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El arte nuevo que dicta la tierra

Viernes, 13 de enero de 2012 10:46

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Santoro y Miguel Angel Molina son hermanos, nietos de diaguitas y wichis. Nacieron en Embarcación, en la zona de río Bermejo. Pintan. Su arte es una simbiosis entre el bagaje cultural heredado de sus ancestros y las técnicas, materiales y soportes propios del arte contemporáneo.

Jesús Casimiro nació en Luracatao, en la zona de Molinos, y es uno de los artistas textiles más reconocidos de la provincia. En sus obras también se conjuga la sabiduría de la tierra con la diversidad y la vitalidad del artista contemporáneo.

La muestra “Materia prima”, que se encuentra habilitada en la Casa de la Cultura (Caseros 460) en el marco del programa Cultura entre todos, reunió a estos tres creadores del interior de la provincia, que tienen algo en común: su vocación de signo. Tanto los hermanos Molina como Casimiro utilizan en sus obras símbolos, materiales y técnicas que hablan de la tenaz pervivencia de una cultura que lucha por conservar su cosmogonía y su manera de percibir el mundo. Así, por ejemplo, con sus obras pictóricas, Santoro y Miguel homenajean a la mujer wichi que, a través del tejido, logró conservar la cultura de todo un pueblo. “En la mitología wichi, la mujer es columna vertebral. El mito cuenta que, a diferencia de los hombres, que siempre fueron animales en la tierra, ella vino de las estrellas”, contó Santoro. El y su hermano pintan con acrílico, óleo y látex, y mezclan estos materiales convencionales con tierra y resina de algarrobo o tipa. En sus obras reproducen los símbolos que las tejedoras de su pueblo abstrayeron de la naturaleza y trasladaron al tejido en forma de figuras geométricas. “En nuestras pinturas están los ojos de la lechuza y el kol kol; la pata del carancho, el puma y el zorro; el lomo del suri; las orejas y el caparazón de la mulita; el cuero de la corzuela y de la víbora; el caparazón de la tortuga y del quirquincho; la semilla de la algarroba...”, enumera Miguel Angel.

Los hermanos Molina y Casimiro, el hacedor de tapices, saben bien cuál es ese límite que han transgredido para dejar de ser meros repetidores y convertirse en artistas. “Estando en el pueblo uno tiene en la imaginación cosas que saben y conocen todos; elementos compartidos. Pero cuando entrás al arte, te podés salir de esas estructuras y hacerlas crecer”, explica Santoro. Y eso es lo que hacen: con la simbología propia del pueblo wichi, muchas de las obras de los Molina remiten al lenguaje analógico de las computadoras. “Hice eso para que se entienda que todos estamos interconectados”, sostiene Santoro.

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