“En la zona sudeste se palpa muchísimo lo que es la droga, cómo avanzó. Es como una peste”, afirmó Coria.
La referente señaló que la venta de sustancias ya no se limita a la noche y que actualmente puede observarse durante el día. En su descripción, habló de una realidad que se volvió visible en calles, esquinas, rotondas y lugares de circulación habitual de vecinos y jóvenes.
En el caso de San Javier, sostuvo que la problemática comenzó a advertirse con fuerza hace aproximadamente siete años, pero que en la actualidad adquirió una dimensión mucho mayor. “Ahora es terrible. Los chicos viven para el otro lado, y no son siete: son quince, son veinte. Ahí deambulan y es terrible”, relató.
Coria aseguró que el consumo alcanza no solo a jóvenes, sino también a niños. Según su experiencia territorial, hay chicos que comienzan a vincularse con las sustancias desde los 9 años. “A partir de los nueve años ya se ven chicos que tienen 12, 15 o 16 años” y que consumen, expresó. Mencionó entre las sustancias al paco y la marihuana y afirmó que el intercambio se realiza en plena vía pública. “Yo lo vi: en pleno día lo venden. Te dan como caramelos, se pasan de una mano a la otra”, describió.
El abandono de la escuela y el aislamiento
Uno de los efectos más visibles que señaló la referente es el alejamiento de los chicos de la escuela y de los espacios de integración.
“Los chicos ya dejan de ir a la escuela. Están en la esquina, están donde hay un árbol, ahí están”, explicó.
Coria sostuvo que el proceso de aislamiento suele ser progresivo. Al principio, los jóvenes mantienen sus vínculos y rutinas, pero con el avance del consumo comienzan a apartarse de la sociedad. “Una semana están bien dentro de la sociedad. La otra semana empiezan a aislarse”, contó.
Según su relato, algunos dejan de bañarse, usan la misma ropa durante varios días y abandonan hábitos básicos de cuidado personal. La consecuencia, afirmó, es una pérdida gradual de la autoestima y de la identidad. “Ya no se valoran como personas. Se sienten muy vulnerables”, señaló.
La referente relató que varios jóvenes se acercan al comedor para pedir alimentos. Algunos solicitan pan, azúcar o cualquier producto que pueda ayudarlos a atravesar el día.
Recordó especialmente el testimonio de un joven que rechazaba la forma en que muchas personas los identifican. “La gente nos dice ‘piperos’, pero nosotros no somos piperos; nosotros consumimos sustancias”, le habría expresado. “Eso les duele mucho, porque sienten que la gente los discrimina por cómo son”, agregó Coria.
“Se sienten como una basura más”
La exclusión social, de acuerdo con la referente, se profundiza a medida que el consumo avanza y se rompen los vínculos con la familia, la escuela y la comunidad.
Coria sostuvo que muchos jóvenes concurren al basural para buscar objetos que puedan comer o vender. De esa manera, sobreviven día a día en condiciones de extrema precariedad.
“Prácticamente se olvidan de que son personas. Van al basural y ahí traen algunas cosas para comer o para vender”, describió.
Para la referente, la droga no solo afecta la salud individual, sino que también destruye familias y deja a los jóvenes en una situación de abandono.
“La persona se siente, mal dicho, como una basura más”, expresó.
También afirmó que hay jóvenes de 16 y 17 años que ya se encuentran profundamente afectados por las adicciones y que existen personas adultas que participan de la distribución de sustancias hacia adolescentes y niños. “Esto es como una cadena. El de arriba no se hace ver; solamente hace ver al que es vulnerable, al que es pobre”, manifestó.
Venta en las calles y la falta de controles
Consultada sobre la facilidad para conseguir drogas en la zona, Coria relató, los agentes sabrían quién comercializa las sustancias y en qué lugares se producen los intercambios. “De día te venden. Te pasan de una mano a la otra”, insistió.
Para explicar el funcionamiento de la distribución, dio un ejemplo: un adolescente de 16 años puede venderle a otro de 12, 10 o 9 años. “Es una cadena. Si a mí me dan para vender, ¿a quién le dan? Y al otro, ¿quién le da? Ahí viene una cadena de arriba”, planteó.
Coria sostuvo que en San Javier los vecinos llegaron a intervenir por su cuenta para intentar expulsar a una persona señalada como vendedora de drogas.
“Hay alguien involucrado que tiene poder”, sostuvo Coria, al referirse a la continuidad de la venta de drogas en el barrio.
Zona de circulación y los puntos señalados
La referente explicó que la problemática no se limita exclusivamente al vertedero o al asentamiento San Javier. Según su relato, se extiende por distintos sectores de la zona sudeste.
