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Un conflicto que no va a resolverse por las armas

Domingo, 08 de marzo de 2026 00:53
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El mundo atraviesa un estado de fragilidad y alerta ante las derivaciones posibles de lo que hasta ahora es una guerra aérea en Medio Oriente. Se teme una conflagración de alcance imprevisible. La negativa de Irán a renunciar a su plan nuclear, que incluyó una amenaza de muerte al argentino Rafael Grossi, jefe del Organismo Internacional de Energía Atómica, vuelve a proyectar la sombra del invierno nuclear que atravesó a la Guerra Fría.

El ataque aéreo contra Irán comenzó como autodefensa de Israel frente a un régimen que ha declarado su destrucción como objetivo estratégico. Sin embargo, la amenaza iraní de atacar objetivos israelíes y estadounidenses en todo el mundo se potenciaría si el régimen llegara a equiparse con armas de destrucción masiva. La violencia entre facciones musulmanas y las acciones terroristas de las últimas décadas son señales de advertencia, agravadas tras el fracaso de las negociaciones por el plan nuclear.

No estamos ante una guerra tradicional. Irán está en crisis económica, con un colapso de su moneda - cotizada en 1,4 millones por dólar-, una inflación superior al 50% y un drástico aumento de la pobreza. La revolución de los ayatolas cuenta con la adhesión de gran parte de los 92 millones de iraníes, aunque con el rechazo de las minorías kurda, árabes iraníes, azeríes y sunníes, entre otras. Son las que participaron en las masivas protestas por la crisis económica y contra las imposiciones religiosas de los últimos años, y que registraron miles de muertos a manos de la Guardia Revolucionaria, una formación política, religiosa y militar que integra la columna vertebral del régimen.

Los ataques aéreos del año pasado y los de los últimos días han debilitado su poderío militar, pero una insurrección de la oposición, con la que se ilusionan EE. UU. e Israel, parece más próxima a una guerra civil catastrófica y con consecuencias gravísimas para Medio Oriente y para el mundo, y lejos de una restauración democrática.

Cualquier intento de ocupación militar por vía terrestre es impensable, porque tendría costos altísimos para los Estados Unidos, y una probable retirada sin logros. La muerte del ayatola Alí Jamenei, en los primeros ataques focalizados, no basta para derrocar al régimen. Su hijo, Mojtaba Jamenei, un clérigo vinculado con la Guardia Revolucionaria, ya fue nombrado sucesor. Un acuerdo con la segunda línea del régimen teocrático, similar a la experiencia de Donald Trump en Venezuela, es impensable. Ningún triunfo de la oposición iraní garantizaría la celebración de elecciones libres controladas por EE. UU., ni mucho menos, la administración del petróleo iraní.

Para Israel, una esterilización de las acciones externas de la teocracia que se comprometió a destruirla como país sería un alivio. Y una resolución rápida de las operaciones militares es también imprescindible para Arabia Saudita, Catar, Kuwait y otros países árabes porque de ese modo podrían avanzar los Acuerdos de Abraham, que tenderían un puente para la coexistencia pacífica con Israel.

Pero nada será sencillo. La paz es imprescindible para esa región, pero solo será posible con cautela y diplomacia, porque la mera superioridad militar no garantiza el triunfo.

Los odios y la violencia nacidos de cualquier "revelación divina" dejan heridas demasiado profundas en la memoria de los pueblos. Y las intervenciones de fuerzas occidentales, por justas y necesarias que se pretenda, también.

La reconstrucción de Gaza, el reconocimiento de un Estado palestino y la creación de un Consejo para la Paz manejado por esas naciones debería ser un objetivo diplomático y perentorio para la tranquilidad para el mundo.

Estamos ante una guerra que nace de rivalidades ancestrales y de ambiciones desmedidas. Es urgente y necesario que los líderes y los organismos internacionales entiendan, alguna vez, que las guerras solo se resuelven, parcialmente, en la mesa de la paz.

 

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