GALERÍA DE FOTOS. Ermitas pascuales, mensaje y bellezas en las calles de Tilcara

Los ciclos del año se suceden y, con ellos, los de la Pacha y los de la cultura. Lo verde del cerro se va enmarroneciendo, el cielo se mantiene en un celeste calmo y, ya bajada la procesión del Abra de Punta Corral, Tilcara se dispone a alzar las ermitas. Hechuras de frutos naturales: hojas, tierra, semillas, brindan a las manos colectivas que las realizan un marco acotado de posibilidades que, sin embargo, con el correr de las décadas, explorando la técnica, se fue enriqueciendo.

 

El Viernes Santo, mientras desde los altavoces se solicita a los sikuris que sólo ejecuten adoraciones, en las esquinas pautadas se van alzando los trabajos que asombran a los turistas pero, también, a los propios vecinos. Como siempre, las hay con mensajes más explícitos, con un mayor virtuosismo en el acabado, en la belleza plástica, aquellas cuya representación cede a la interculturalidad invocando a la Pachamama, o escenas bíblicas ambientadas entre nuestros cerros y cardones.

Los vecinos se detienen ante cada una y emiten su juicio, porque Tilcara se convierte en un crítico de arte colectivo, y surgen los comentarios definitivos sobre las innovaciones, sobre la técnica y el desmerecimiento o mejora de tal familia, que son ellas y algunas instituciones las encargadas de bocetarlas y realizarlas. Poroto Vega,

delante de la suya, nos pregunta sonriente sobre el significado que leemos, y se sorprende cuando, a primera vista, damos con alguna de sus posibles polisemias, mientras otros, menos cautos o dudando de su propia eficacia, nos sugieren la interpretación que las motivó.

Se enorgullecen cuando se las fotografía, enmarcadas por la arquitectura que aún queda intacta del casco céntrico, reintepretándose junto a un mural o reclamando su derecho ante una construcción moderna. Se exponen coquetas, porque hacen a un arte propio en el que Tilcara se sabe protagonista, en estas ermitas que, hace décadas, los memoriosos recuerdan como arreglos florales entre cañas, pero que ya se exponen como obras acabadas.

Detienen el tránsito del centro como piqueteras místicas, dejando a los peatones el centro de la calle, que en la noche servirá de camino para la procesión de la Dolorosa, y ya se escucha el lamento, demasiado humano, referido a una Pascua que se nos está yendo, siempre con el consuelo de que nuestra cultura nos deja una celebración nueva en cuanto la presente empieza a ir quedando atrás.

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