Mencionó un recorrido que comienza en San Francisco Solano, continúa por San Benito, pasa por el Parque de la Familia y sigue por la avenida Discépolo hasta la rotonda de acceso a San Javier. “En la rotonda siempre están vendiendo, en la entrada para San Javier”, afirmó.
También aseguró que durante la noche la actividad continúa con intensidad. “De noche es como si fuese de día. Mucha gente circula toda la noche”, describió.
Coria evitó establecer un porcentaje preciso de niños y jóvenes en situación de consumo, pero afirmó que la magnitud del problema podría comprobarse con un recorrido por la zona. “Yo me camino la laguna, me camino San Javier. Si alguien se pone una gorra y un pantalón deportivo, como para que nadie lo reconozca, lo va a ver”, sostuvo.
Para la referente, el crecimiento de la problemática es evidente. “Es impresionante cómo ha crecido la droga y cómo ha destruido familias y personas”, señaló.
Más de 200 niños en San Javier
Coria destacó que en San Javier viven más de 200 niños y manifestó su preocupación por la exposición temprana a las sustancias. “En plena niñez, cuando el niño debería estar jugando con una pelota, de pronto ya le ofrecen drogas”, lamentó.
A su entender, una de las causas que deja a los chicos expuestos es la ausencia de los adultos responsables, muchas veces vinculada con la necesidad de salir a trabajar. “Hay mamás que tienen que ir a la feria o salir a buscar trabajo. El niño queda solo, sin el cuidado de sus padres”, explicó.
En ese contexto, valoró las tareas de la Iglesia y de las organizaciones comunitarias para generar espacios de acompañamiento y evitar que los chicos permanezcan todo el día en la calle.
Deporte, educación y oficios como herramientas de prevención
La referente destacó el trabajo que se realiza en San Javier junto a sacerdotes y voluntarios. Entre las actividades mencionó la práctica deportiva de los sábados, destinada principalmente a los niños.
También señaló que se implementaron talleres de formación laboral mediante un convenio con la Universidad Provincial de Administración, Tecnología y Oficios (UPAT).
En ese marco, se dictan clases de barbería los lunes y miércoles, y de electricidad los martes y jueves. Durante los martes y jueves también se brinda apoyo escolar a los niños.
“Apuntamos mucho a la educación y al trabajo”, explicó Coria.
La propuesta busca ofrecer alternativas a los jóvenes y mantenerlos vinculados con actividades que les permitan desarrollar capacidades y proyectar un futuro.
La referente mencionó además el comedor La Morena, aunque aclaró que en algunos momentos no fue posible ampliar su funcionamiento por la falta de voluntarios. “El recurso humano es el tema, porque el voluntariado no es fácil hoy en día”, afirmó.
Sin embargo, valoró la incorporación de personas que se sumaron a la tarea solidaria y permitieron sostener las actividades.
Comida para los jóvenes que trabajan en el vertedero
Otra de las acciones que se llevan adelante consiste en recorrer los viernes por la noche la zona del vertedero para entregar alimentos a quienes viven o trabajan allí.
Coria aclaró que no se trata de una bandeja de comida, sino de un sándwich y un jugo destinados a los jóvenes que se encuentran en el sector.
“Son jóvenes de 16, 20 o 24 años como máximo, que suben al vertedero a trabajar”, explicó.
La referente sostuvo que muchas veces se los observa desde afuera y se supone que son personas adultas que no pueden trabajar por su edad, cuando en realidad se trata de adolescentes y jóvenes. “Ven una montaña de basura y dicen: ‘Acá está la platita’”, relató.
Para ellos, el vertedero representa una posibilidad de obtener algún ingreso mediante la recolección de chatarra u otros elementos que puedan vender. “Es una realidad muy triste que nosotros vivimos todos los días”, señaló Coria.
Y agregó: “Más allá de las drogas, son jóvenes. Se sienten atrapados por esta enfermedad”.
El trabajo del Hogar de Cristo en San Benito
En el barrio San Benito, el padre Pío Tolaba, de la parroquia Cristo Rey, trabaja junto a la comunidad en el Espacio Hogar de Cristo Señor del Milagro.
El sacerdote explicó que la Iglesia decidió asumir el desafío de acompañar a jóvenes y familias que buscan una salida a las adicciones.
“Como Iglesia hemos afrontado este desafío. No es fácil, pero confiamos en la ayuda de Dios para contener y acompañar a nuestros jóvenes y, sobre todo, a las familias y a las madres que buscan ayuda”, expresó.
Según contó, muchas veces llegan a la parroquia madres o jóvenes que no saben cómo enfrentar el problema.
El Hogar de Cristo fue creado como un espacio de escucha, contención y acompañamiento. “Ya con la contención y la escucha es mucho”, afirmó Tolaba.
