La lucha de los jujeños en un  año que nadie se esperaba

En el 2020 los jujeños fuimos héroes y villanos. La pandemia de coronavirus nos puso en el pedestal nacional, luego nos hizo descender a los mismos infiernos y terminar ubicados en el último mes del año como una de las dos jurisdicciones con menos casos activos. Por estas horas la mirada está puesta en la aplicación de las primeras 2.250 vacunas pero también en prepararse para un posible rebrote.

 

Nadie estuvo exento. Se contagió el gobernador, el vice, miembros del gabinete e intendentes. Algunos funcionarios fallecieron.

Un total de 18.495 casos positivos, 853 personas fallecidas y 17.549 recuperados son los números que enmascaran un quiebre en el seno de miles de familias de la provincia. En primer lugar los que siguen llorando a quienes ya no están y que tuvieron que irse en la mayor de las soledades, luego los estigmas y fantasmas que cayeron sobre los infectados, así como la inestabilidad emocional de quienes no se contagiaron pero su mente no pudo soportar el estrés del aislamiento y las medidas adoptadas para cortar la transmisión del virus.

 

Y absolutamente todos debimos readecuar las rutinas, los festejos, las tradiciones, la educación, la religión, la forma de viajar, de comprar, de comunicarse, de tratarse problemas de salud, es decir toda la vida.

El año arrancaba con malas noticias desde Wuhan (China) y la tardía reacción de los países europeos y de otras latitudes para evitar la debacle sanitaria mundial.

En Jujuy se encendieron las alarmas a mediados de marzo, resolviendo -apenas por unos días de diferencia respecto de Nación- la suspensión de las clases desde el 16 de ese mes. Dada la evolución de la pandemia la instrumentación de la enseñanza virtual -como en el resto del país, salvo pocas excepciones- continuó hasta el retorno presencial a comienzos de noviembre. Antes hubo un intento fallido de regreso, con una readecuación de las vacaciones de invierno, a fines de junio pero el halagüeño panorama derivó en una escalada crítica de contagios que no pudo concretarse.

"Hemos tenido el primer caso confirmado de coronavirus en la provincia. Sabíamos que esto iba a ocurrir", decía el gobernador Gerardo Morales en el informe del Comité Operativo de Emergencia (COE) del 17 de marzo, sobre una persona que había viajado por Europa.

Otra medida local adoptada anticipadamente y que después tuvo su eco a nivel argentino fue el uso obligatorio del barbijo, resolución publicada en el Boletín Oficial el 13 de abril. Apenas había 5 casos y la contención desde fronteras y límites interprovinciales se mostraba efectiva.

Anticipando un posible desborde de los contagios, el Gobierno provincial apuntaló el sistema sanitario con la adquisición de respiradores y demás elementos de Terapia Intensiva, como así también la instalación de un Hospital de Campaña en la capital, que luego se multiplicaron en el interior.

Con la calma que se reflejaba en la sucesión de días sin nuevos infectados comenzaron a liberarse algunos oficios, servicios y actividades, además de los esenciales que estaban permitidos desde el inicio de la cuarentena nacional, el 20 de marzo. Empezó la repatriación de jujeños, en una primera instancia de los "trabajadores golondrina" y después los estudiantes.

El miércoles 22 de abril comenzó la circulación de personas según la terminación del DNI y los domingos se mantuvo el aislamiento social preventivo y obligatorio, lo que fue imitado después, por ejemplo, por la Ciudad de Buenos Aires.

La medida acompañó los altibajos epidemiológicos hasta el 9 de noviembre en que quedó sin efecto.

Jujuy llegó al 10 de junio con seis casos. Pero el camino empezó a ponerse tenebroso cuando la mañana del 12 de junio el COE informó la primera muerte, un camionero de Fraile Pintado. Esa localidad y Calilegua fueron "encapsuladas" y hubo chispazos con Salta por el acompañante del trabajador.

Y el empujón al barranco involucró a dos policías que habían estado en La Quiaca y que dieron positivo. Ante la inmensa cantidad de personas con las que habían mantenido vínculo, el equipo sanitario perdió el rastro y no pudo definir los árboles de contacto para frenar el avance.

El 15 de junio la ciudad fronteriza volvió a fase 1, el 17 se sumó San Salvador de Jujuy, Yala y Perico y el 19 la totalidad de la provincia.

El día 28 Morales confirmó en el informe 110 del COE la circulación comunitaria y brindó definiciones en torno a la donación de plasma. Habían 99 casos confirmados y el crecimiento exponencial proseguía, especialmente en el personal de salud y de seguridad.

Los focos de contagio se extendieron por Abra Pampa (a fines de junio), Libertador General San Martín (a comienzos de julio), San Pedro, Perico, San Salvador de Jujuy y Palpalá (desde fines de julio), dejando exhaustos a médicos, enfermeros y demás protagonistas del sector.

Los operativos de rastrillaje por los distintos barrios y los testeos reflejaron la curva ascendente con cientos de casos por día durante agosto, septiembre y recién en octubre se vislumbró una tendencia a la baja, luego de una intensa lucha.

El respeto a las medidas de bioseguridad para evitar la propagación fue dispar. Los grupos de riesgo tuvieron el respaldo de equipos oficiales y de voluntarios para evitar que salieran a las calles.

A la vez que hubo muchas muestras de solidaridad para colaborar con quienes hacían cuarentena.

Pero también estuvo la otra cara, la mezquindad de quienes realizaron juntadas, que estaban prohibidas, en fechas como el Día del Padre jujeño o la Pachamama.

Todos cambiamos, algunos más y otros menos. Llegar a las fiestas con cierta tranquilidad costó mucho y aunque ya no sea el centro de las conversaciones, por temor o para espantarlo, no se debe bajar la guardia y sólo eso evitará que se repita.

 

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