El entierro del diablito

Nueve días atrás, que acaso sean los más vertiginosos del año quebradeño, al saludo de feliz carnaval, con albahaca tras la oreja y talco en el rostro, comenzaba esta celebración que rescata al diablito de entre las piedras de los mojones para pasearlo, entre alegres, por las calles.

Aunque la tradición española paute esa alegría como la previa del ayuno pascual, el sincretismo germinado en nuestra tierra la entendió, por largas generaciones de siglos, como aquella heredada celebración de la cosecha, y por ello es la planta de maíz, con su chala verde, la que flamea desde el inicio de la fiesta.

Para nombrarlo de otro modo, nuestra gente de campo sabía llamarlo, antes que diablito, San Carnaval, y era una manera de decir que se trataba del protector de su trabajo y de su fruto. Por ello las señaladas y las marcadas, las invitaciones fruto de la abundancia, cuando la hay, y la misma agua que aporta con sus lluvias a los surcos.

No nace, por cierto, el sábado de Carnaval Grande. Dicen que ya late bajo las piedras desde agosto, cuando se siembra, y que se cazarán los últimos diablitos sueltos para las Pascuas, cuando se agarren las lagartijas que los encarnan. Es que el carnaval por sí solo, sin lo yermo previo y el acopio posterior, no tendría más sentido que el de la diversión.

Que aquel protector, que nos viene de un tiempo anterior la colonia, hoy tenga astas, capa roja y cola, puede entenderse cuando se leen las viejas crónicas de la conquista. Es que los españoles, al ver por primera vez las manifestaciones de esta cultura y sus religiones, le ponían el mote de diablo a cada deidad pagana.

Para ellos, todo lo previo, todo lo ajeno, estaba relacionado con lo malo. Al hombre originario de esta tierra, en cambio, la derrota lo obligó a aceptar las creencias recién llegadas, aunque se reservó el derecho a entenderlas en otro sentido, el propio. Así, el diablito, que poco y nada tiene que ver con el tentador y malo, encabeza nuestra celebración de agradecimiento.

Hoy nos despediremos de él. Regresará bajo las piedras de los mojones, entre los llantos de los disfrazados, junto al canto lastimero de las últimas trompetas, quemando alguna prenda que nos acompañó por todo el carnaval. Lo hará, como lo hace el tiempo, de a poco. Se irá con el Carnaval de Flores, ya sin disfrazados pero lleno de alegría, hasta quedarse también con la tonada de la copla, que desde la Pascua empezará a sonar más triste.

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