Actualmente, el lugar cuenta con un comedor que funciona los martes y jueves. El sacerdote señaló que, con más recursos, podría abrirse más días, pero que por el momento se sostiene con las posibilidades disponibles. “Los chicos ya saben que este es su espacio, un lugar al que pueden venir y compartir”, explicó.
Además de la comida, allí se organizan actividades, se festejan cumpleaños y se entregan presentes, ropa y calzado donados por vecinos.
“Un oasis” para quienes viven en la calle
Tolaba destacó la importancia de compartir una comida en un lugar fijo y de generar un vínculo estable con los jóvenes. “Para ellos es importante saber que esos días se les ofrece una comida digna”, señaló.
El espacio también incluye momentos de oración, reflexión y canto. Para el sacerdote, esas actividades permiten ofrecer una pausa frente al dolor cotidiano. “Acá encuentran un oasis, un descanso, un refrescarse, un compartir”, describió.
El Hogar de Cristo mantiene sus puertas abiertas sin exigir condiciones para quienes se acercan. “No hay ninguna condición para venir. Las puertas están abiertas”, remarcó.
Historias atravesadas por el abandono familiar
Al referirse a las historias de los jóvenes que concurren, Tolaba afirmó que en muchos casos el consumo está relacionado con conflictos familiares, separaciones y falta de contención afectiva. “En la mayoría de los casos el problema es familiar. No son contenidos ni escuchados”, explicó.
El sacerdote relató que algunos jóvenes crecieron sin conocer a sus padres y quedaron bajo el cuidado de sus abuelos. Si bien esos familiares intentaron acompañarlos, no siempre pudieron brindarles todo lo que necesitaban. “Van creciendo con un vacío afectivo, con rechazo y con una herida de abandono”, señaló.
Al llegar a la adolescencia, muchos se encuentran con una sociedad que también los margina. Sin contención, terminan vinculándose con grupos que les ofrecen sustancias como una manera de aliviar el dolor. “Van encontrando en las esquinas a amigos que los llevan por mal camino. Les ofrecen algo para desahogar un poco ese dolor, pero después ese dolor los lleva a empezar a consumir”, explicó.
El sacerdote sostuvo que la adicción termina dañando a la persona, a su familia y a la sociedad. Por eso, consideró que el desafío consiste en acompañar y trabajar con cada joven.
De 10 a 40 jóvenes en el espacio
Tolaba contó que el espacio comenzó con la asistencia de 10 chicos. Con el tiempo, la cantidad fue creciendo hasta llegar a grupos de entre 35 y 40 jóvenes que concurren los martes y jueves. “Hemos comenzado con 10 chicos. Después fueron 15, 20, 25. Hoy hay un grupo de entre 35 y 40 jóvenes”, detalló.
El trabajo también se extiende hacia otros puntos de la ciudad. Los jueves, los voluntarios llevan comida hasta la zona del puente La Unión, donde viven jóvenes en condiciones de extrema precariedad.
Según explicó el sacerdote, algunas personas se instalaron en el lecho del río porque tienen problemas familiares o legales y no pueden regresar a sus hogares. “Se acomodan por ahí, hacen un ranchito y se quedan”, relató.
En ese sector, estimó que hay alrededor de 60 jóvenes. De acuerdo con sus números, cerca de 40 concurren al espacio de San Benito y unos 60 son alcanzados durante las recorridas de los jueves.
Basurales, changas y supervivencia
El sacerdote coincidió con Coria en que los basurales son un punto donde se hace visible la situación de vulnerabilidad.
“Esto se ve a diario por donde uno va. Ya no es algo de un cierto sector. Todo lo que es la periferia de nuestras ciudades se ve afectado por este flagelo”, afirmó.
Tolaba explicó que muchos jóvenes realizan changas, juntan chatarra o buscan elementos para vender en el vertedero. En algunos casos, las personas les dan una ayuda económica, pero luego arrojan residuos en distintos sectores, lo que contribuye a la formación de microbasurales.
“Es una forma de ellos de querer tener unas monedas, pero también genera el perjuicio de crear microbasurales”, señaló.
El sacerdote remarcó que algunos jóvenes buscan esos recursos para comer y otros para comprar drogas. Sin embargo, consideró que detrás de cada caso hay una historia de exclusión que debe ser atendida.
“La contención es el primer paso”
Consultado sobre la forma de enfrentar el problema, Tolaba reconoció que no existe una fórmula única. “Si hubiera una fórmula, te la diría”, expresó. No obstante, consideró que la respuesta debe comenzar con la contención, la escucha y el acompañamiento permanente.
“Creo que la contención es lo primero: contención, escucha, sanación interior y compromiso de acompañarlos”, enumeró.
