Siempre fui un picaflor pero con muy mala suerte, nos dijo don Gertrudo. Siempre fui detrás de las polleras aunque sus dueñas jamás repararan en mí, salvo mi esposa. Soy el auténtico caso de la infidelidad platónica, una enfermedad que nos vuelca la mirada más allá de lo que tenemos y queremos, pero siempre en vano.

Como les contaba, estaba enamorado de Platanita, la mujer de mi amigo Buendía y amante del tallarinero Maximiliano, con el que huyó para descubrir, no muy lejos, que no lo amaba sino por contraste con su marido. Así fue que regresó arrepentida, y el bueno de Buendía la perdonó, pero no yo.

Un picaflor platónico suele ser moralmente inflexible, nos explicó don Gertrudo. ¿Cómo aceptar que ella se besara con aquel que no era su marido, en vez de serle infiel conmigo? Le planteé a Buendía mi posición, que juzgó intolerable porque quien tenía derecho a sentir celos era él y no yo, que los sentía.

A todo esto, por vergüenza ante el fracaso antes que por temor al marido, Maximiliano nunca pudo regresar y la mujer, aunque bizca, tuvo que soportar una vida en la que el amigo de su marido no le dirigía la palabra porque no le fue infiel con él sino con otro. Pero en cuanto Platanita me hubo decepcionado, conocí a Merces, su hermana menor.

Merces era más bien fea pero tenía un siseo al hablar que cautivaba, o al menos me cautivaba a mí, nos dijo don Gertrudo, que siempre amé a quien no me correspondía. Que se le va a hacer, nos dijo, así son las cosas cuando uno no sabe sino errar en los sentimientos.

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