Para el sacerdote, también es necesario reconstruir los vínculos familiares, comunitarios y sociales, además de brindarles herramientas que les permitan aprender un oficio y recuperar la confianza en sus propias capacidades. “Que puedan aprender un oficio y sepan valerse por sí mismos. Sobre todo, que tomen conciencia de que pueden”, sostuvo.
Tolaba explicó que existen experiencias similares en distintos puntos del país, especialmente en Buenos Aires, donde se trabaja con jóvenes en procesos de recuperación y acompañamiento.
No se trata, aclaró, de una recuperación inmediata ni necesariamente definitiva, sino de generar espacios de control, cuidado y seguimiento para que puedan reducir el consumo y retomar progresivamente sus vínculos. “Cuando valoran lo que pueden hacer y se dan cuenta de que tienen capacidades para aprovechar, ahí se nota el cambio”, afirmó.
Según explicó, algunos jóvenes logran volver a sus hogares, reencontrarse con sus familias y retomar actividades laborales. “Pueden volver a sus casas, a su familia y a trabajar. No es fácil, pero se puede”, aseguró.
Jóvenes que ayudan a otros jóvenes
Uno de los objetivos del Hogar de Cristo es que quienes logren atravesar un proceso de recuperación puedan convertirse en acompañantes de otros jóvenes. “Queremos buscar a algunos jóvenes que quieran salir de esto para que ellos mismos puedan acompañar a otros chicos”, explicó Tolava.
El sacerdote consideró que quienes vivieron una adicción tienen una autoridad especial para ayudar a otros porque conocen el proceso desde adentro: el inicio del consumo, las dificultades para abandonarlo y las tentaciones que pueden reaparecer.
“Ellos son los mejores, porque lo pudieron vivir. Conocen el proceso desde que comenzaron sus adicciones hasta cómo salir y enfrentar después las tentaciones que aparecen día a día”, manifestó.
La propuesta busca que los jóvenes no sean vistos únicamente como personas que necesitan ayuda, sino también como protagonistas de su recuperación y capaces de acompañar a otros.
Una respuesta a toda la comunidad
Los testimonios de Coria y Tolaba reflejan una problemática compleja, que no se limita al consumo de sustancias. En los barrios aparecen vinculados el abandono escolar, la falta de trabajo, la pobreza, la ausencia de redes familiares, la vida en la calle y la exclusión social.
Frente a ese escenario, ambos destacaron la importancia de los comedores, la educación, el deporte, los talleres de oficios y los espacios de escucha.
Para Coria, la presencia de los voluntarios y de la Iglesia permite acercarse a niños y jóvenes que muchas veces no encuentran otro lugar donde ser recibidos. Para Tolaba, el acompañamiento debe ser sostenido y partir del reconocimiento de que cada persona puede recuperar sus capacidades.
La referente barrial también reclamó una mayor intervención estatal y cuestionó que la respuesta se limite a recorridas policiales ocasionales.
En su opinión, la venta de drogas continúa porque existe una estructura que alcanza a los sectores más vulnerables, mientras que quienes ocupan los lugares superiores de la cadena permanecen invisibilizados. “El de arriba no se hace ver; solamente hace ver al que es vulnerable, al que es pobre”, insistió.
El pedido de no naturalizar la problemática
Durante la última Fiesta en honor al Señor y la Virgen del Milagro, Cargnello pidió que la paz no quede solamente en una expresión religiosa, sino que se traduzca en compromiso y acciones concretas.
Su llamado a no naturalizar el uso y la difusión de la droga se conecta con lo que observan a diario quienes trabajan en los barrios: niños que comienzan a consumir a edades cada vez más tempranas, adolescentes que abandonan la escuela, jóvenes que sobreviven en basurales y familias que no saben cómo enfrentar la situación.
La realidad descripta en San Javier, San Benito, el vertedero y la zona del puente La Unión muestra que el problema no se resuelve únicamente con controles. También requiere prevención, asistencia, tratamiento, educación, oportunidades laborales y acompañamiento comunitario.
“Digamos basta”, pidió el arzobispo durante su homilía, en nombre de quienes perdieron la vida, de los jóvenes atrapados en las adicciones y de las familias que sufren sus consecuencias.
Desde los barrios, Coria y Tolaba coinciden en que ese pedido debe transformarse en presencia concreta. La tarea cotidiana de los comedores, los talleres, el deporte, la entrega de alimentos y la escucha intenta abrir una alternativa para quienes hoy se sienten atrapados.
“Las puertas están abiertas”, afirmó el padre Tolaba al invitar a quienes necesiten ayuda a acercarse al Hogar de Cristo. También convocó a quienes puedan colaborar con donaciones o trabajo voluntario.
Porque, como resumió el sacerdote, el camino no es sencillo, pero tampoco está perdido: “No es fácil, pero sí se puede”.